viernes, 29 de abril de 2016

GENTE SINGULAR (3)

En su primera cita, Ricardo Orejudo Martínez se presentó con un ramo de claveles. “Qué cutre” le espetó María Luisa, que así se llamaba la benjamina del notario. Primero pensó que eran amapolas, luego rosas, después azucenas y finalmente, cuando las tuvo frente a las gafas, comprobó que eran unos claveles rojos. Ricardo se la quedó mirando, mudo con el reproche, y ella sintió pena y le dijo que eran muy bonitos y lo cogió del brazo y se fueron a pasear. Ahí puede quedar resumido todo. La espontaneidad semicegata de María Luisa casó bien con la timidez honrada de Ricardo. Y casaron ellos también. Fue año y medio después, de blanco y por la iglesia. De blanco ella, claro. El de gris marengo, que dijo doña Olga que tenía que ser gris marengo.
Ni fueron felices ni comieron perdices: María Luisa no era mucho de carnes y además sufrió un terrible accidente alimenticio. Se atragantó con dos gominolas de corazón mientras su marido estaba a punto de llegar a casa, una tarde de principios de otoño. Llevaban diez años casados y no había forma de que se quedase en estado. Se la encontró el propio Ricardo tirada en el salón, con el rostro azulado. Fue el otoño, el invierno y la primavera más duros en la vida del perito agrónomo. Hacia el verano empezó a ganar un poco de peso e hizo un par de amagos de incorporarse a su puesto de trabajo, pero finalmente decidió prolongar la baja hasta el mes de vacaciones. Doña Olga lo visitaba con regularidad, tras la negativa de él de mudarse a su lado. Doña Olga, divorciada de su heroico esposo, es decir de su marido, el padre de Ricardo, por una evidente incompatibilidad de caracteres, lo hubiese acogido de mil amores. Y probablemente asfixiado con su abrazo de boa constrictor. Su vida había pivotado alrededor de Ricardito e incluso las malas lenguas decían que lo de María Luisa
había sido un suicidio y que las influencias de su papá, el notario, habían cubierto las apariencias.
Ese verano Ricardo, que había disfrutado contemplando las inmersiones de su esposa metido en el agua o desde la orilla, decidió aprender a bucear. Aunque María Luisa solo buceaba en apnea, en una suerte de homenaje póstumo a su amada, Ricardo siguió un curso de submanismo y descubrió los placeres del buceo en las profundidades.
Aislado de todos y todos, salvo por la muda compañía de su pareja de buceo, Ricardo descubrió una especie de nirvana en el que sus sentidos eran estimulados mientras su espíritu se aquietaba. Tras pisar la arena después primera inmersión a 20m. profundidad, se deshizo en un llanto sin sollozos en el que se mezclaba el goce experimentado con el agradecimiento a su esposa por haberle inspirado aquella aventura. Y la pena de no poderla disfrutar juntos.

