sábado, 24 de septiembre de 2016

LA JUVENTUD JA, JA


Nos rebelamos con desesperación contra circunstancias vitales ante las que no existe forma alguna de imponer nuestra voluntad. Nos empeñamos terca y concienzudamente en ser jóvenes. Más allá de calendarios, achaques, fosas abisales en la memoria y otras señales que nos advierten acerca de que la fecha de caducidad de nuestra juventud ha sido rebasada.
¿Qué es sino calzarse unas deportivas encima de esos ridículos calcetines cortos para ir a pintar la mona por la ciudad adelante?, ¿qué es sino estar al tanto de las novedades musicales, trasegar cerveza a deshoras, huir de las básculas, escribir esta columna?
Luchamos centrímetro a centrímetro por conservar un territorio en el que soñábamos que nos quedaríamos a vivir siempre, a pesar de que asumíamos intelectualmente la derrota de tal deseo. Pero con el deseo, con las emociones, no se negocia.
De algún rincón extraño de mis recuerdos he rescatado ahora mismo unos versos de una canción que escuché cuando llevaba pantalones cortos. Ahora solo suelo vestirlos en verano, cuando la verguenza coge vacaciones. Esos versos, escritos sin duda por un ser tan demenciado como irresponsable decían: “la juventud, jajá / la juventud, jajá / sabe lo que quiere / sabe donde va”. Vamos a ver: la juventud no ha sabido nunca, ni sabe ahora ni sabrá jamás (espero) ni lo que quiere ni adonde va. La vida consiste en averiguarlo. Si lo tienes todo claro no podrás ser joven. Y viceversa. Precisamente, todo lo que se añora de la juventud procede de la absoluta certeza de no estar enterándote de nada y, sobre todo, de que eso te importe un pito.
Tengamos en cuenta que aquello lo cantaba un tipo que se hacía llamar Palito Ortega. No les digo más. Hoy vas con ese nombre a una productora musical y acabas en urgencias, intentando reparar los estragos del golpe de la puerta en tus narices. Pero estamos hablando de los años 70 y del final de una dictadura de modo que lo del palo o el palito estaba contextualizado.
Todo eso nos lo comimos los de mi generación, poco tiempo antes de que los 80 terminasen con todas nuestras esperanzas de ser algo en la vida. Nadie atraviesa los 80 en plena juventud impunemente. Las taras se han evidenciado en décadas posteriores. La frase “fui joven en los 80” te puede cerrar más puertas que la droga.
Sé que se me está yendo de las manos este artículo: es otra de los peajes que hay que pagar cuando te adentras en aguas turbulentas. Hablando de eso: En Noviembre espero ver en Madrid a lo que queda de Paul Simon. Este detalle biográfico-afectivo debería bastar para obtener una jubilación anticipada. Así es la cosa: dentro de un cuarto de hora, todos seremos quince minutos más viejos.
Sé que todo esto no ayuda, aunque ignoro a qué tendría que ayudar exactamente. Lo único que queremos es seguir luchando por mantenernos jóvenes, de una u otra manera. La mejor forma es estar en contacto con el virus. La juventud es una enfermedad infecciosa que se cura con el tiempo y si te rodeas de especímenes jóvenes acabarás atrapado por sus efectos secundarios. Por supuesto, es algo que he probado. A veces me apoyo en la barra de un bar y pongo la oreja. Intercepto conversaciones entre jóvenes que están “en la onda” y comienzo a acortar kilómetros en el camino hacia la tercera edad a nivel mental. Tras oir diecisiete veces “en plan” y veinticinco veces “mítico”, pido un tequila. Doble. El barman, un ojeroso carrozón al que casi he visto nacer, me sirve otra caña. “Estamos hechos unos puretas”, me dice con sorna.  

