domingo, 25 de enero de 2015

ANUNCIOS DE TELEVISIÓN


Estamos aquí para utilizar el plural mayestático y después para hablar de un tema transcendental en la vida contemporánea. Se trata de la inmensa cantidad de anuncios que ponen en la televisión. En medio de un programa suspenden su emisión durante una cantidad exagerada de minutos para incitarnos a consumir productos de diversa índole. En realidad no se debe tomar literalmente lo de “en medio”: lo hacen en cualquier momento de la transimisión. Parecen escoger, además, lo momentos en los que, tras haber llegado hasta el canal en cuestión por el poco científico procedimientodel zapeo, te empiezas a enganchar a lo que están ofreciendo. Por ejemplo, una serie. CSI, pongamos. Tras unos minutos atando cabos aquí y allá, te haces una idea de cuál es la trama del episodio en cuestión y la habilidad de los guionistas consigue que te quieras quedar un rato más a ver qué más pasa. Entonces es cuando, de golpe y porrazo, para que duela más, aparece una cortinilla anunciando que podrás seguir la trama dentro de seis minutos. Empiezas a zapear otra vez y te enganchas a otro canal que está poniendo, digamos, Modern Family. En este caso se tarda mucho menos en pillar de qué va el asunto, las tramas se entrecruzan y si no te interesa una, otra lo hará. Te quedas un rato hasta que recuerdas que seguramente se ha reanudado CSI en el otro canal. Vuelves a zapear porque no recuerdas de qué canal se trataba. Recorres un par de veces todos los números que tu paciencia es capaz de soportar y finalmente decides regresar a Modern Family, como mal menor. Pero tampoco sabes dónde la emiten. Vuelta a zapear y resulta no haber ni rastro de ninguna de las dos series. Pero ha empezado un documental sobre espadachines cojos que se conjuraban para derrocar a un rey tuerto hace varios siglos. Te quedas un rato y zas, te anuncian cinco minutos de receso publicitario. Observas el reloj, extraordinario objeto que te informa de que llevas media hora ante tu aparato de televisión sin ningún objetivo concreto. Cualquier ser humano comenzaría a desesperarse un poco, pero tú ya lo estás hace rato. Te levantas para coger algo de beber, que es lo que hacen los seres humanos cuando no se les ocurre otra salida. Se entretienen bebiendo, como si la ingestión de líquidos supusiese una tregua en cualquier tipo de angustia de terecera división. Todas tus angustias son de regional preferente, pero eso queda bastante mal en alguien que realiza descabelladas incursiones literarias, por lo que sueles hacer como que en realidad son de División de Honor. Lo cierto es que, tras un par de tragos de refresco de cola sin cafeína, le das otra oportunidad al mando a distancia. Desembocas en Cuarto Milenio. Están hablando de algo que no te creerías aunque estuvieses bebiendo absenta. Cambias. Hay una tertulia sobre política. Los tertulianos parecen cabreados. Ellas parecen tener una vida sexual altamente insatisfactoria y ellos parecen estar persiguiendo algún tipo de vida sexual. Sólo hablan de generalidades, de lugares comunes, pero se enfandan mucho igualmente. Se quitan la palabra, se lanzan pullas e indirectas. Bostezas. En el fondo sabes que todos están esperando a que el regidor ordene pasar a publicidad y puedan seguir contándose chismes.
Cuando te descubres calculando el dinero que podrías sacar en Cash Converters por el televisor que tienes delante es el momento indicado para apagarlo y salir a la calle a vivir un rato.

viernes, 23 de enero de 2015

HISTORIAS PETARDAS (number three)