miércoles, 27 de abril de 2016

CAMÁNDULAS

Camándula. La primera vez que oí esta palabra estaba más vivo que ahora, o por lo menos era más joven, ya no lo recuerdo. Se la escuché a un amigo de Carballedo y después la oí en un colegio, que es donde más se oyen esas cosas. En realidad, en un colegio se oye casi de todo. Es un lugar en el que brotan perlas de cada rincón, el lugar por antonomasia de los castigados. Los castigados son una raza insobornable que renueva curso a curso sus representantes con inagotable entusiamo. Claro que ahora ya no se castiga a nadie, a menos que seas huérfano.
Lo cierto es que camándula es una palabra que me puso en trance. Me comporté como si conociese su exacto significado ya es lo que se suele hacerse en los casos de ignorancia. Tras una consulta al gurú de guardia (google) la Real Academia incrementó el poder seductor del vocablo: “Persona poco fiable”. Puse los ojos en blanco y repetí aquellas maravillosas sílabas: ca-mán-du-la. ¡Y pensar que el mundo está lleno de ellos, que yo soy uno de ellos! (no me fío de mi mismo, ni un pelo). Hay días, semanas enteras, en que nuestra vida es un puro camanduleo y nosotros sin enterarnos.
Pero comencé a notar que la sabiduría popular había desplazado esta definición por una menos genérica y sin duda más efectiva. Pude advertir que se estaba aplicando el calificativo de camándula a un tipo de comportamiento que abarcaba el rango que va desde el perezoso hasta el rufián. Son trazos incompatibles, claro, porque un tipo perezoso sólo puede contemplar un futuro de rufián desde la distancia, y seguramente tumbado. Lejos de intentar retomar el significado primigenio de la expresión, comencé a aplicarla a todo tipo de conductas irregulares, entendiendo por irregulares aquellas que me ocasionaban algún tipo de incordio. Magnánimo, repartí mentalmente títulos de camándula a diestra y a siniestra, poniéndome yo mismo a la cabeza de aquel ejército. Nunca había contemplado con tanta simpatía a la humanidad (de la que en ocasiones formo parte).
Pasado un tiempo, mi vida como camándula en un entorno de camándulas perdió sus encantos primerizos y, aunque la fascinación por la palabra se mantenía tan viva como el primer día, comencé a desligarme de su compañía y sólo de tarde en tarde hallaba algún placer en adjudicarla a una conducta que lo estaba pidiendo a gritos. Aunque fuese una etiqueta mental, una especie de nombramiento “in mente” para dejar las cosas en su sitio.
Hoy en día me vienen a la cabeza muchos adjetivos cuando contemplo a mis semejantes, la mayoría calificativos aunque reconozco que muchos de ellos son descalificantes. Me pasa lo mismo, sólo que el número de descalificaciones aumenta en tromba cuando me miro al espejo. Hay gente que se contempla en el espejo, yo bastante tengo con mirarme.

Incluso alguno de esos días me sorprendo admirando a algún especimen humano en la televisión, mientras son narradas sus inmundicias. Hay programas entregados en cuerpo y alma a tales menesteres, ustedes ya saben. Entonces el viejo y maravilloso término se abre camino, rumboso, en mi cabeza. Una expresión se ilumina como un letrero de neón: outro camándula!.

Publicado en Diario de Pontevedra 26/04/16

miércoles, 20 de abril de 2016

CULTURA ENVASADA

O tempo pasa e iso non sería un problema se non nos levase a nós con el polo medio. O tempo non respecta nada e o asunto é que polo menos consigamos respectarnos a nós mesmos cando nos pasa iso. Cando nos deixa noutro lado do camiño aquel que transitabamos polo centro, diante das miradas de todo quisque, cun sorriso asomando na faciana ergueita sobre os ombreiros dun corpo mozo, animoso, esperanzado. Estes dous últimos cualificativos non teñen por que desaparecer, pero non pode ser a costa de andar pintando a mona como se fósemos ídem nunha feira. Das vaidades.
Dende que Andy Warhol decretou quince minutos de fama “urbi et orbe”, todos somos quen de reclamalos. E se cadra atopamos, nese cuarto de hora dun anónimo calquera, un par de minutos gloriosos, marabillosos, extraordinarios. Seguramente mais xenuínos ca os expedidos na tragaperras da propaganda promocional do negocio artístico.
Disque é precisamente esa necesidade de saír da anomia, de sacar o pescozo por fóra da marea de rutina que nos afunde no medio do rebumbio, o que fai tan apetecibles ás redes sociais. A xente bótase ao twitter, ao facebook, ao instagram, reclamando a súa singularidade; e de paso poñerse ao lado dos famosos que transitan tamén por eses recintos dixitais. Os blogs proliferan por doquier e a xente abre canles en youtube para falar de calquera materia, mesmo de aquelas nas que son competentes.
Por todo isto é moi importante aprender a tirar a palla do gran. Non porque te fagas trasfegador impenitente de produtos culturais vas ter xa ese criterio incorporado. A cultura é un ben empaquetado en suplementos dominicais, unha mercadoría de consumo coma outra calquera, un ben mais dos producidos en Babilonia. A meirande parte das veces, estamos diante de produtos xa aparecidos, amortizados, resesos. Isto tráelle a un á memoria aquela frase de Marx, corrixindo a Hegel, de que os grandes feitos e persoeiros da historia aparecen dúas veces, unha como traxedia e outra como farsa. Faime ilusión pensar que estaba tamén anticipando todo isto: agora estamos no tempo das farsas, das reedicións, da falta de ideas que obriga á recuperación de argumentos esquecidos (ou non tanto). Estamos continuamente volvendo a ideas e obras que xurdiron nun tempo no que o sistema de explotación das mesmas aínda non afogara aos creadores.
Este ano veremos unha nova edición de “Ben-Hur”, e seguramente outra de “Scarface”. O ano que ven sairá unha versión actualizada de “Os sete magníficos” (a súa vez baseada en “Os sete samurais”, de Kurosawa). Da versión cinematográfica de “Madame Bovary” hai 5 películas polas que optar.
Os Rolling Stones, os Beatles, Bob Dylan, tiveron que percorrer moitos quilómetros, tocar moitas veces, gravar varios discos, para facerse cunha audiencia e posteriormente cunha porrada de millóns. Hoxe faste cunha porrada de millóns cun disco de éxito que gravaches sen saír da túa vila. Todo ten hoxe menos peso, aínda que dea na báscula os mesmos quilos.
Dende que en 1961 Piero Manzoni envasara merda humana en 9 latas de 30 gr., ao prezo de cotización de 30 gr. de ouro, xa está todo dito. Por certo, que un amigo del asegurou moito despois que as latas tiñan só xeso. O que pasa é que os propietarios non van a abrir ningunha dado o prezo en que se cotizan hoxe en día.
Pois iso, que abramos ben os ollos candro abramos os envases coa etiqueta de cultura que nos poñen por diante cada día.