Publicado en Diario de Pontevedra 20/09/16

sábado, 17 de septiembre de 2016

EPISODIOS DE SEQUEDAD EN EL BOCA (2)

En esta segunda parte abordaremos el infortunio de quien tiene que enfrentarse a un auditorio numeroso y cae presa de los nervios y esas cosas. Algo que, en mayor o menor medida, también hemos vivido todos y que podría contarse así:
Mientras avanzas hacia el micro, tan despacio que llegas a tener la sensación de que estás retrocediendo (que es lo que deseas de todo corazón) te preguntas como pudiste llegar hasta allí. Sólo porque eres tonto y tímido, a partes iguales. Sólo por no abrir la boca cuando un índice te apuntó. Sólo porque no tenías más que trece años y había que decir unas palabras para abrir el III Encuentro Provincial de los Padres y Madres de Hogares Conservadores.
Cuando por fin casi te comes el pie de micro, alzas la vista y descubres a dos millones de personas mirándote fijamente. Tienes la boca pastosa y la mente zarrapastrosa. Me está bien por tímido y tonto, al cincuenta por ciento, piensas para integrar aquella especie de ejecución sumaria en un contexto que la justifique. Tenían que habérselo encargado a Ricardito. Pero Ricardito estaba ahora en el salón de su casa destrozando el sofá de cuero con los pies. Tenían que habérselo encargado a Merceditas. Pero Merceditas estaba ahora mirándose al espejo antes de salir para ser perseguida por el chulito de la urbanización.
De modo que carraspeas un poco, que es lo que hacen los personajes de las novelas de Enid Blyton en estos casos, en vez de toser. Te pasas la mano por el pelo solo porque es lo que haces cuando estás nervioso. Y además, o eso, o salir en estampida.
“Buenos días”, farfullas con voz estropajosa un segundo antes de caer en la cuenta de que son las cinco y media. “Buenas tardes” corriges mientras la risas estallan y, sorprendentemente, te producen un efecto relajante. Sueltas los párrafos memorizados arrancando los sonidos de una garganta como la lija y una boca como las cuevas de Altamira, pero sin pinturas. Te beberías un río con sus peces. Suenan los aplausos pero tú ya te has ido de allí.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

GORDOS DE SEPTIEMBRE

Este artículo, si lo fuese, pretende erigirse en homenaje a todos los que han tenido la desgracia de descubrir, al llegar Septiembre, que han engordado. Puede que lo hayamos averiguado antes, pero en todo caso el verano tiene la virtud de hacer olvidar todo tipo de sinsabores.
“Ya es septiembre (y estás gordo)”. Es el titular de una columna que apunta directamente hacia mi persona. Acabo de leerlo en la web de un periódico de renombre (el titular, el texto no lo he leído, ni pienso). Lo que haré es demandarles. No se puede estar surfeando en seco, salir de una entrada sobre la reaparición televisada de Aramís Fuster, y toparse con esa agresión personal. Adónde hemos llegado que en las cabeceras de prensa online acechan tan poco sutiles ataques al grueso de la población (no digan que lo del “grueso” no ha venido al pelo).
Los gordos, vocacionales o forzosos, tenemos derecho al cariño, igual que cualquier otra tribu urbana, grupo social o banda filarmónica. Y además voy a empezar a ponerle remedio: voy a volver a las caminatas.
Un días de estos, el más inesperado, volveré a pisar las calles nuevamente con lo que fue mi figura ya aumentada. Solo o en compañía de otros, castigaré mi cuerpo con dureza hasta conseguir que la lengua se salga de su lugar sin intervención de impulso nervioso alguno. Tras horas de esfuerzo, me desplomaré sobre lo primero que encuentre procurando que no sea un ser vivo.
Solía salir a caminar en compañía de otro amigo, también gordo a ratos, en los meses previos al verano. No, no era una “operación bikini” porque jamás hemos vestido mi amigo o yo bikini alguno. Era simplemente lanzarse al monte, en plan salvaje, impelidos por la horrorosa sensación de que el calor del verano nos haría reventar de seguir (engordando) así. No contábamos con la fuerza del destino, a la que con razón cantaron los Mecano para desgracia de todos sus detractores (los de Mecano, no los del destino). Porque ¿qué sino el destino fue quien dispuso que apareciesen furanchos abiertos por donquiera que fuésemos a caminar mi amigo y yo? ¿qué, sino el destino, nos llevó a terminar las caminatas saboreando vino y viandas caseras? Oh míseros, oh infelices. Finalmente nos plantamos en la canícula con una silueta que era un monumento a la curva.
¿Y que decir del verano y sus cuchipandas? Y sus cervecitas, y salir de copas, y entrar en barrena. De jóvenes nuestros cuerpos decoraban los arenales, ahora parecemos cetáceos varados en la arena.
Pero no es necesario que nadie nos lo recuerde, rayos. Los seres humanos somos bichería insaciable e inexplicable. Lo de ganar kilos es cuestión de tiempo, simplemente. Albergamos una bomba de relojería llamada metabolismo que llegado cierto tiempo de uso se pone a funcionar por su cuenta. Se dedica a programarse para regresar continuamente a la máxima cantidad de kilos que puedes tolerar sin desmayarte. Aunque hagas dieta. Aprovechará cada microcaloría para fundar un imperio de grasa. Cuenta con la ayuda de los negocios montados en torno al proceso para adquirirla, previa incitación al consumo de todo tipo de bombas calóricas en formas sólida y líquida. Luego está otro tipo de comercio, que aprovecha los sentimientos de culpa de quienes han ganado kilos. Por un lado te han provocado para que engordes como un becerro y por otro te flagelan exhibiendo el peso y cuerpo ideales para que te entregues a sacrificios sin cuento en pos de algo que no recobrarás jamás.
Y uno ya empieza a dudar, pensando si será mejor quedarse así hasta el año que viene. Es que si no, después que abran los furanchos, vuelta a empezar.