Durante os meus anos de mestre nunha aldea de Xinzo coñecín a varios personaxes curiosos. Chegou o día de que sexan carne de internet, de que pasen á historia aínda que sexa dunha forma cativa como estrelas por uns días neste blog.
Licinio chamábase en realidade Xaquín, pero Xaquín xa había dous na aldea e púxose Licinio el so.
Almorzaba na do Tato, un sol e sombra, ás oito e cuarto en punto, agás os domingos, nos que Tato non abría ata as once. Da do Tato marchaba cos cans a visitar os matos e as leiras, cousa que para el era como a misa diaria das beatas. Ninguén sabía que lle podían pasar aos matos e as leiras se non fosen repasadas por Licinio un día si e outro tamén, pero non teñades medo de que alguén lle preguntara. Licinio era baixo pero forte e tiña unha mala hostia que lle viña da familia da nai, os Entullos. Os sábados mercaba a prensa e, despois de ler as novas de cabo a rabo, marchaba ao retrete a limpar o cu con ela. Bebía con moderación, agás a tempada na que o Depor gañou a liga, que colleu unha melodía e non a soltou en tres días.
Licinio era carpinteiro xubilado, pero polas tardes aínda facía catro cousas para os veciños que precisaban del. Era querido e respectado na aldea, como todo o mundo nela agás o Túzaro.
Era o Túzaro neto de dona Efigenia e fillo do Andrés, o fillo pequeno dela. O seu pai foi un neno mimado que fixo o que lle petou na vida porque eran de posibles. Casou coa viúva do farmacéutico e tiveron un neno lacazán e de poucas luces ao que tamén mimaron. O rapaz desprezou o acceso á cultura que tiña a súa disposición e quixo só vivir das renda familiares. Xa de mozo tiña uns aires que amolaban ata a xente da súa familia. Alguén dixo que semellaba un “chulo de barra americana” e pouco despois Beira chamoulle iso mesmo a Feijoo no Parlamento. Houbo gargalladas na do Tato durante toda a tarde.
Carlos Alberte, que así se chamaba o Túzaro, seguindo unha antiga tradición, casou coa filla dun terratenente de Ponferrada. Iso foi o que se fixo correr pola aldea, pero en realidade a moza era filla dun avogado con catro leiras, estudara para enfermeira e non atopaba noivo na súa bisbarra. Foi aquel un matrimonio apalabrado, ou iso se dixo tamén, pero ninguén podería dicir que tipo de cláusulas tiña ese acordo ou a quen beneficiaba máis. Somos moito de falar e se por riba se trata de alguén tan antipático coma o Túzaro, metémonos a xastres.
Evidentemente, Licinio e Carlos Alberte Andrade, o Túzaro, estaban destinados a atoparse. De fronte. Pero iso forma parte doutra historia.


miércoles, 21 de enero de 2015

PRESBICIA EN LA FARMACIA


Padezco astigmatismo, presbicia y filantropía. A la filantropía la mantengo a raya, por la cuenta que me tiene, y del astigmatismo no hago ni caso, pero la presbicia me preocupa seriamente. El otro día visité una farmacia, como quien no quiere la cosa. Pero sí que quería: unas gafas nuevas para ver de cerca. La dependienta me proporcionó unas con la graduación solicitada y un folleto con unas letras enanísimas. ¿Qué tal lee esto? dijo aviesamente. De pena, contesté, mientras alejaba el texto. Ahora sí veo bien, corregí, y remaché: estas son las que uso. Pero ella me reconvino con la mirada y luego me hizo reparar en la distancia a la que sostenía aquel papel. Tiene que ser capaz de leer desde aquí, y me lo puso casi enfrente de las narices. No veía un carajo. Resoplé. La dependienta comenzó un discurso en el que describía los múltiples males provocados por una inadecuada graduación de las gafas de lectura. Sus detalles ponían los pelos de punta. Escozor de ojos, lagrimeo. Estaba a punto de explicarle que a eso ya estaba acostumbrado cuando caí en la cuenta de que hacerlo reforzaría su teoría. Soy muy desconfiado, así que me rasqué la cabeza, dándoselo a entender (lo desconfiado que soy). Luego volví a asegurar que estaba plenamente satisfecho con la graduación actual de mis gafas. Me trajo otras, con las que podía leer perfectamente. La dependienta sonreía, veía cerca su victoria. Me volví a rascar la cabeza. Clavé en su pupila mi pupila azul marino tirando a castaño. Le envié un mensaje sin palabras: vale, las llevo, pero si al final resulta un engaño, te comes las gafas. Debió comprenderlo porque sonrió aún más. He de explicar que soy desconfiado de un modo enfermizo. Milito en la champions league de los desconfiados. Desconfío de todo y de todos. Pienso que me engañan en las carnicerías, en las charcuterías, en los supermercados, en las tiendas de corte y confección. Pienso que me engaña el gobierno, los sindicatos, las dependientas de las farmacias. Bueno, de todo esta lista, algunos me engañan seguro...
Después había que escoger el modelo. Rápidamente me fui a por unas de pasta negra. Yo siempre quise ser un gafapastas de esos. Por ser algo, más que nada. Y ya estaba aburrido de mis gafas metálicas. La chica hizo un mohín de desagrado. Leve, pero con tanta tensión no sexual lo pillé perfectamente. Me aseguró que tenía unas azulonas que me darían un aire más moderno y juvenil. Ahí lo petó. Hace años, aunque parecen siglos, que pierdo el oremus por todo lo que me pueda dar un aire moderno y juvenil. Sean prendas de ropa, bolígrafos, grapadoras, destornilladores o mandos a distancia. No reparo en gastos por estar a la última. Me probé aquellas gafas, que me hacían por lo menos un par de meses más joven, y las pagué en el acto, sin financiarlas ni historias. 
Las gafas traían en el estuche unos cordones de esos para que no las pierdas. Eso levantó de nuevo mis sospechas, siempre dispuestas a alzarse a la mínima provocación. Pero es que el asunto no tenía vuelta de hoja: ¿cómo pueden ser modernas y juveniles unas gafas que vienen con un cordel para que te las cuelgues del cuello como un Sánchez-Dragó cualquiera?. Estuve a punto de volver sobre mis pasos y preguntarle a la pérfida dependienta si sabía quién era Sánchez-Dragó y, en caso afirmativo, por quién me había tomado... pero finalmente me largué con mi nueva graduación, mis nuevas gafas y un cordel para colgarlas que pienso arrojar a la basura. 