Publicado en Diario de Pontevedra 19/04/16



sábado, 16 de abril de 2016

GENTE SINGULAR (2)

Finalmente, Ricardito fue empleado en un imprenta local, donde aprendió el oficio durante cinco años, que fue lo que tardó doña Ofelia en hallarle un puesto en una notaría. “Solo tienes que mover papeles” le aseguró la señora quitándose la dentadura para lavarla. Ricardo sabía que lo que su madre mascullaba mientras fregaba el postizo carecía de importancia, de modo que acogió ilusionado su nueva ocupación. Además tenía manchas en los dedos que no se le iban con nada. En poco tiempo su minuciosidad y su inteligencia confirmaron que el notario había hecho un buen fichaje. Doña Olga se lo había anunciado: “hará usted un buen fichaje”, a los cuatro días de llegar de fuera para ocupar una plaza por jubilación del titular, con tal buena fortuna (para Ricardo) que su madre (la del nuevo notario) había conocido a su abuela (la de Ricardo) que había vivido en su pueblo (el del notario) durante unos años antes de casarse.
Ricardo se reveló, pues, como un excelente auxiliar de notaría y sus gestiones eran alabadas por todos lo clientes, quienes se quedaban también prendados de sus orejas. “Prendados” es una forma de decirlo, evidentemente. Pero los años pasaban y pesaban, porque Ricardito no daba señales de solucionar lo de su soltería. Esto representaba un gran problema para su madre, que estaba hasta el moño de que le preguntasen por el tema las vecinas, amigas, conocidas y demás personas a las que cotidianamente arrollaba con su personalidad arrolladora. Hasta que un día enfiló a la notaría con un disparate entre ceja y ceja: había oído que el notario tenía tres hijas y que la más pequeña estaba sin colocar (así se lo montaba doña Olga en la olla a presión que era su cabeza).
El notario, un señor gordo y educado (incluso en privado), la escuchó con atención porque había oído ya de todo en esta vida pero las argumetaciones de la madre de Ricardo eran siempre peculiares. Al final, resultó que su hija pequeña era una muchacha miope y aficionada a la pesca submarina que se pasaba media vida debajo del agua, de donde salía con multitud de objetos inverosímiles a los que había tomado por peces espectaculares. Quedaron en hacer que “ambos jóvenes” se conociesen. Por aquel entonces, Ricardito estaba cerca de los cuarenta y la muchacha bien entrada en la treintena.
Y aquí haremos un descanso, porque no se pueden imaginar lo agotador que resulta narrar las vidas agotadoras de estos seres humanos.

miércoles, 13 de abril de 2016

CONSUMO Y FELICIDAD

"No necesito que ninguna sociedad de consumo se tome la molestia de hacerme sentir frustrado e infeliz para luego venderme sus mierdas: yo ya me siento infeliz sin que nadie se lo proponga. Con esa táctica tan gastada solo consiguen el efecto contrario.(...)

