miércoles, 24 de agosto de 2016

PELEAS COTIDIANAS

Un plato de rapantes fritos en la nevera, esperando. Un vistazo dentro, una breve inspección de algo que llevarse a la boca sin demasiado trabajo. Los rapantes se ofrecen a la vista desmayados como piezas de arte rupestre encerradas en una gélida tumba.
Ya en el plato, son una especie de nervadura que tarda en arrancar el cuchillo. El frío los ha dotado de una textura gomosa y les ha extirpado el sabor casi por completo. Su ingestión es una tarea mecanizada que requiere acciones previas propias de un cirujano. Masticar no es ya deshacer, sino imaginar. Si hubiese una partitura para ese instante sería una suave canción de la Velvet ejecutada por los Ramones. Tragar ya no es un verbo sino un compromiso, una huida hacia adelante, en pos de los jugos gástrico, el soborno nutricional, la quimera de la alimentación.
Quedan las espinas como trofeos de una pequeña conquista y el plato parece cualquier otro plato: un campo de batalla con sus muertos y sus heridos, los jirones en la piel, los rasguños y los jugos de la vida. Hemos vencido sin gloria.

jueves, 18 de agosto de 2016

COSAS DE GATOS

"El año en que nací fue "el año del gato" en el horóscopo chino. Yo ni creo en los horóscopos ni en los chinos, pero me gustó saber aquello. Posteriormente escuché "The year of the cat" de Al Stewart y también me gustó. Puede decirse que estaba predestinado a escribir este artículo, de hecho, acabo de empezar a hacerlo.(...)

Pontevedra Viva 17/08/16

lunes, 15 de agosto de 2016

A MIS SOLEDADES VOY

A veces me siento solo. Cojo una silla y me siento un rato. Solo. A solas conmigo. Suelo ponerla cerca de la ventana, para sentirme aún más solo. Veo personas pasar y no deseo llamarlas. Algunas hablan entre ellas, la mayoría ni se conocen. De cuando en cuando alguien mira hacia arriba y yo tuerzo la mirada. Me gusta estar solo. Me gustaría ser, en esas ocasiones, el hombre más solo de todos los que están solos. El recordman mundial de la soledad. Puestos a dar pena, ser el mejor. Porque suele dar pena la soledad, sobre todo a quienes no la sufren. Hablan de la soledad elegida y esas cosas, que parecen quitadas de un libro infumable de Coelho, y perdonen la redundancia.
Uno siempre está solo cuando escribe y casi es lo que más le gusta hacer en la vida: átame esa mosca por el rabo.
Profesión: solitario. Eso deberían ponerlo en los DNIs, mucha gente se gana la vida gracias al tiempo que pasan alejados de sus congéneres. Otros se la desgracian por culpa del que pasan en compañía. Siempre me fascinó la frase “solo o en compañía de otros” cuando se investiga un crimen. Esa forma de categorizar las acciones. También la expresión inglesa “going solo” para referirse a la decisión artística de alguien que ha dejado una banda de rock o de lo que sea. Neil Diamond, ese músico tan hortera como imprescindible, lo explicaba muy bien: “seré lo que soy, un hombre solitario” mientras se desgañitaba anunciando que iba a buscar a una mujer que no le pusiera los cuernos.
Habrá quien piense que por la soledad se acaba en el solipsismo y otros que es un asunto sobrevalorado; y así se van sumando los detractores de este vicio de encontrase con uno mismo un buen rato, días, meses o años. “Solitude stands by the window” cantaba Suzanne Vega en un album delicioso: ¿qué les decía yo de la ventana? A la soledad han cantado innumerables poetas, músicos, cineastas, gorriones y todo tipo de bichería alada. El sabio Moustaki aseguraba que jamás se sentía solo con su soledad y Pablo Milanés se arrimaba a una ventana (otra vez) y decía “Yolanda” y sentía su soledad acompañada.
En general, se trata siempre de una aproximación romántica al concepto. Es maravillosa la experiencia, pero habría que vivirla con el estómago vacío o tirado en la cama de un hospital de un país sin hospitales y sin visitas. O incluso después de un logro extraordinario, sin tener a nadie con quien celebrarlo. Todo es relativo, como bien se sabe. Lo que pasa es que nos olvidamos a propósito o se nos olvida.

