domingo, 26 de abril de 2015

EL CONCIERTO IMPOSIBLE

El piano de aquella canción estaba menos triste que la canción en si. Esto podría apreciarlo sin esfuerzo, apoyado en la lectura de unos versos de Sexton que nada tenía que ver con la melodía y a los que volvía la vista de vez en cuando. Siempre llevaba un libro de poemas a los conciertos para pasar el rato pues le aburría trastear con el móvil con el único objeto de hacer ver que no se aburría, que era lo que hacía todo el mundo (trastear con el móvil y aburrirse).
No tenía ni idea de que hacía a más de cien kilómetros de casa, pues oir a Willie Nile podía hacerlo en cualquier parte gracias a su ipod y el norteamericano no es que tuviese un aspecto memorable. En todo caso, se había subido al tren como quien acomete una misión y Sexton se le había rebelado como una poeta contundente y autoconsciente. No es que eso fuese malo, pero sospechaba de los autores autoconscientes.
Pidió otra cerveza antes de que Nile comenzase la parte eléctrica del concierto y se encerró en si mismo sorbo a sorbo, mientra la rendida concurrencia daba sonoras muestras de su rendición. Al terminar la canción le mandó un whatssap a su mujer. Algo simpático y cariñoso que fue contestado con un icono burlón, como esperaba.
A veces unos se pregunta por qué determinados instantes de la vida parecen estar diseñados para que los recorramos como a ciegas, como si no pudiesen suceder sin nuestra presencia y colaboración, aunque sea a título de espectador. Como era el caso.
Cayó la tercera cerveza, que saboreó a la salud del hermano que le había dejado las llaves de su piso vacío para descansar antes de volver a coger el tren por la mañana.
Entre vítores y jaleo, la concurrencia celebró el buen estado de forma del neoyorkino y, hay que decirlo, de una banda más que solvente.
Al terminar el bolo, mister Nile se acercó al puesto del merchandising (un par de mesas) y firmó camisteas y discos y repartió sonrisas, departiendo con todo aquel que quiso hacerlo y había aprendido el suficiente inglés para hacerlo. El sólo compró el último disco, algo que solía hacer en un gesto que tenía mucho de fetichismo, y le extendió la mano al músico mientras le deseaba buenas noches.
Pisó la calle y la media vida que llevaba encima se le apareció en forma de un cansancio sordo y sabio. En su interior había una agradable sensación de agradadecimiento.

viernes, 24 de abril de 2015

ZOMBI INTERIOR


Tenía quince y los guardaba en una bolsa de tela que ponía siempre junto al estuche, en la mochila. Aurora tenía más de veinticinco, pero ella había empezado a coleccionar mucho antes. Quince no estaba mal, la mayoría de los de clase sólo tenían cuatro o cinco. Cuando tenías más de diez se podía considerar que no estabas juntando zombis porque estaban de moda, sino que tenías una colección. Eso era lo que se decía él, haciendo oídos sordos a las burlas de André y Fajardo, que se metían con él porque “los zombis son de niñas”.
Su favorito era uno con forma de calavera, ojos enrojecidos y sonrisa cosida con brackets. Solía colocarlo en el bolígrafo cuando la profe, para ir acostumbrándolos, les ordenaba usarlo en algún ejercicio. Le infundía ánimo para iniciar los trazos que no se podían borrar. No le gustaba que le cambiase el lápiz por el boli, se sentía inseguro.
Cuando acababa las tareas, antes de salir al recreo, era de los que los ponían encima de la mesa para jugar con ellos un rato. A veces la profesora les mandaba guardarlos y no podía seguir hasta que estaba en el patio.
Pancho dijo que no, que él no estaba cogiendo nada, que había visto la bosa encima de la mesa y cuatro o cinco zombis desperdigados por ella. Sólo estaba metiéndolos de nuevo en la bolsa, sabía que su compañero estaba en el aseo y que era muy meticuloso y además así echaba el rato sin hacer tarea. Y mientras lo decía, volvía a agarrarse la muñeca de la mano donde un charco de betadine escondía la horrible grieta perforada con la punta de un lápiz.  

miércoles, 22 de abril de 2015

HISTORIAS CATIVAS (eight)

Ás catro da tarde veu a morte envolta en cascabeis. Saíron á porta algúns veciños, pero ela xa collera o ascensor. Chegou ao cuarto andar e petou na porta B. Dona Amelia achegouse arrastrando os pes coma se soubese facelo doutro xeito, axexou pola mirilla porque era raro que non chamasen ao timbre. Non viu a ninguén pero abriu a porta igual, non se fiaba da súa vista. Botou a cabeza fóra e dixo quen é? ao corredor baleiro. Estaba mais segura de que escoitar petar na porta ca de que non houbese ninguén alí. Deu dous pasos e púxose a escoitar, e sentiu un frío horroroso. Un frío que parecía vir do centro de onde fabrican o frío, un frío que lle fixo afastarse axiña de alí, tremendo, espirrando, as meixelas e as orellas case conxeladas. Seguiu espirrando dentro da casa, cinco días antes de seu pasamento por unha severa pneumonía.

