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DÍAS INFAMES

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Hay días que parece que comienzan por el final. Días tan malos que desearías que concluyesen nada más despertarte. Te levantas cansado, después de haber dormido de un tirón, pero la sensación es como si te hubiesen estado apaleando. “Va a ser una jornada dura” piensas, pero te equivocas: va a ser peor. Sabes lo que es, ha ocurrido otras veces, aunque tu memoria te juega una mala pasada y suaviza los efectos de todo lo que te espera. Te aseas, te vistes y desayunas lo de siempre con la sensación de que todo está transcurriendo como de costumbre aunque hay algo en ti que va mal. Es una especie de pesadez a la hora de pensar, a la hora de coger los cubiertos, el vaso, de servirte la comida. Y esas ganas terribles de volverte a la cama. Consigues recoger las ganas de vivir de algún estante donde habían quedado olvidadas. Antes de salir, haces memoria por si se te olvida algo. O más bien lo intentas, porque en tu mente solo hay un espacio vacío de forma circular, tal vez con un agujerito …

RESONANCIA

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Cierto día un facultativo me informó de que tenía líquido en una rodilla. Yo estaba tendido en una camilla, poniendo ojos de cordero degollado mientras él me degollaba a la altura de la rótula, retorciendo la articulación. Parece ser que mi organismo se estaba defendiendo de una agresión produciendo líquido sinovial. Bien por mi organismo. Poca gente había confiado tanto en él como servidor. Y ahora que enfrenta la cuesta abajo irremediable, ahí está peleando como un campeón, defendiendo con uñas y dientes cualquier agresión interna o externa. El líquido sinovial es la prueba contundente de que aún tienes algo que pintar en este ingrato mundo.  Tras poner a prueba el estómago con una caja de antiinflamatorios y como no sólo no surtieron efecto sino que se me inflamaron otras dos partes del cuerpo, volví hecho una furia (o una fiera, no recuerdo) a la consulta. Allí expuse amablemente mis cuitas. Sigo con pupa, doctor. Indicó una resonancia magnética. Ah, si es magnética, me dije... a…

LA VIDA POR DENTRO

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A veces salgo a la terraza a tomar la soledad. Me siento a dejarme lamer por ella mientras suena un disco desde el salón y la tarde se convierte en el mosaico de mi alma. Suelo poner punto final a todo esto con una cerveza que rescato de la nevera con un gesto decidido y eufórico como el del general que ordena una carga a un batallón desfallecido.
Llevo una vida tan poco complicada que cuando salgo a la calle por dentro voy disfrazado de periodista deportado o de fontanero que trama una conspiración contra una multinacional de grifería. Hago la compra en el super observando el enojo de los enojados y el hastío de los hastiados mientras los rostros prestos a la sonrisa me despistan por lo que termino odiándolos de un modo inocuo pero firme. Cuando pasan mi compra por el lector de códigos de barras, el sonido se me hace insoportable y me entran ganas de dar voces a favor del comunismo y de la república. Algo me agita por dentro y consigo pensar solo en gritar a favor de la república, …

DEDICATORIAS

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Uno de los vicios más inexplicables de los muchos que acaban apoderándose de la voluntad de los seres humanos es la compulsión por pedirles a los escritores que nos firmen sus libros. A los pobres escritores no les llega con haberse estrujado el cerebro y haber conseguido editar el jugo de ese estrujamiento que aún tienen que dejarse las últimas gotas discurriendo una frase simpática, ingeniosa, sentida o todo eso a la vez, y dejarla manuscrita y firmada. Estamos ante un abuso en toda regla: el escritor se siente obligado a empuñar el bolígrafo cuando le tienden un ejemplar de su libro y el comprador parece ejercer su derecho a llevarse un último trozo del alma del escritor y de su puño y letra. Los lectores somos una raza muy falsa. Nos ponemos en fila para arrebatar de los autores unos segundos de atención y una frase que inmediatamente leemos con avidez, como si en la dedicatoria fuésemos a hallar un oráculo que resolviese nuestras dudas existenciales o la solución para que el a…

AGAINST THE WIND

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Cansado de andar siempre con prisas, decidió marcharse; aunque a la vez quería quedarse, y terminar rapidamente. Una pena, aquello estaba yendo bien. Pero quedaba poco tiempo ya. Me voy, se dijo. Me largo, repitió para sus adentros. Sin embargo sus manos no soltaban los mandos y en la pantalla los marcianos sucumbían por docenas. Estaba sonando Against the wind, lo cual quería decir que en pocos minutos todo habría acabado. Lo cual quería decir que se le iba otra oportunidad de sacar a bailar a Sandra. Mierda, mierda, esta pantalla no hay forma de pasarla.

PRETENDIENTES Y PROGRAMAS

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Cuando mozo, pretendí a una serie de muchachas que indefectiblemente se apartaban de mi mientras se acercaban otras sin que las pretendiera. Es algo corriente: una fase que hay que atravesar antes de emparejarse. Hoy están de moda los programas televisivos para encontrar pareja y salir en pantalla. Aunque mejor sería decir que son para salir en pantalla y de paso intentar encontrar pareja. Son programas de citas. Hay programas de citas y casas de citas y acaso acaben confundiéndose unos y otras. Tenemos Mujeres, hombres y viceversa. Un nombre maravilloso. Cualquier nombre que lleve el vocablo “viceversa” tiene mi aprobación y la de Joaquín Sabina (junto a un grupo llamado así grabó varios discos en los 80). Resulta, que salvo el nombre, nada hay para salvar en este programa. He consultado varias webs especializadas y hay un denominador común: lo ponen de vuelta y media. Hay unos “tronistas”, algunos tronados y unos pretendientes y se juega por eliminatorias hasta que una pareja llega…

ESCARAMUZA EN EL CUARTO DE ESCRIBIR

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“Lamentos de perros rabiosos” apenas había tecleado la frase cuando oyó por encima de su hombro el bufido escéptico de Charly. “¿Qué pasa?” le preguntó. “Los perros. O están rabiosos o se lamentan. Las dos cosas a la vez no tienen sentido”. Pensó durante un segundo si darle la razón o defenderse y escogió esto último. “Rabioso es una condición intrínseca y el lamento es un estado circunstancial”. “Ni tú sabes qué quiere decir lo que acabas de decir”, sentenció Charly. Él se levantó a abrir una ventana, más por hacer algo que porque tuviese calor. Cuando no sabes qué decir el cuerpo busca respuestas poniéndose en movimiento. El cuarto de escribir. Le llamaba así a la habitación que sus padres le habían cedido para que hiciese el ganso sin molestar al resto de la familia. Vivía en un chalet suntuario porque sus padres estaban forrados y ese nombre pomposo le había parecido una buena forma, un tanto cínica, de bautizar a su estudio. Los padres de Charly tenían un piso en una urbanizac…