domingo, 18 de enero de 2015

UN CRACK

La noche, cuando te coge delante de la pantalla del ordenador, con el resto del cuarto a oscuras, es un momento lleno de poesía. Oyes el golpeteo de las gotas de lluvia en el cristal y piensas: está lloviendo. Lucidez y frescura. Y probablemente llueva mañana, te dices, pues la poesía y el oficio profético van de la mano. En un estallido de optimismo se te ocurre pensar que eres un puto crack, pero como no dices tacos y además eres humilde lo que te dices es que has estado sembrado, pero ha sido de casualidad. Luego suspiras y ese suspiro encierra todo el poder de una vida entregada al bien con mayúsculas. Ni drogado serías capaz de escribir otra frase como esta. Es lo que tiene la noche y la lluvia. Son iluminaciones. Te sientes capaz de escribir versos, aunque sean tristes como aquellos que escribió el joven Neruda una noche y luego aprendieron cientos de miles de millones de personas. Por decir una cifra. No era mal poeta, pero se creía mejor de lo que era. O al menos eso me sucedería a mi si fuese Neruda. Si fuese Neruda iría por la calle mirando a todos lados para ver cuanta gente me reconocía y entraría en todas las tiendas a decir que quería comprar algo y sólo compraría en aquellas en que me ofreciesen descuentos desorbitados por ser el gran Neruda. Además de la noche, la lluvia y la poesía, adoro los descuentos desorbitados. Soy un gran degustador de ellos. Además me caracterizo por cambiar de la segunda a la primera persona cuando narro. Son habilidades que tengo, como otros saben planchar o hacer pajaritas de papel. Lo mío son los descuentos desorbitados y cambiar el punto de vista narrativo. Lo digo sin presunción alguna, porque soy humilde. Y no digo tacos. Soy un puto crack, pero sin los tacos. Por la noche me planto delante del ordenador porque es mi sino. Oigo la lluvia y lo veo todo claro. Me inunda una oleada de poesía sobrehumana y se me ocurren frases maravillosas y no paro hasta escribirlas en el ordenador, cosa que me lleva unos segundos. Soy, en unos segundos, un artista sagrado. No soy consagradado porque todavía nadie sabe lo que he escrito, pero de momento me llega con ser sagrado. El gran Neruda primero también fue sagrado solamente. Estoy seguro de que el también amaba los descuentos de grandes cifras porque es una característica que compartimos los grandes poetas, por humildes que seamos.
La noche es un momento lleno de poesía. Esto me parece que ya lo he escrito pero merece ser recordado. Así es como quiero que me recuerden: recordándoles a mis lectores las cosas importantes. Machacona e insistentemente.

viernes, 16 de enero de 2015

HISTORIAS PETARDAS (number two)


