miércoles, 1 de octubre de 2014

COSAS DE LA CIENCIA FICCIÓN

"Dentro del variopinto y dinámico mundo de las series de televisión existe un género que se ha abordado en todas las épocas despertando siempre el interés de la audiencia. Nos referimos al de las aventuras intergalácticas. Si usted piensa que queda mejor decir “series de marcianos”... allá usted. (...)."
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domingo, 28 de septiembre de 2014

ACCIDENTS WILL HAPPEN

Se bebió de un trago casi medio refresco de cola. Era tan educado que se fue al baño, impelido por unas tremendar ganas de eructar. Abrió la puerta y lanzó un bramido gaseoso sin ni siquiera encender la luz. Creyó oir un ruido extraño y accionó el interruptor. Sentado en la taza del retrete, los pantalones bajados, estaba un hombre de unos setenta años, boqueando y llevándose la mano al pecho. Comprendió enseguida y gracias a su celeridad en dar la voz de alarma la cosa quedó sólo en infarto leve de miocardio.
Pero no fue lo único que le pasó aquella mañana. Mientras cogía para alcanzar el autobús que lo depositase a pocos metros de la casa de sus tíos, donde estaba invitado a comer, se llevó por delante a su profesor de Cálculo. Su profesor de Cálculo sólo visitaba la ciudad un sábado cada dos o tres meses, por eso cuando vio que el rostro del atolondrado que lo había atropellado correspondía a un alumno no especialmente destacado, masculló un par de frases poco halagüeñas. Además se había manchado la americana beis al impactar contra el suelo. Sudando en sentido literal y en el figurado, se preguntaba mirando por la ventanilla del bus qué más iba a pasarle después. Pronto lo supo. Cuando estaba a punto de llegar al edificio donde vivían sus parientes vio venir de frente a Leonor Segura. No le hablaba desde que lo dejó plantado al lado de un camelio en la plaza donde solían quedar para informarle por whatssap que no volverían a quedar más. Se dió la vuelta enseguida y comenzó a caminar en dirección contraria, justo por donde venía Ricardo Luis, a quien debía seiscientos euros desde una fecha más que imprudente. Atrapado entre dos fuegos, se echó a la vía pública sin pensárselo y, por no pensárselo, una Honda de 500cc impactó frontalmente con él, lanzándolo un par de metros hacia atrás. Sufrió un traumatismo craneoencefálico y provocó la inmediata desaparición de Leonor Segura, que se había acercado a ver lo ocurrido. Ricardo Luis siguió su camino mascullando reproches inteligibles hacia si mismo por su estúpida generosidad.

viernes, 26 de septiembre de 2014

UNHA ALERXIA DE POR VIDA

Alérxico desde o berce, pasou a infancia esbirrando a todas horas, rañándose a pel, mudando de humor, durmindo pouco, comendo aínda menos, chorando unha auga morna e pezoñenta e desconfiando dos que se dicían médicos especialistas.
A puberdade foi un territorio para a épica: encirrado na certeza de que era diferente, contemplou os cambios que tiñan lugar dentro e fóra de si e dos seus pares cunha fría desconsideración. Engaiolaba ás rapazas cunhas pestanas longas como patas de arácnido e aquela pose de estar de volta de todo, só que no seu caso era pura realidade. Esbirraba como un tolo, coma un sincrético membro dunha secta que amosaba ás claras a súa singularidade, enfermo de si mesmo, seguro de que o seu camiño estaba sinalado por un designio superior.
O día que cumpría dezaoito, xuntado todo o seu mundo na eira da casa da aldea, despois de soprar as candeas, alzou unha copa de cava e despois de bebela dun trago, foi sacudido de pes a cabeza por un esbirro tal que parecía chegado o fin dos tempos. Coa faciana conxestionada, fixo un xesto coa man para calar os vítores e arrancouse a cantar “El rey”. A súa interpretación da tonada de Jose Alfredo Jiménez foi tan sentida, tan perfecta en entoación e ritmo, e a súa voz estivo tan chea de decisión e firmeza que dúas mozas sufriron desmaios, outras dúas tiveron que recibir auxilio sentadas en cadansúa cadeira e a nai de Josito López meteuse no baño a chorar.
Todo o mundo sabía que a nai de Josito López, unha viúva que facía da tristura case profesión, andaba namorada del dende que tiña os quince e que por iso el procuraba manterse á distancia xusta do Josito, un dos amigos da infancia.
Pasou pola universidade coma un vendaval que revolvía rutinas e conciencias, coa súa paixón pola vida axitando clubs de lectura, obradoiros de teatro, seminarios, grupos de traballo, cine clubs de medio pelo, círculos literarios e grupiños que saían os xoves pola noite.
Tivo catro noivas, unha por ano de estudos e no último dedicouse a sacarse ás rapazas de enriba e a facer un máster e un doutorado nun só curso. Deixou ao profesores coas bocas abertas de medio metro con unha sobrecolledora exhibición de vontade e capacidade e igualmente abraiados cos seus ataques de tose, proídos, bagoadas, pruritos, tremores, irritacións nasais, asubíos respiratorios, náuseas, arcadas, ronchas e continuados esbirros.
Volveu para a vila cun aura de estudante superior e a xente fabulaba con destinos nas mellores universidades de Inglaterra, pero fíxoos calar de golpe apuntándose na oficina de emprego.
Senta todas as tardes un anaco no parque emblemático do pobo. Bota alí un pouco de tempo, coas pernas estiradas e os pes cruzados, o seu impresionante currículo, un resgardo do para e a súa alerxia de cabalo.