jueves, 11 de agosto de 2016

INSOMNIO Y MALA MILK

"En algunas de mis incontables noche de insomnio veraniego me descubro atribuyéndole propiedades casi mágicas al pantalón corto de pijama que llevo puesto. Suele pertenecer a una dinastía ya extinta de pantalones cortos, restos de una época en que las prendas de vestir tenían y conferían personalidad, hoy revocada por obra y gracia de Inditex y otras alegorías vivas de la vulgaridad globalizadora.

Artículo en Diario de Pontevedra

miércoles, 3 de agosto de 2016

CÓMO HEMOS ENGORDADO

Hace cientos de miles de años, el grupo pop Presuntos Implicados triunfaba con una canción sobre las viejas amistadas. La dulce voz de Sole Giménez cantaba Cómo hemos cambiado y los españoles le otorgamos nuestro favor en las listas de favores otorgados a temas musicales. Pero todos entendíamos el verdadero significado del título. No era otro que Cómo hemos engordado. En efecto, de eso va el inexorable paso del tiempo. Se pueden escribir refranes, versos excepcionales, novelas impactantes, óperas magníficas, etc, sobre el particular pero en resumidas cuentas, todo acaba en una lamentable incapacidad para detener la hegemonía de las grasas sobre el puerco humano. Con perdón.
Estos días que tanto se prestan a la visita y disfrute de los magníficos arenales que Dios tuvo a bien situar en las inmediaciones de nuestra multipremiada ciudad, uno puede constatar en vivo y en directo el peso de la argumentación anterior. Lo de “el peso” no está puesto al azar.
Un ser humano frecuenta las playas por diversos tipos de razones que van cambiando a lo largo de su recorrido vital. Primero, porque no le queda más remedio: sus mayores lo eligen como lugar de refrigerio donde soltarlo a aprender en qué consiste la lucha con los elementos (el sol, el viento, el mar, la arena, el prójimo). Después acude por ligoteo (ligar sudando la gota gorda). En la siguiente fase se regresa a la primera, pero del otro lado: ahora es uno quien pone en libertad condicional a sus polluelos. Posteriormente, uno pasa a exhibir impúdicamente los destrozos de la edad en su anatomía. Y así ya hasta el final.
Ojo, no nos equivoquemos, que no vengan los listos de turno a objetar que “también hay gente mayor que se conserva bien” (como si fuesen atún, fabada o tomate frito). La existencia de cuatro ejemplares de fósiles inadaptados que exhiben lozanía y levedad del ser aún a altas horas de su biografía no evidencia sino la resilencia del ser humano y la presencia de alteraciones en la especie, todo en un mismo pack. Seres que van por ahí inflando el pecho o los pechos, con la barbilla alzada y una sonrisa a medio camino entre la chulería y la burla. Salen flechados a saludarte aunque tengan que sortear a otros quince paseantes, un balón disparado sin puntería, tres castillos de arena y una competición de palas. “Hombre, Lourido” y ponen los brazos en jarras como gilipollas para marcar músculo y distancias mientras tu rezas mentalmente a Nuestra Señora de la Cerveza, patrona de tu infortunio. “No hablo con mutaciones” te entran ganas de soltar.
Por todo eso buscas y te juntas con gente de orden, fondona y de tu quinta, a la que contemplas aliviado en uno de los momentos de mayor empatía que la humanidad ha conseguido experimentar jamás.
Lo que ocurre es que el entramado socio-cultural que hemos ayudado a crear entre todos, por acción o por omisión, asienta sus posaderas en la inmadurez como santo y seña, bandera y pendón, estrategia y meta. La importancia que ha adquirido el aspecto físico personal desde el advenimiento del sistema capitalista ha sido tan desmesurada que el disparate y la locura se ha instalado en los salones de belleza, clínicas de belleza, garitos de cirugía estética, antros dispensadores de tratamientos faciales, etc, etc Hay gente que paga un ojo de la cara por blanquearse el tercer ojo. Me niego a explorar la comicidad del asunto.
La única solución es aceptar que el homo sapiens ahora ingiere más calorías de las que necesita y a ciertas edades eso acaba ocupando un lugar en el espacio. Y eso salta a la vista, pero está mal visto. ¿Cuánto tiempo hace que no oyen ustedes la expresión: “la curva de la felicidad”?

