lunes, 20 de febrero de 2017

LAS COSAS QUE PASAN CUANDO ESCUCHAS CANCIONES (1)

Sonaba en su cabeza una canción de Lamchop. Se escurrió dentro del impermeable, en una maniobra que siempre le producía cierto deleite y abrió la puerta. La voz de Kurt Wagner, serena y grave, le acompañó una vez en el ascensor y al cruzar el portal ya casi se había desvanecido la sensación de agobio que le impulsó a salir.
Un vistazo a la tarde gris, recogiendo con la vista cuanto había en el escaparate. Quiso licuarse en la pátina neblinosa de aquella hora cercana al crepúsculo vespertino, penetrar en la lentitud de aquel instante, volar hacia la atmósfera que revestía de rutina y serenidad el tráfico humano. Suspiró. Detuvo con el entrenado movimiento de un dedo la melodía de los de Nashville y, retocando con precisión la altura del cierre de la cremallera, se sumergió en la corriente urbanita de idas y venidas, construcciones y demoliciones, aliento y desesperanza.
Era de los que no necesitaba la medicina de la música en exteriores, al contrario que la mayoría, sabía escuchar la melodía de la ciudad y en ella se recreaba. Calles de hip hop, plazas de folk, locales de ambient, avenidad de jazz, escaparates de lounge, barrios de heavy metal y mucho pop y mucho rock and roll. Música clásica en los bancos de los parques, a la hora en que las palomas se iban a dormir.
Desde unos días atrás, notaba un pellizco en el hombro izquierdo, una pequeña molestia que se hacía mayor cuando intentaba determinados giros. Hoy el dolor era más nítido, como si hubiese desenmascarado y afectaba a la parte superior del brazo.  

viernes, 17 de febrero de 2017

MÚSICA FELIZ

Estoy perdido, dijo él mirándola a los ojos y otra vez a su Mirinda. De naranja. Un sorbo. En realidad quería beberse sus ojos, los de ella, y merendársela. Ella no. Ella quería merendar nutella y beberse un refresco de loca. El le dijo que había visto una culebra grandísima en el patio de atrás, era mentira. Ella le dijo que no le daban miedo las culebras, también era mentira.
Se acababa la tarde y la fiesta previa a las vacaciones de Carnaval. Sus disfraces yacían amontonados al lado de las mochilas y las migas de la tarde pesaban en sus piernas tras todo un día de jarana. En ese momento algo sonó por megafonía que les hizo sonreír, levantarse, dar saltos de alegría y sumarse a la fiesta que estaba montada en el patio. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

ATCHÍS...