miércoles, 24 de septiembre de 2014

PROFES (5 y final)

Se sentó, serio y circunspecto y cruzó las manos mirando de hito en hito a todos y cada uno de los presentes. Todos los oídos estaban pendientes de sus palabras. Abrió la boca y la tensión se habría podido cortar para untarla en una tostada. Dijo: “Buenas tardes”.
José Régulo echaba espuma por los ojos, cuando el común de los mortales lo hace por la boca. De esta salían palabras suaves pero contundentes, con un deje de chulería de quién sabe cómo se maneja una sartén cuando se la agarra por el mango. Trató a los profesionales allí presente de “pandilla de botarates” pero lo hizo sin saña, como si estuviese describiendo el engranaje de una tiza. Reservó para el director el trato de “botarate mayor”, y lo responsabilizó de haber convertido un incidente menor en una guerra civil. Salpicaba las frases con silencios que empleaba para escrutar el rostro de sus subordinados, quienes inmediatamente cobraban un interés súbito en los desconchados de techo y paredes.
Hacia el final de su no muy extensa perorata dejó claro que iba a relevar de su puesto a De los Ríos, tras abrirle un expediente del que no saldría mal parado “si se comportaba”. Algunos traseros se removieron en sus asientos y quienes lograron controlar las manifestaciones externas de regocijo no pudieron impedir que bailasen en sus ojos. Régulo tenía también el nombre de la persona que se responsabilizaría del instituto por lo que faltaba de curso. Lali Gómez no pudo evitar mirar hacia Aníbal Lecter que no pudo evitar un temblorcito en el labio inferior y que a su vez miró hacia Cifuentes que no podía reprimir una sonrisa ante el giro de los acontecimientos. Nadie miraba hacia Patrañas y todos rostros se volvieron hacia Margarita Retuerto, Zacher, cuando el inspector pronunció su nombre.
La primera vez que Zacher sacó a relucir sus coloretes con motivo de su nuevo puesto fue en un aula de cuarto. Estaban montando un guirigay en ausencia de Lali, a quien habían enviado a secretaría diciéndole que el conserje la estaba buscando porque la llamaban por teléfono. La nueva directora los sentó más con el chillido que con su presencia, que era calmada y maternal. “Jovencitos”, les dijo, y después de una pausa “échenme una mano y que no sea al cuello”. Hubo algunas risas y ella junto su propia sonrisa a la de los chavales.

domingo, 21 de septiembre de 2014

PROFES (4)