Publicado en Diario de Pontevedra 13/09/16

viernes, 9 de septiembre de 2016

EPISODIOS DE SEQUEDAD EN LA BOCA

Vamos a hablar de las ocasiones en la que se nos seca la boca. Un episodio tan común como desagradable que tiene como fin hacernos mejores personas, ya que nos pone en evidencia y para ser buenas personas lo primero es tener el ego en su sitio. Cómo se llega a la conclusión de que vale la pena ser buenas personas, ah, eso ya en otra ocasión.
Todos hemos experimentado alguna vez la conversión de la lengua en esparto y de la cavidad bucal en arena del desierto cuando, de chavales, se nos acercaba alguien que nos gustaba y con el/la que no nos atrevíamos a hablar. Te hallabas en una fiesta o similar, desempeñando tu habitual oficio de mojón, mientras bebías un coca-cola y los vientos por una persona en particular. Alguien tan lejos de tu alcance que ni en sueños eras capaz de imaginarte emparejado con ella (el sueño se interrumpía con las rayas de fuera de emisión, un ruido te despertaba, etc).
De pronto ese ser procedente del Olimpo se encamina a tu rincón y empiezas a dar grandes sorbos a la bebida y cuando ya está enfrente te atragantas y te sale refresco por la nariz. Oyes una risa deliciosa y te sorbes los mocos con la manga mientras farfullas una respuesta al saludo de la divinidad. El resto es ya una cuestión de mero trámite: el tiempo que aguante la beldad intentando descifrar el lenguaje inconexo, tartamudo, incoherente y fonéticamente semi indescifrable de alguien al que acaba tomando por un deficiente.
La sensación de tener medio kilo de engrudo en el cielo de la boca es un verdadero infierno. No te queda ya más coca-cola en el vaso (terminó entre el suelo y tu pechera) y notas que emites frases cortas hechas con palabras paralíticas que la deidad intenta completar y tú remachas asintiendo con la cabeza. Al poco tu acompañante lleva el peso de la conversación y tú te limitas a dar cabezazos, mientras ruegas al Todopoderoso que nadie esté fijándose en la escena. Aburrida, la valquiria termina por despedirse disimulando con su cortesía una mueca de desagrado.
Lo más terrible de todo es que cuando eso ocurre lo que sientes es una maravillosa sensación de alivio.