Gasosas Fernández patrocinou en 1979 un concurso de redacción para os nenos e nenas da bisbarra do Lérez. Así o anunciou no Diario de Pontevedra a catro columnas. Iso fixo que media cidade se preguntara que sería iso da bisbarra do Lérez.
Toñito Lusquiños García e Lurdes Fondevila Casado fixéronse cos galardóns porque en 1979 a xente aínda establecía unha categoría para varóns e outra para mulleres.
Cando recolleu o premio, Toñito dixo que “Pegadas de ovella” era un conto no que recollía unha anécdota que lle contara o seu avó un día na aldea. Lurdes leu “Viaxe nun día”, dixo “gracias” e non volveu abrir a boca.
O 14 de Xuño de 2005, saíndo do Gran Garaxe, onde mercara unha pequena colección de coches para agasallar a un sobriño, Antonio Lusquiños viu pasar cara a Ferrería a Lurdes Fondevila. Tiña o cabelo máis escura que de nena, case castaño, pero a súa pel clara e os seus grandes ollos non mudaran o mais mínimo. Seguindo un pulo interior, porque estas cousas nunca veñen de fóra, Antonio púxose a seguila. Lurdes levaba da man a unha rapaza duns seis ou sete anos que sen dúbida era a súa filla. Ao chegar á altura do Savoy, como se de súpeto lembrase algo que tivese esquecido un treito antes, Lurdes detívose e xirou o corpo cara atrás. A metro e medio dela estaba Antonio, que no puido evitar mirala aos ollos nin seguir avanzado. Ola, díxolle, porque foi o primeiro que se lle ocorreu, pero ela non parecía lembrar a aquel home que tiña diante. Deixou no ar un “Ola" tatexante como resposta, mentres tentaba descubrir a identidade de aquel señor con home que sorría como se se alegrase de vela. Son Antonio Lusquiños, dixo el, coma quen tira os dados. O concurso de redacción. Ela tardou dos segundos e co terceiro mudouse a súa faciana. Apareceu a luz nos ollos e nos beizos e despois un sorriso. Non... dixo ela, Gasosas Fernández, dixo ela. Gasosas Fernández repetiu o sorriso del.
Ela pediu café con leite, a nena un refresco e Antonio escoitouse demandando un licor café. Lurdes estaba divorciada e el non casara e xa nin con quen casar tiña. Falaron de cousas do pasado e Lurdes, que levaba medio ano de volta na vila despois de case vinte en Avilés.
A nena tirou polo chan medio refresco, o licor café estaba caralludo e quedaron verse outra vez nese mesmo sitio unha semana despois.

miércoles, 14 de enero de 2015

“PONTE QUIETO"

"He leído una noticia espeluznante. La culpa ya es mía por andar a leer. Revisar la prensa en internet es algo que debiera hacerse con pasmontañas. Y gafas de sol. Y el ratón a punto para saltar a otro lado en cuanto arda la primera neurona. He leído que las fotos que subimos a la red de nuestros gatos. Pueden poner en peligro nuestra privacidad. Escribo así por culpa del whatsapp.(...)”
Artículo en Diario de Pontevedra.

domingo, 11 de enero de 2015

HISTORIAS PETARDAS (number one)

Colleu coas dúas mans a cunca de viño e saíu a porta, algo que sabía que non lle gustaba a Darío. De feito escoitou o berro de Darío que estaba composto basicamente dun par de insultos desagradables para afearlle a conduta. Gustáballe saír ata o camiño coa cunca na man e sentir o tinto baixándolle pola gorxa mentres miraba as estrelas. Aquela noite estaba anubrado, polo que Darío puido deixar de berrar axiña mentres deixaba para mellor ocasión esa nova incursión na poesía da vida. Volveu dentro.
Tiña o lombo encollido de trinta anos de traballar ao xornal, a pel dura, os ollos escuros e a camisa desabrochada no pescozo. Levaba camisa porque os domingos levaba camisa. Desde que tiña memoria. Na pantalla da televisión un equipo de fútbol de Madrid estaba a mallar nun equipo de fútbol de Soria. Tanto, que os parroquianos esquecían mirar para ela agás cando o locutor subía a voz anunciando un novo gol. Falábase da festa de san Marcial, que tiña quince días por diante, dos ferrados de kiwi que levantara ese ano Milucho de Engracia, das noites que xa comezaban a arrefriar.
Axexou a partida de tute durante un anaco e volveu saír á porta co viño e Darío volveu a berrar. Outra tarde máis de domingo que saborear. Como saboreaba todas as tardes de domingo, mais porque ninguén o chamaba que porque non estivese disposto a traballalas. Sobre todo dende o do Treviño, hai dous anos. Dende que Suso Treviño golpeara a caluga cunha pedra mentres se empurraban porque o outro lle mentara a nai nunha disputa.
O pobo enteiro sabía do suceso e o pobo enteiro calou cando viñeron os civís. E o comisario uns días despois.
Mañá tiña que empezar a vendimar na de Amancio. Pediu outra cunca de viño. O locutor berrou un gol do equipo de Soria.