domingo, 19 de abril de 2015

COUSAS VEREDES (3 y final)

Tomando una caña con el fue informado de las últimas noticias. Una fuente fiable había puesto en conocimiento de Cacho que Lucía le había dicho a alguien que Mariona Sanz había preguntado por el. Le había dicho al sujeto en cuestión (era varón el sujeto) que “qué tal estaba”. Miró a Cacho a los ojos pero este estaba sacando un pelo del borde del vaso. Esperó a que terminase y entonces, sí, clavó su mirada inquisitiva en los adormilados ojos del mensajero. Este se quedó callado, pensó que su interlocutor había sido afectado sin duda por su revelación. Sonrió con suficiencia. Se rascó la mejilla izquierda. Dio un sorbo a la caña. Se tocó una oreja..., pero aquella mirada no se apartaba de la suya, la perseguía de un modo que le obligó a decir algo. Tal vez no signifique mucho, vale, dijo Cacho rindiéndose prematuramente, dispuesto a cualquier cosa para que el otro dejase de atravesarlo con aquellos ojos de trastornado.
El transtornado pareció no oir las palabras de Cacho. Seguía mirándole pero ahora de forma menos intensa, como si ya los ojos sólo se apoyasen en el pero en realidad hubiesen comenzado a retroceder hacia si mismo, hacia su interior, hacia un lugar de donde salían las grandes decisiones, las resoluciones decisivas. Cacho se sintió aliviado cuando percibió ese cambio y aguardó a ver en qué quedaba todo. Aún se estuvo espesando el silencio durante un minuto y medio, aproximadamente, y por fin Cacho obtuvo una respuesta. O lo que fuese. Pásame el teléfono de Mariona, fue lo que oyó de una voz que parecía provenir de alguien a quien estuviesen estrangulando. Y luego: lo he borrado del móvil.  

viernes, 17 de abril de 2015

COUSAS VEREDES (2)

Aquella noche se lo llevaron entre tres amigos tras la ingestión de casi una docena de cervezas y su posterior devolución en forma mucho más degradada sobre unos parterres sembrados de jacintos y peonías que circundaban la improvisada pista de baile. Dado su estado, no consiguió impedir que durante el proceso de expulsión las emulsiones de cerveza, ácido clorhídrico y jugos gástricos impregnasen su camisa y la parte superior del pantalón.
El calamitoso estado que mostraba al día siguiente se prolongó, al menos psíquicamente durante los siguientes días. Al quinto, notó que el desánimo y la frustación estaban siendo sustituidas por algo muy semejante al odio. Mimó esa sensación hasta notarla crecer en su interior y luego se aferró a ella con desesperación. Estuvo un par de semanas deambulando por los lugares de siempre con aspecto de zombi, aliento de apátrida, mirada de pavo en Navidad y así sucesivamente. Un jueves por la tarde, mientras llovía y el contemplaba la lluvia como si no la hubise visto nunca, tras los cristales de sus gafas y los de la ventana de su cuarto, decidió dejar de tenerse lástima. Sacó “Meat is murder” del reproductor y lo guardó cuidadosamente. Se quedó un rato pensando: tenía que escoger una canción para celebrar el nuevo tiempo. Era lo suficientemente hortera como para elegir “I will survive”, pero era un hortera ilustrado musicalmente, de modo que pasó de Gloria Gaynor y se fue a por la gloriosa “Rehab” de la malograda Amy Winehouse. La cantó a grito pelado, gritándole que no, que no se deprimiría (go to Rehab) más... se sentía exultante, era la mejor decisión que había tomado en su vida. Bueno, dejémoslo en el último mes.
Durante otros quince días vivió en una nube de endorfinas que generaba su psique, ahora entregada
al positivismo. Seleccionó temas vitamínicos, riffs de guitarra que hacían germinar la serotonina, ritmos salvajemente optimistas, solistas maníacos y grupos anfetamínicos... los escuchaba en bucle con iTunes mientras se sentía el nuevo amo del Universo. Hasta que le llamó Cacho Lorenzo, a eso de las seis un puñetero miércoles.

miércoles, 15 de abril de 2015

COUSAS VEREDES (1)