Publicado en Pontevedra Viva 07/09/16

miércoles, 7 de septiembre de 2016

MOMENTO CHORIPÁN

Hay momentos en los que cabe una vida y vidas que desembocan en un único instante. Son episodios llenos de magia que aparecen como por ensalmo y hacen la existencia más llevadera ya que la dotan de plenitud hasta que ella sola se encarga de retomar su ritmo veloz y voraz. Uno de estos episodios suele aparecer enmascarado entre la parafernalia festiva de un día de Feira Franca en Pontevedra.
Pongamos que el sábado de Feira comienza rebuscando en la bolsa de disfraces alguna vestimenta apropiada para el evento, para no deambular por allí vestido de romano, como hacen algunos rebeldes o desinformados. Escoges las prendas, te las vistes, te ves en el espejo, deseas tener la varicela y quedarte en cama... en fin, la rutina de siempre.
Has quedado con los antiguos compañeros de trabajo con los que sueles compartir esta fiesta. Llegas a la cita tres cuartos de hora más tarde para reirte del pringado que siempre aparece puntual y que ha fundido la batería del móvil anunciando al resto su indignación, como si no supiera a qué atenerse.
El reencuentro, entre risas y besos, conduce a refrescar el gaznate en un tasca de postín. Si escoges el Parvadas, un entorno maravilloso para disfrutar en compañía, has de saber que no te pondrán tapa con la bebida. Son algo recalcitrantes. Y si alguien piensa que esto es un zasca para que reconsideren esa costumbre, felicitaré a ese alguien por su perspicacia. Es un servicio que hacemos a la humanidad.
Te pones al día mientras te pones a tono y luego a comer. En la terraza del local reservado te sientes miembro de una fraternidad de pontevedreses y visitantes aborregados: todos vestidos de época, todos contentos y felices, todos hambrientos y sedientos. A veces no hay como aborregarse, dejar la soberbia a un lado y disfrutar.
Echas cuatro ó cinco horas entre comida, café y sobremesa, no pregunten cómo. Tu ropa medieval se pega al asiento y tu culo contemporáneo adquiere las mañas del cartón. Repasas la actualidad política (para esto aprovechas el momento de los chupitos) y recuerdas viejas anécdotas, compartes novedades e incluso tienes tiempo para abordar el sentido de la vida con debates sobre la existencia de Dios. Al ponerte de pie para ir a otra parte notas un hueco en el estómago. No puede ser, te dices, pero es. Por eso, tras unos cuantos paseos sin rumbo fijo, sin otra meta que sortear las multitudes que, como tu grupo, deambulan sin propósito por las callejuelas, el vacío que hay en tu interior adquiere proporciones insoportables. Los olores de los puestos de comida se confunden con cantos de sirenas. Te tropiezas con conocidos y te paras a seguir conociéndolos. Tropiezas con desconocidos, que a partir de entonces ya lo son menos (“mira, con estos ya hemos tropezado antes”) y termináis en el medio de una plaza, a poca distancia de donde se está cociendo algo. O sea, que están asando churrasco para la cena. Lo cierto que estamos todos de acuerdo: es el momento del choripán. Cuando las luces de la tarde se retiran para dejar paso a la noche, el ser humano necesita una explicación vital que ha de recibir por la puerta de su estómago. Y el emisario ha de ser una vitualla tan humilde con el choripán. Ni beluga, ni centollas de la ría ni solomillo de ternera: solo el choripán te puede llenar. Tan sencillo como eficaz.
Localizado el lugar, se celebra el rito. Una pandilla de viejos amigos formando un círculo, de pie en una plaza, disfrazados de vaya usted a saber, devorando un trozo de pan con chorizo. Lo escribió Jorge Guillén para la ocasión: “ el mundo está bien / hecho”. Pontevedra, te quiero.