(Resto del artículo en PontevedraViva)

domingo, 10 de abril de 2016

GENTE SINGULAR (1)

En principio iba a narrar la historia de Orejudo Martínez, un jubilado que conservaba (muy a su pesar) tanto un cruel mote de la infancia como los rasgos físicos que lo originaron (aumentados por el transcurrir de los años). Lo que sucede es que no se puede hablar del señor Martínez sin hacer referencia a su madre, Ofelia Segundo. Sin embargo, es imposible hablar de esta con la extensión que requiere un carácter tan singular en el breve espacio del que disponemos. Nos limitaremos a consignar sus rasgos físicos y alguna anécdota que pueda retratar de algún modo a esta extraordinaria mujer. Para empezar, tiene las orejas pequeñas. Lo de su hijo procede de la familia paterna, en cuyo seno eran habituales los apelativos Dumbo, Forellas, Alerones, Volaré y otros.
La señora Ofelia era gruesa, muy gruesa. Ya de pequeña, antes de ser gruesa, era gruesa; es decir, su rostro transmitía toda la convicción de que acabaría con los noventa kilos de peso (en una talla que no pasaba de uno sesenta) que mantuvo durante décadas. Ahora, con casi ochenta, ronda los noventa y cinco kilos en canal. Lleva un moño negro que tiñe con pulcritud y rigurosa periodicidad y que a veces adorna con un lazo rojo. Usa dentadura postiza desde los treinta, cuando un accidente de la moto que manejaba su señor esposo, el orejudo padre de Orejudo Martínez, derrapó en la curva de Chancelas y dio con la mujer de bruces en el asfalto. Amputación de sonrisa fue aquello. Ofelia pasó un auténtico calvario bucal y nunca se lo perdonó a su marido. Su matrimonio no fue el mismo desde entonces, aunque nunca había sido el mismo: cada semana su relación sufría algún tipo de percance. El suyo era el matrimonio más remendado de la comarca, pese a que nadie sabía a que comarca pertenecía exactamente Pontevedra, que era donde residían. Les ayudaba a seguir adelante la crianza de su hijo, que les había salido tímido e inteligente, además de orejudo.
Con diez años, Ricardito (es impedonable que aún no hayamos desvelado su nombre) les anunció que de mayor sería perito agrónomo. Ninguno de los progenitores sabía qué era eso “exactamente”.
Siempre sacó muy buenas notas y tuvo muy pocas novias. Lo mandaron a estudiar la carrera a León. Obtuvo brillantes calificaciones y mejoró de su timidez, aunque seguía sin novia.
Por la época en que empezaba a buscar empleo tras regresar a Pontevedra fue cuando doña Ofelia comenzó a dar muestras de su singularidad. Antes había dejado sentada su pluralidad: era una mujer dicharachera con un extraordinario don de gentes. Su escasa formación y su dentadura postiza no eran impedimento para que se relacionase con cualquiera. Trabó amistad con el alcalde de la ciudad a base de abordarlo por la calle para interesarse por tal o cual cuita que afectaba a la calle donde vivía (ella, no el alcalde) y tenía trato con los aparcacoches que se movían en los aledaños de la misma. Pero a raíz de la vuelta a casa de Ricardito (le apeó el diminutivo a los cuarenta y dos), como decíamos, doña Ofelia desplegó una actividad inédita. Se dedicó a visitar, con su hijo de la mano, todos los organismos oficiales que había en la villa, de cualquiera administración. Conocía a muchos funcionarios, a no pocos técnicos y a algunos cargos políticos. A todos sometió a un riguroso interrogatorio cuyo fin era averiguar las posibilidades de que su recién licenciado retoño ejerciese su profesión en el ámbito correspondiente. Claro, pedir trabajo para un perito agrónomo en una administración pública, a bote pronto resulta chocante, y más cuando la misma es la Biblioteca Pública, el Parque de Bomberos o la Delegación de Sanidad. Ricardo Orejudo Martínez, que sabía de la imposibilidad de disuadir a su madre, se armaba de paciencia y de unos potentes ansiolíticos, con los que iba capeando el temporal.