Publicado en Diario de Pontevedra, 02/08/16

domingo, 31 de julio de 2016

APRETADO RESUMEN DE UN TIEMPO APRESURADO

Quince disparos después los jóvenes huyeron por una puerta que debía haber estado cerrada, saltaron a un coche que debía haber sido retirado por la grúa, sortearon controles que debían haber frenado su huida y entraron en un país que debería haberles impedido el paso.
Las noticias llovieron durante varios días y dibujaron un panorama desolador. Se alzaban dedos admonitorios, voces apocalípticas, rostros airados, manifestantes enardecidos. En los suburbios, seres humanos casi desposeídos de su condición rebañaban vajillas desportilladas y de piezas disparejas y fabricaban cigarrillos de modos inverosímiles que luego consumían tan compulsivamente como sus vecinos de las zonas egregias de aquella locura llamada ciudad.
Los jóvenes eran repudiados por la intelligentsia de una sociedad tan convulsa que cuando oía una bomba miraba el saldo en el banco y cuando salía de compras escupía silencio en las aceras, a la ida y a la vuelta.

Todos estamos tan agotados ya.

jueves, 28 de julio de 2016

BOCA ARRIBA

Tal vez debería recordar cómo me llamo. Es lo que me aconseja todo el mundo. Dicen que si lo consigo, después todo será más fácil.
La lámpara del techo parece que tiembla pero sé que está fija. A veces me obligo a pensar que estoy dentro de uno de esos relatos en los que el escritor insinúa una determina forma argumental para en el tramo final darle la vuelta a todo y dejar que esa sorpresa produzca una grata impresión en los lectores. Pero también en este caso sé que no es así y que mi heridas son reales y que mi cabeza no funciona bien.
La doctora jefe y sus monaguillos, o lo que sean, se sienta a mi alrededor de vez en cuando. Hablan conmigo de cualquier cosa y se quedan observándome, aunque yo sé que están esperando que les diga mi nombre. Ellos saben que yo sé que lo saben, que tienen todos mis datos, pero aguardan una reacción dentro de mi. Quieren que brote mi nombre de la tiniebla, y a pesar de que lo intento con todas mis fuerzas, de momento no lo he conseguido.
Cada cierto tiempo dos señoras me lavan por partes. Al principio me sentía incómodo, pero son simpáticas y se meten conmigo y se ríen y me hacen reir. En realidad, es uno de los mejores momentos de todos los montones de momentos que paso aquí.
Alguna noche, cuando todo está en silencio, los ruidos de las máquinas que están enchufadas parecen una orquesta que tocara para mi y para todos los que estamos despiertos y atentos al concierto. Cierro los ojos y escucho “la sinfonía del hospital” que es como la he bautizado. En esas ocasiones me parece que me va a venir mi nombre a la cabeza. Estoy relajado, oyendo la sinfonía, con la mente en calma y es como si me acercase a una puerta tras la que encontraré mi nombre en grandes letras. Abro la puerta pero dentro nunca hay nada.
Me quedo un poco triste, pero enseguida me digo que cada vez estoy más cerca de lograrlo. Vuelvo a relajarme y concentrarme en la sinfonía. Y allí, tirado boca arriba, lo intento otra vez.