Publicado en Diario de Pontevedra 06/09/16

lunes, 5 de septiembre de 2016

GASTRONONÍA Y COLUMNISMO

Soy una mierda de columnista. Sin pinchar en un palo (era lo que faltaba). Me explico. Doce de cada docena de columnistas a los que leo emplean citas ajenas o diálogos de filmes más o menos conocidos para “decorar” sus textos. Es como cuando quieres darle empaque al salón y viene alguien de fuera a aconsejar qué debes hacer, donde tiene que ir cada mueble y el color del papel pintado. Estamos hablando de gente que escribe muy bien (ni idea de cómo tendrán decorada su casa) y piensan muy bien. No son de esos que tiran para adelante, a lo que salga, como si fuesen cierto equipo de fútbol de la capital del país. Como a esos, a veces la cosa sale bien, o medio bien, pero no es para sacar pecho. La suerte es para quien la trabaja, pero no se puede pasar uno la vida trabajándola. Esto es una paradoja, que es un lugar en el que algunos nos sentimos muy a gusto, y por eso.
A uno le da una tremenda pereza ponerse a buscar citas y escenas de pelis para vestir la columna. El inquietante encanto de los harapos: de eso va la cosa. No hay nada como hacer lo que sea que hagamos desde las tripas, que además es como hemos aprendido a hacerlo todo toda la santa vida en este país. Y, así metidos en harina, es casi ridículo pretender que somos de otra pasta. O sea: si somos huevos fritos con chorizo, ¿para qué prentender pasar por risotto, curry o bullabesa?
Sé que no puedo exagerar demasiado en la demonización de estas costumbres de articulistas, entre otras cosas porque conozco a unos cuantos y me interesa que me sigan invitando a cañas de vez en cuando. Somos gente de ego complicado y tendencia al estreñimiento, sobre todo cuando logramos una pieza redonda y vamos por la calle con la nariz levantada y la mirada lánguida, así que hay que andarse con cuidado. Pocas cosas hay tan explosivas como el ego de un articulisto y, al mismo tiempo, pocas tan frágiles. Puede pasar de tocar el cielo al reino de los equinodermos en un par de frases pronunciadas con desapego, desdén o inquina, que son los tres grados que pueden advertirse en un comentario negativo. A veces uno se enfrenta a los tres a la vez, en la misma bofetada, constituyendo la prueba máxima de la fe del escritor en si mismo.
Tendría que terminar esto con una buena cita, con una frase redonda, o cuadrada por lo menos, pero no hay nada mejor que ser fiel a lo que uno es o, como es el caso, a lo que uno no es.

miércoles, 31 de agosto de 2016

FLECHAZO

Una pareja se ha enamorado al instante en el reality del canal de televisión de moda. Se trata, probablemente, del flechazo más rápido del que existen registros. Lara Salmerón y Kino Delgado sintieron una poderosa atracción mutua en los camerinos de la cadena, antes de conocerse en persona.
Lara, una chica resuelta y pizpireta, aunque algo tímida, confesó haberse sentido atraída por Kino nada más oir su nombre en boca de uno de los productores durante las sesiones previas. Sin embargo, fue solo unos minutos antes del momento fijado para acceder al plató cuando se notó “totalmente consciente” de que el salmantino (Kino Delgado es de Salamanca, como habrán adivinado hace nada) era el concursante de su vida.
Por su parte Kino, un mocetón que de haber nacido en otra latitud recibiría sin duda el título de “chicarrón del norte”, es un atlético postgraduado en arte con cierto sobrepeso. Eso, si cabe, añade más encanto a su desenvuelta personalidad, aunque es también algo tímido, como Lara.
Kino jura y perjura que se enamoró de Lara mientras lo maquillaban. Otras fuentes aseguran que en realidad ocurrió mientras le recortaban la barba, pero por cuestión de procedimiento nos decantamos por la versión del joven.
Es inusitada la mala suerte de Lara y Kino: sufren un amor sincero, poderoso y sin embargo frustrado. La culpa la tuvo un inesperado cortocircuito. Han sido portada de todos los periódicos nacionales de gran tirada y tirada media, y del sesenta y cuatro por ciento de los de tirada insignificante durante los tres días que siguieron al incendio que se declaró en los estudios de la cadena de televisión, minutos antes del momento fijado para que se conociesen en persona. Todo el personal presente en las instalaciones, incluyendo a las señoras de la limpieza sin contrato, fue evacuado por efectivos de protección civil, bomberos y policía local. Un grupo de empleados, entre tres y catorce, manifestó haber escuchado al concursante salmantino gritar “Lara, amor mío” mientras era puesto a salvo. “Lo hizo varias veces y en varios idiomas” aseguró un cuñado del sobrino del chófer del vicepresidente ejecutivo.
Lo cierto es que en estos momentos Lara y Kino viven su ardiente amor ardiendo de ganas por conocerse, ya que tienen prohibido por contrato todo tipo de contacto y/o comunicación hasta el momento de la grabación del programa. Los estudios del canal de televisión de moda resultaron absolutamente calcinados y los directivos del mismo han puesto el futuro de la empresa en manos de sus abogados y de una prestigiosa vidente que conducía un programa nocturno. Igualmente, se aguardan con máxima expectación detalles sobre el futuro de esos dos concursantes.

Publicado en Pontevedra Viva 31/08/16