miércoles, 18 de enero de 2017

"PUÑALADA"


1-Se llama Sergio. Lo de Puñalada viene del instituto, algunos dicen que se lo puso él mismo. En todo caso, está claro que era algo de lo que presumía, de su mote. No es muy alto y más bien delgado y la verdad es que no le va bien ese nombre, no es agresivo ni se mete en problemas. Cuando le preguntan como se llama suele decir “Puñalada” sin conseguir que se le escape una sonrisa de satisfacción. Es lo que le hace distinto. No sé si se lo puso él o se lo pusieron, pero a él le encanta.

2-Fue fuerte cuando le tiró los huevos a Doña Lupe, la de Inglés. Era una repipi, siempre de punta en blanco, siempre hablando para los que entendían más. A veces se tiraba media clase charlando con los que habían ido a Irlanda y ya controlaban. Pero lanzarle una docena entera de huevos podridos desde la segunda planta... fue al final del penúltimo curso y dijeron que pasó un verano movidito, o sea al revés, encerrado... que ella lo denunció a la poli y todo.

3-Es idiota. Completamente idiota, como si lo hubiesen engendrado un par de idiotas y educado en un internado regentado por idiotas que contrataban a otros idiotas para impartir clases. Me sabe mal tener que expresarme con tanta contundencia pero eso es lo que pienso, eso es lo que he vivido. Cuando se hizo llamar Puñalada (estoy seguro de que lo inventó él), se paseaba por el patio como si no midiese menos que la mayoría de nosotros, llevara siempre los mocos colgando y vistiese una mierda de ropa y zapatillas gastadas. Unos incisivos mellados, seguramente fruto de alguna caída a consecuencia de algún trompazo no fortuito, tampoco le hacía favor alguno. No me caía mal: lo siguiente. Y ya lo dejo, que no es cuestión de ensañarse.

4-Puñalada no era mal chaval. Sucio, maleducado, arisco... pero no tenía mal corazón. No sé qué andará haciendo ahora pero en el insti era la última mona. Y él lo sabía.

5-Yo no tengo nada qué decir. Se me acercó un par de veces, pero no me iba su rollo. Yo llegué en el último curso y me daba igual si hacía amigos o no, al año siguiente todo empezaría de nuevo. Tampoco tengo ninguna queja, ni recuerdo que le hiciese mal a nadie.

6-Sergio Gil Lemos era un alumno díscolo. Además de que su rendimiento académico dejaba mucho que desear, eran frecuentes las ocasiones en que tenía que ser apercibido o sancionado por vulnerar las normas. Mostraba una especial inquina hacia Doña Guadalupe Insúa, su profesora de Lengua Extranjera. En cuanto al tema de los motes entre el alumnado, como se comprenderá no es asunto nuestro, si bien es cierto que el apelativo “Puñalada” se oía con cierta frecuencia en el centro.

7-No tenemos registrado ningún tipo de arresto, ni de denuncia alguna. Tampoco existen, por tanto, antecedentes de ningún tipo. Cuando se encontraron los botes de amonal, procedimos al registro de todas las dependencias del colegio con resultado negativo. El muchacho sigue afirmando que no sabe nada del asunto pero la profusión de huellas dactilares le delatan. Imaginamos que es cuestión de tiempo lograr de él una confesión en toda regla. No, sabemos nada de ningún mote.

viernes, 13 de enero de 2017

RITOS

Había contado los días que aún quedaban en quince ocasiones porque descubrió que hacerlo la sosegaba. Se bebió una botella de agua de un litro. Le echó un vistazo al periódico en dos ocasiones: la primera pasando las hojas desde el principio y la segunda en sentido contrario. Se contempló en el espejo ocho veces, en cinco de las cuales se retocó el pelo. Consultó veintisiete veces el teléfono móvil, nueve de ellas mientras hacía otra cosa. Dijo tres veces, susurrando: “never been this way before”. Se colocó las gafas, negras, de pasta, veinte veces. Se asomó a la ventana doce veces. La última de estas, lo vio llegar caminando y sonrió feliz. Nueve días después lo acompañaría al aeropuerto para despedirse.