Se alimentó de algo parecido al odio durante dos semanas. Encerrado en casa, escuchando furiosamente a Patti Smith, a los Smiths, a Aerosmith... se reconcomía recordando cómo y dónde le había dejado Mariona Sanz.
Dos semanas y un día antes, hacían una estupenda pareja que era saludada en todos los saraos con esa frase, tan manida como idiota: “hacéis una pareja estupenda”. Ella sonreía un poco caballunamente por culpa de la genética y el ponía cara de bobo, que era la que se le había quedado desde que empezó a salir con Mariona.
Fue en el cumple de Lucía, como en la canción de Makaroff, cuando él llevaba cuatro cervezas y media y Mariona se había pedido un whisky tras sus consabidos maritinis. Él encontró un poco raro lo del whisky, así lo comentó después, pero lo suyo no era sospechar. Lo suyo era beber los vientos y las cervezas por Mariona, hasta que ella decía “basta”,; entonces se pasaba a la tónica. En aquella ocasión ella no dijo “basta” (también aseguró después que le pareció extraño), y cuando los ojos con los que se comía a su novia brillaban más que los farolillos de todo a cien que había colgado Lucía por todas partes, Mariona se le acercó vaso de whisky en ristre. Ahora él lo recuerda como en cámara lenta: “se puso enfrente de mi cara y bebió un buen trago. Luego me echó el aliento. O a mi me pareció como si me echase el aliento: abrió mucho la boca, como para decir algo, pero no dijo nada. Después tomó otro sorbo de whisky y dijo: “lo nuestro se ha terminado”. “Menuda mierda de frase, ¿no?. Quiero decir, es una frase que dicen millones de veces en miles de películas... ni siquiera intentó ser original. Yo estaba un poco achispado, es verdad, pero me di cuenta de la gravedad del asunto. Me di cuenta e intenté dialogar, así que me bebí el resto de la cerveza. Con cinco cervezas en el cuerpo se puede intentar cualquier cosa. Pero ella se había dado la vuelta y aunque la busqué durante casi media hora por todo el local, tropezándome a diestro y siniestro con gente que bebía y que me reprochaba que yo lo hubiese hecho con mayor eficacia, no hallaría rastro de Mariona Sanz en aquel sitio y, de ahí en adelante, en mi propia vida”.

domingo, 12 de abril de 2015

TIRADO NO CHAN

Caeu ao chan dun xeito elegante, como se estivese finxindo nun casting dunha glamurosa serie que emitirían os sábados á noite, pero a verdade é que provocou o mesmo balbordo no bar que se soase un disparo de súpeto. O primeiro en agocharse ao seu carón foi Quinito VI, que comezou a darlle sopapos pequenos nas meixelas mentres lle dicía “volve, volve”, como se marchara a por tabaco.
Luísa Farto foi mais profesional e colleulle o pulso, agardou e finalmente díxolle que estaba vivo a Xan Pallás, que se axeonllara ao seu lado mais por estar ao seu lado que porque soubese que facer co langrán medio calvo que estaba tirado no chan.
Quinito VI buscou os ollos verdes de Luísa Farto, como buscando indicacións despois de optar por deixar de dicir “volve, volve” a aquel corpo que de momento non volvía en si. Un grupo de xente facía coro de pe arredor dos tres que parecían atender ao fulano, cando era evidente que o que facían era mirar para Luísa Farto, madia leva. Ela fartouse e púxose en pe e recomendou avisar a unha ambulancia, pero xa Pincho, o barman, chamara ao 092. Pola megafonía soaba “The hunter” de Laura Fedele & The night life, segundo verificou Chicho Arousa tras pedirlle o cedé a Pincho. “Son bos”, concedeu Chicho, fan dos Pearl Jam, Nirvana, Soundgarden e cousas así.
Luísa Farto sacudiuse a saia nun xesto cara a galería e claramente explicativo de que a atención ao fulano do chan quedaba agora nas mans das asistencias. Cando estas chegaron ao local foi Chicho Arousa, motivado polo música ou vaia vostede a saber, quen se encargou de comentarlles o acontecido. Basicamente, que o tipo se desvaneceu caendo ao chan.
Dez minutos de reloxo estiveron dous enfermeiros e un facultativo tentando reanimar ao langrán case calvo, pero non houbo maneira.
Entón foi cando apareceu, da man de Xan Pallás, un velliño pequecho cun caxato na man e sombreiro de palla, que se arrimou ao corpo do tipo rañando un anaco no queixo, mal barbeado. Levantou a man esquerda e díxolle a Pincho “tira esa música”. Algo na súa voz fixo calar a todos de súpeto e a Pincho darlle ao “pause” no reprodutor. Entón o vello tirou dun peto un frasquiño pequeno, apartou a un dos enfermeiros, abriu o frasco e púxollo debaixo das narices do langrán medio calvo. Ao momento este acordou, abrindo os ollos.
A xente moveuse en grupo cara o fulano para non perder ripio mentres o vello púñase en pe e avanzaba cara a saída. Cando pasou preto de Pincho, que tiña os ollos coma pratos, díxolle “xa pode poñer outra vez a música”. “Non estaba nada mal”.