Rinitis alérgica. Es algo de lo que hemos oído hablar, si no la hemos padecido. Algo bien conocido, pero que nadie entiende. Ni siquiera los alergólogos, que batallan contra ella armados con vacunas, antihistamínicos, colirios, broncodilatadores, corticoides... mientras que quienes la sufren suelen acabar empuñando la bandera blanca de un pañuelo de tela o de papel. No es que se rindan, es que se suenan, pero las metáforas tienen estas cosas: hay que ser fiel a ellas una vez que empiezas.
La rinitis alérgica es un misterio que se desata con episodios de estornudos epilépticos, o sea, espasmódicos y repetidos, en ráfagas imparables. No sé qué hago describiendo tanto si ustedes ya lo saben. Pues bien, tras dos o tres de estos accesos, uno se pregunta si no será algo más que una corriente de aire. Piensa en pedir vez para el médico pero le da pereza: total, no tiene más síntomas. Craso error. Nunca se deben menospreciar los estornudos en ráfaga: el cuerpo envía mensajes encriptados y el desencriptador que los desencripte buen desencriptador será. Usted es un crack si ha leído lo anterior sin atascarse. Atascada es como le queda a uno la nariz después de las ráfagas de estornudos. Déjese de historias: vaya al médico. Al médico, no a google. Luego llegamos a la consulta y ni nos sentamos: nos quedamos de pie a explicarle al galeno lo que nos pasa y a exigirle recetas de tal o cual medicamento. Y los médicos son una raza muy susceptible y suelen enojarse porque tenemos conexión a internet y sabemos leer. Pida un volante para el alergólogo, pero disimuladamente, haciendo como que se le ha ocurrido a su médico. Gracias, doctor, le dice antes de salir y el hombre no quedará orgullo en su herido. Ha leído bien.
Tal vez el alergólogo le prescriba una vacuna. Prueban con eso a ver si funciona, como un rasca y gana. Si no, tratamiento convencional (otra cosa que es que le convenza a usted). La vacuna, ya se sabe, consiste en inyectarse bichería medio viva para que se espabilen nuestras defensas. Esto lo inventaron los chinos, como casi todo, aunque en realidad lo que hacían era infectar con pus de la viruela a la gente para inmunizarla. No se andaban con chiquitas. Se les morían algunos, claro...
Luego fue un tal Jenner, inglés, el que descubrió la primera vacuna (también contra la viruela). Y usted dirá, ¿qué rayos hace este tío soltando una chapa sobra vacunas y viruela? eso también me lo pregunto yo.
Si usted ve a una mujer moqueando por la rinitis, apiádese. Si es un hombre, apiádese también, pero con más intensidad: los hombres somos más flojos. Los hombres pensamos que usar pañuelo degrada nuestra masculinidad. Esto me lo estoy inventando, pero síganme la corriente. De crío, víctima de múltiples dolencias del aparato respiratorio, no se me dejaba salir de casa sin un pañuelo de tela en el bolsillo. Viví pegado al pañuelo hasta el punto de que no era capaz de dar un paso sin él, aunque fuese Agosto y estuviese como una rosa. Era como un amuleto. Usted dirá, ¿qué rayos hace este tío soltando un rollo sobra pañuelos y amuletos? eso también me lo pregunto yo.
No hay nada peor en la vida que padecer rinitis alérgica. Eso es lo que piensa uno con cada ataque. Y también piensa: tengo que dejar de fumar, tengo que dejar de beber, tengo que empezar a andar con alguna mujer... son inimaginables las cosas que se pueden llegar a pensar mientras uno estornuda compulsivamente, moquea como un cerdo que moquea y se congestiona ostensiblemente. Y hasta aquí, que tengo que sonarme.

Publicado en Diario de Pontevedra 14/02/17

sábado, 11 de febrero de 2017

ASÍ FUE Y ASÍ SE LO CONTAMOS 2

La hija pequeña de Willy Cornejo (que en realidad se llamaba José Fuertes) era una moza de casi dieciocho años, alta y pelirroja. Más pelirroja que alta, en realidad.
Vivía sin prisa por hacerlo, contradiciendo la costumbre de los de su edad y se divertía con actividades tan poco frecuentes como recortar letras de canciones que fotocopiaba de viejos vinilos de su padre. Luego les cambiaba algunas frases, modificaba el ritmo de los versos y grababa en un portátil una nueva versión del tema con una voz dulce y decidida. Le quedaba algo entre Jeanette y Cecilia (la Cecilia de “Dama, dama” no la de “Ramito de violetas”).
Cierto día decidió darle un giro a todo aquello y componer sus propias canciones. Escuchó dentro de sí como una campana que la avisaba. Ya era hora. Lo cierto es que la culpa la tuvo una canción que escuchó en una emisora de radio que jamás consiguió volver a sintonizar. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