miércoles, 11 de enero de 2017

ESCRIBIR MIENTRAS CAMINAS

Cada persona es un escritor en potencia. Por suerte no todo el mundo lo sabe y pocos terminan probando pero, en principio, a todos se nos ocurren cosas. Fundamental: que se te ocurran cosas que decir. Luego ya veremos si valen la pena. A veces se te ocurre escribirlas entrecortadamente. Parando a cada rato en un punto. Son manías. En otras ocasiones lo que se quiere decir, insisto, sea trascendente o no (que casi nunca lo es) quiere salir vestido de frase larga, de prolongada sucesión de claúsulas que empiezan a serpentear por el texto y lo convierten en un terrario de ofidios sintácticos donde las oraciones se arrastran con su viscosa verbosidad y se le pegan a uno en los ojos. Más manías. En todo caso, se trata de acotar ideas que se gestan en alguna parte del cerebro (dicen que tienen las zonas localizadas pero somos legión los escépticos), para lo cual la destreza lingüística del sujeto será fundamental. Puedes concebir los pensamientos más originales o chisposos del mundo que si no los dispones de una forma lógica, ordenada y si puede ser amena, estás condenado al fracaso.
En no pocas ocasiones lo que hace la gente es escribir las cosas en su cabeza. Normalmente este fenómeno ocurre mientras se realizan acciones monótonas, por sencillas, como caminar o conducir; sobre todo en automóvil, bicicleta, patinete (si es que se conducen esas cosas) y máquinas similares. La mente se deja en modo descanso y ella solita empieza a destilar pensamientos. Cogemos uno, que no tiene por qué ser especialmente afortunado, y empezamos a colocarle al lado frases amigas, que lo acompañen y lo conduzcan a alguna parte. Al poco estamos escribiendo un poema, un artículo, el principio de una novela o un correo electrónico que teníamos pendiente. En estos casos solemos entusiarmarnos con la propia capacidad de escribir sin lápiz ni papel, entusiasmo que no hace sino reflejar nuestra propia necedad, porque eso es algo que cualquiera puede hacer. Lo que ya no puede hacer cualquiera es recordar lo que ha ido escribiendo en su cabeza hasta que tiene la ocasión de atraparlo en frases escritas. Por ello no es infrecuente la aparición de un leve cuadro de ansiedad que lleva al iluminado a repetir compulsivamente los principales textos que se le han ocurrido con la esperanza de que no se le olviden cuando tengo a mano con qué y en qué anotarlos. Esto es angustioso si estás conduciendo en autopista y tienes treinta kilómetros hasta la siguiente área de servicio. Ya que normalmente se te olvidas de que el móvil que llevas encima tiene una función de grabación de voz, pedazo de burro.
Pocas cosas existen tan deprimentes en el mundo y tan apropiadas para poner el orgullo humano en su sitio como intentar escribir un texto que tenías en la cabeza y terminar engendrando una morralla de frases. Descubrir que aquellas maravillosas metáforas, aquellos certeros adjetivos y verbos demoledores se transmutaron en frases raquíticas de alumno de primaria (repetidor). Sea por un agujero negro neuronal o simplemente porque no eran tan buenas como cuando se te ocurrían.
Hay gente que va por la vida, y por la calle, con una libretita y un boli para anotar las genialidades que se le ocurren. Son los genios. Su punto más alto de genialidad lo alcanzan cuando están comprando la libretita. Miran al dependiente con una sonrisilla de complicidad mientras este piensa qué mosca le habrá picado. Emborronar libretas con tus pensamientos es tan presuntuoso que todos hemos caído en ello en alguna ocasión. Porque, insisto, todos somos escritores en potencia aunque solo algunos lo convierten en penitencia.