viernes, 8 de abril de 2016

ESCRITURA ROMÁNTICA

Voy a escribir la mejor novela de amor que haya escrito jamás un enamorado. Bueno, tal vez lo deje en un relato de cierta envegadura. O si no, en un relato breve. Claro que si la cosa se tuerce siempre puedo escribir un microrrelato. O optar por escribir un poema. Lo que es seguro es que, como mínimo, voy a escribir el mejor haiku de amor que haya escrito jamás un enamorado. 
Lo primero es enamorarme. Es lo más sencillo, creo. En secundaria me enamoraba unas quince veces cada verano. Durante el curso mucho menos, porque estaba en un instituto masculino y no me daba la gana de enamorarme. Los findes salía con mi pandilla, todos chicos, y continuaba con mi obsesión de enamorarme de una chica. Normal que al llegar el verano la cosa desbordase. 
Sin embargo ahora todo es distinto. Tengo conjuntivitis con frecuencia, por una rinitis; y piel atópica que me ocasiona unos eccemas cerca de la boca; diez dioptrías en cada ojo e intolerancia a las lentillas... la vida no es fácil. Hago todo lo posible por enamorarme pero no es fácil con la autoestima baja. Todo el mundo cree que la baja autoestima conduce a que nadie se enamore de ti, pero es al revés, al menos en mi caso. No me refiero a que todo el mundo se enamore de ti, sino a lo que he explicado antes: que no te enamoras ni a tiros. 
Ahora no me va a quedar más remedio, si quiero escribir una novela, o un haiku, o cualquier género intermedio. Y tengo que hacerlo rápido, antes de que me operen de la papada prematura. Tengo una bolsa de grasa bajo el mentón de la que espero librarme pronto. Claro que estoy en manos de la seguridad social y a lo mejor se me junta con la papada de la senectud. Pienso poner muchas palabras como “senectud” en mi novela. Mi estilo suele ser más sobrio, pero voy a derrochar vocabulario cuando me ponga a ello. A escribir la novela, no a derrochar vocabulario. 
Tengo unas cuantas dudas, eso sí. Por ejemplo, no sé si elegir un narrador omnisciente o uno normalito. Ya se sabe que el narrador es un trasunto del autor. Mi amigo Bernardo me dice que use un narrador gilipollas, que se me dará bien. Lo dice sin segundas: lo cree de verdad, y yo también lo creo. Pero yo creo que, en principio, voy a optar por una narración en tercera persona, para adquirir distancia con mi persona. Contar una historia de amor en primera persona puede ser muy comprometido. Creo que ya he dicho que voy a narrar mi amor verdadero por alguien, pero no he dicho nada de que ese amor sea correspondido. Y no lo he dicho porque lo más seguro es que no sea así. Un noventa por ciento. Y pico. Total, es una historia de amor igual, y más trágica. Las historias de amor cuanta más pena den, mejor. 
Llevo escritas unas quinientas palabras y me está gustando este texto, igual lo meto como introducción: aunque desvele algunos secretillos de mi proceder como escritor siempre está la propia fuerza de la escritura, de las palabras como “senectud” que pienso poner por todas partes. Y si me alargo mucho con esta parte, si llego a las tres mil o cuatro mil palabras, y termino agotado, siempre puedo hacer un haiku. Puedo hacer cuatro o cinco folios de introducción al mejor haiku de amor que haya escrito jamás un enamorado. 
Aunque, repito que lo tengo claro, primero tengo que enamorarme.