CORRE, QUE CHOVE

Sales de casa y te mojas. Una y otra vez. La posibilidad de que llueva cuando olvidas coger el paraguas es tan alta como la de que no lo haga cuando lo llevas contigo. Cualquier día lo explican en Cuarto Milenio. Por no hablar del misterio de los paraguas: su capacidad para volatilizarse o transformarse en otro paraguas mucho más viejo y feo que el que tenías cuando se lo confiaste al paragüero. Relacionado con esto está la existencia en nuestro país, comprobable científicamente, de paragüeros con monedas situados en dependencias públicas. No es que la moneda haga de talismán para impedir cualquier mal al paraguas, de eso se encarga la argolla metálica que lo ciñe e impide su desaparición. He visto a una extranjera sacándoles fotos, embelesada. Luego están los condones de paraguas, esas grimosas fundas de plástico que te ofecen en algunos lugares para que no salpiquen. Y los dejas ahí, empapándose en su propio destino, rezumando y ahogándose. Es cruel. He visto paraguas marchitándose, enfundados en el opropio del plástico y sin obtener atisbo alguno de consideración por parte de sus dueños. Su forma de quejarse, después, consistía en resistirse a desplegarse a la primera cuando sus servicios eran requeridos. Recuerdo también, hace miles de años, cuando Pontevedra aún estaba tomada por los cochos y los seres humanos estábamos confinados en aceras minúsculas, como la aparición de la lluvia y por tanto de los paraguas arrojaba a algunos de nosotros hacia las calles al menguar el espacio del que disponíamos. Y como los coches propulsaban el agua de los charcos hacia tu impermeable volviéndolo permeable como por arte de magia. Y a los pocos guiris que asomaban la nariz vestidos con plásticos de colorines y sonriendo como si una cosa llevase a la otra (los colorines a la exhibición de dientes).
Lo peor de la lluvia es cuando escampa. Se trata de una trampa, de que nos confiemos para cogernos desprevenidos. Un día de mucha agua de pronto se hace el silencio, estiras la mano fuera del paraguas y la recoges seca. Cierras el paraguas, puede que hasta te asome una sonrisa a la boca. Error. Cuando más felices te las prometes, un tremendo aguacero te cala hasta los huesos sin que te dé tiempo a abrir el maldito paraguas; metes los pies en un charco, te salpica una furgoneta que pasa y te tropiezas con un tipo más grande que tú. Las desgracias nunca vienen solas y a veces vienen pasadas por agua. Y, por seguir con el paraguas y sus cosas, alguien debería dedicar una tesis doctoral al mecanismo mental que impide a la psique adolescente hacer uso de este imprescindible elemento en la estación invernal. ¿Qué nos pasa cuando somos jóvenes y bellos que no soportamos la presencia de los paraguas? Acudir el encuentro de otros jóvenes y bellos portando uno se nos antoja tan imposible como ir a misa portando una empanada de xoubas. Tal vez es un desprecio a la climatología adversa, producto de nuestra autopercepción como seres inmortales. Si cuando eres un chaval ves el fin de tus días como una especie de leyenda que cuentan por ahí, ¿cómo te vas a preocuparte por un resfriado?
Y ahora las ciclogénesis. O temporales, que suena mejor porque en el nombre llevan el alivio: son pasajeros. Es lluvia, pero envuelta en rabia. Lluvia con temperamento, lluvia de rompe y rasga. Los que nos hemos doctorado en octubre de 1984 con el Hortensia, ya observamos el Klaus del 2009 como quien contempla un microbio y estos días del Kurt y el Liev simplemente recogemos los nudillos y nos soplamos las uñas.

Publicado en Diario de Pontevedra 07/02/17

domingo, 5 de febrero de 2017

ASÍ FUE Y ASÍ SE LO CONTAMOS 1

A los cuatro se les vio por la noche, mi sargento, en la zona de copas. No, mi sargento, no hay dudas: eran ellos, media docena de testigos presenciales lo confirma. Sí, señor, les hemos mostrado las fotografías de que disponemos. Sí, han firmado los documentos pertinentes. Pero... permítame decirle, todos coincidían en un aspecto fundamental. Sí. Parece ser que esos cuatro individuos tenían un comportamiento absolutamente normal, eso lo han confirmado todos los barman de los establecimientos de Baiona donde han estado. Sí, salvo en un caso, señor. Parece ser, y repito que es algo en lo que hay una coincidencia absoluta, que su conducta solo se alteraba al llegar al local denominado El Capitán. Un pequeño disco-bar cerca del paseo marítimo. Sí, allí era donde, según los testigos, entraban en trance. ¿En qué momento...? Al parecer, mi sargento, era tras pedir cuatro mahous y justo en el momento en que sonaba en el estéreo del bar esta pieza


lunes, 30 de enero de 2017

GIROS

Despertó vomitando regalos. Sólo era un siesta de sofá, de diez minutos, pero abrió los ojos sudando papel de regalo, agitado entre lazos y gritos, devorado por una fiesta en la que no había participado. Se acercó al ventanal del salón y vio algo parecido a una tarde de Reyes agonizando en la acera de enfrente. Tenía la boca seca y quiso volver a estar dormido, ingresar de nuevo en cualquier pesadilla.
Mientras cortaba un poco de pan, apagó la radio. Fue un gesto seco que anunciaba el silencio. Le dió otro sorbo a la copa de vino y se dispuso a investigar la capacidad de la pizza para ser recalentada día y medio después. La luna quería colarse por los cristales, podía verla a través de la puerta de la cocina. La amenazó con la mirada. La misma con la que había atravesado a Mina veinticuatro horas antes intentando apagar sus gritos, el revuelo, el portazo.
Le quedaban tres días aún y se puso a buscar en la web un vuelo hacia el sur.