Publicado en Diario de Pontevedra, 10/01/17

sábado, 7 de enero de 2017

CON LAS BOTAS PUESTAS

De pronto entró por una ventana, inadvertidamente. Se posó en el borde de una taza de menta poleo cuya dueña consultaba su cuenta de whatsapp en ese momento pero, desdeñando el humeante líquido se dirigió hacia otra mesa. Un hipster o alguien que lo parecía sorbía con delectación un vaso de maracuyá. Corregimos: era un hipster, no alguien que lo parecía, pues solo un hipster estaría bebiendo maracuyá con delectación en una cafetería de medio pelo (y puedo, como narrador y como persona física, dar un cursillo sobre cafeterías de medio pelo).
Cuando el mozo hizo descansar su vaso sobre la mesa, se abalanzó sobre él, que no advirtió la maniobra pues se mesaba la barba mientras dirigía su vista a una mesa del fondo, donde una preciosa muchacha acaparaba la atención del hipster y de un par de caballeros recién llegados.
Sorbió con fruición el líquido, aunque sin asomo de delectación, y se escabulló enseguida hacia un cola-cao huérfano que tenía en la mesa contigua, bajo la cual un niño se encondía de los invasores del espacio, incordiando a su madre, cuyas piernas castigaba con sus patosos movimientos.
Mientras se zambullía en el cacao, un poderoso y agudo alarido deshizo la monotonía de aquella mañana de sábado primaveral. La clienta de la mesa 8, señalaba con un dedo un vaso de cola-cao mientras anunciaba a grito pelado la presencia de una avispa en el mismo. La vida es dura y está llena de gente que no distingue una avispa de un abejorro.

martes, 3 de enero de 2017

CAZADORES NOCTURNOS

En la penumbra había una voz, la suya. Susurraba legajos de experiencias imaginadas, lechosas frases de un lugar que no exístía, melodías que se detenían un instante para retomar el vuelo. Era un cazador de estallidos. A su alrededor estaba la noche, con su megalítico silencio, o al menos el así se lo figuraba, mientras entretejía los sones de su aliento y los de las canciones que salía a cazar. Echaba así un par de horas, derretido en el instante que parecía una única entidad, no la suma de episodios cronológicos. Un sorbo de vez en cuando, apenas mojar los labios, la sensación de que sigues avanzando.
Cuando el cansacio atacaba sus ojos y en su cabeza los cruces de caminos empezaban a ser páramos desde donde no se atisbaba una salida, se forzaba a seguir un poco más, hasta sentir que bajo sus pies ya todo estaba seco, que ya solo pisaba arena, hasta los tobillos. Entonces se levantaba, se dirigía al cuarto de baño y se cepillaba los dientes mecanicamente, sin precisión alguna, tan solo por cumplir un ritual. Ya dentro de cama, en no pocas ocasiones se preguntaba si había llegado a apagar el ordenador mientras los párpados sepultaban el día y la noche y la última batida de caza.

jueves, 29 de diciembre de 2016

EPISODIOS NAVIDEÑOS

El primer episodio navideño que reseñaremos acontece en cualquiera de los ágapes que caracterizan a estas fiestas, hoy llamadas “solsticio de invierno” debido al furibundo laicismo y sus furibundas iniciativas. En dichos convites es habitual la presencia del marisco que se consume con pose de estar habituado a hacerlo a diario, como si formase parte de la dieta común de nuestra cocina casera. Se pelan las gambas, langostinos, cigalas, etc con una displicencia propia de un comensal hastiado de tales manjares pero hay un detalle que finalmente nos delata. Y los constituye la inmisericorde succión de las cabezas del marisco. Esa reveladora maniobra de aprovechamiento culinario se ve contestada por la de alguien, siempre hay alguno en cada mesa, que deja las cabezas sin tocar. Seres sospechosos. Entes ignorantes o soberbios, que dejan el plato de cadáveres sin rematar. Nunca, jamás, debemos fiarnos de un convidado que no chupa las cabezas del marisco; es un acto contra natura, una ofensa a la gastronomía entendida como un arte que merece ser llevado a las ultimas consecuencias.
Otro episodio, singular también, igualmente extendido, lo definen aquellos hombres y mujeres que emplean la expresión “oh, my God” en las comidas navideñas. Sí, admitámoslo, todos lo hemos sufrido más de una vez. Bien sea con entonación admirativa o, por el contrario, para expresar desdén o fastidio. Alguien con el que tal vez charlabas en gallego o en castellano, en perfecto gallego y casi perfecto castellano, o viceversa; o tal vez en gallego o castellano mediocres, no hay porque especificar, lo de menos es el nivel de competencia lingüística. Y de pronto te lo suelta, “oh my God”, tal vez contestando a una frase tuya. Te lo quedas mirando con la cabeza de la cigala, un suponer, a medio camino de tu boca y solo se te ocurre una cosa que hacer: terminar de llevarla hacia allí. Pero el golpe queda ahí. El anglicismo, la anglofobia, la tontería en ciernes o ya bien cocinada. Y a quien, acertadamente, argumente que esta expresión no es privativa de esta época navideña, se le contesta que nadie ha pedido su opinión y ya está.
Luego tenemos el asunto de los amigos invisibles. Todo empieza con un sorteo en el que se te adjudica una víctima para hacerla objeto de un obsequio por un importe previamente pactado. Nadie debe saber quién ha comprado cada regalo, aunque lo extraño es que al final quede alguien que no lo sepa. Es la vida misma, hecha regalo navideño. Se te caen las pestañas devanándote los sesos para acertar con el regalo, o sea, un destrozo de dos direcciones. Puedes sondear en el entorno de tu víctima pero sin dar pistas que revelen que lo estás haciendo porque quieres acertar con el obsequio, lo cual es muy complicado. Al final terminas por preguntarle directamente, pero como si te lo hubiese encargado otro. Se produce un juego de informaciones y sugerencias cruzadas, insinuaciones veladas, comentarios al paso, indicaciones, pistas, pautas, consejos que te dejan agotado y deseando coger al sujeto o sujeta por la pechera para espetarle: ¿qué carallo quieres?, lo cual sería improcedente y agresivo. No es extraño que los participantes en episodios de amigos invisibles terminen como enemigos acérrimos.
Por último, despotriquemos sobre los villancicos. Surgieron en el siglo XV como un formato de canción popular a varias voces y reciben su nombre de los habitantes de las villas, sus divulgadores.
Españoles y portugueses los exportaron a Sudamérica, donde también son conocidos. La temática, variada y local, se fue desplazando hacia temas religiosos. Sería interesante retomar la idea original y componer un villancico pontevedrés sobre los lombos. Ya me doy yo mismo de collejas, no se preocupe. Felices fiestas.

Publicado en Diario de Pontevedra 27/12/16

lunes, 26 de diciembre de 2016

HISTERIAS NAVIDEÑAS

El hombre rubicundo recorrió la ciudad caminando en dos ocasiones, consecutivas. Durante la tercera, se cruzó con la mujer rubia más alta del mundo, que lo miró con desdén o desprecio o una sutil mezcla de ambas desafecciones. El hombre rubicundo percibió esa mirada y se metió, a propósito, un dedo en la nariz: era su forma de decirle que la vida no es lo que parece. Después se metió en un bar y pidió un caña y se la bebió de un trago y luego pidió otra. Una por cada vuelta completa a la ciudad, la tercera había sido frustrada por la mirada altanera de la mujer rubia más alta del mundo, que estaba entonces intentando entrar en el portal de su casa. Había días en que tardaba un rato, hasta que se le iba la soberbia a base de encogerse para intentar atravesar el umbral. A raíz de tales esfuerzos tenía una condropatía en la rodilla izquierda y unas ganas terribles de mudarse a un chalet con garaje para entra por él.
A mitad de la segunda caña, el hombre rubicundo sintió la placidez de la segunda caña con el estómago vacío. Aunque no estaba ya tan vacío, pues tenía cerveza, es una frase hecha muy poco profesional. Entraron tres muchachos con gorros de papá noel haciendo mucho ruido, que es lo que hacen los jóvenes en los barese, sea Navidad o no, y el hombre rubicundo sonrió recordando sus tiempos de juventud, cuando andaba de bar en bar más borracho que una cuba simplemente porque no se le ocurría otra cosa qué hacer. Animado por el jolgorio de los muchachos, se acabó la caña y se tomó otras dos más. Y luego la penúltima, para el camino.
Después se dirigió con paso dubitativo y cansino hacia el portal donde siempre tropieza la misma mujer rubia, la más alta del mundo.