La única profesora que se mantuvo ajena a la razzia de De los Ríos fue Zacher, que siguió impartiendo clase como si nada hubiese ocurrido y no hizo ni una sola mención al incidente del chicle. El resto de los subordinados de Tomás de los Ríos hacían todo lo posible por convencer a los alumnos de que lo más sensato era confesar. Y lo era, porque conforme pasaban los días la tensión se iba acumulando en el centro escolar y De los Ríos cerraba la puertas con más violencia, levantaba más la voz y se mesaba más el bigote.
La situación llegó más allá de lo sostenible: la madre de José Juan Alcalde, que formaba parte del Consejo Escolar y era secretaria de la ANPA, reportó que su criatura (gafas de pasta, muy buenas notas, ni pajolera de fútbol) llevaba una semana sin conciliar bien el sueño por culpa del asunto del chicle. Otras madres la secundaron, alzando la voz en conciliábulos celebrados en las cercanías del centro, los supermercados del barrio y los parques de la zona. Finalmente una avanzadilla de padres se personó con la delegación para hacer entrar en escena al que faltaba para el duro: José Régulo Santiago, el inspector.
El claustro, reunido con carácter extraordinario a la torerísima hora de las 5 de la tarde, por tanto fuera del horario laboral de sus miembros, tenía toda la apariencia de un velatorio cuando entró don José, como lo llamó Tomás de los Ríos durante toda la sesión.
Muy bajito, casi minúsculo, entrado en los sesenta, el pelo todavía oscuro, liso y engominado; Régulo lo jugaba todo a una implecable conjunción de traje y corbata que despertaba admiración porque nadie podía fabricar trajes de esa talla y por lo tanto se los hacían a medida. El señor inspector dejaba claro que él jugaba en otra liga.  

viernes, 19 de septiembre de 2014

PROFES (3)

 A Cifuentes, el de Música, le denegó un permiso para viajar un viernes sólo porque había llegado a sus oídos que le criticaba abiertamente. Bien sabía Tomás que tenían que criticarle, y hasta lo deseaba como una extraña especie de pleitesía, pero no consentía que se hiciese abiertamente. Por el contrario, las críticas veladas, las indirectas de viva voz o por escrito, le causaban un regocijo que podría considarse patológico, si no fuese que todo en él era patológico. Cuando se empeñó en que los chavales llevasen uniforme, no cejó hasta convencer a los padres y obtener la autorización de
la delegación. Sólo los repetidores del último curso, mayores de edad, podrían negarse a llevarlo, aunque nadie había osado enemistarse con el director por un quítame allá esa camisa o esa falda.
Ni que decir tiene que Patrañas se puso a estudias nombres y fechas como un descosido cuando llegó a oídos de Tomás que había contestado a un alumno preguntón (y malandrín) que Juana de Arco había nacido en París. Bueno, cuando llegó a oídos de Patrañas que había llegado a oídos de Tomás.
Pero todo se precipitó cuando le pegaron un chicle en la silla y lo llevó en trasero media mañana. La gente se reía a sus espaldas y así resultaba difícil darse cuenta. Alguna carcajada exagerada de los cafres de turno le hicieron girarse como un pistolero en el oeste, pero sólo halló ojos sonrientes y caras de musgo. Finalmente, fue Penedo el que se lo despegó. Poco sospechaba el veterano conserje las terribles consecuencias de su piadoso acto.
Con el chicle en la mano, vociferando como en sus mejores días, es decir, como en sus peores días, irrumpio en la sala de profesores anunciando una reunión urgente. Cifuentes torció el gesto y Reme. la de Francés, dijo “ay, Dios” por lo bajo. Patrañas se fue a avisar a todos los que no estaban de guardia de recreo.
Tomás de los Ríos planteó una situación que se resumía en la creación de un estado policial para interrogar a todos los sospechosos de la vejación chiclera y detener al culpable o culpables. Utilizó las palabras vejación, escarmiento y culpable o culpables.
Margarita Retuerto, Zacher, que se había quedado a medias de su dosis de cafeína con todo aquel revuelo se cruzó de brazos y se puso a mirar hacia De los Ríos con su cara de “no me lo puedo creer”. Aníbal Lecter se sacó las gafas y, mientra le sacaba brillo a los cristales, comentó que sería conveniente no dejarse llevar por los nervios, que había que dar un escarmiento, sin duda, pero de un modo más sibilino que estridente. Todos se preguntaron qué estaba intentando decir, excepto Lali que se limitó a contemplarlo embobada. El director le pidió que concretara aquellas palabras y Aníbal Lecter, poniéndose las gafas, dijo que simplemente había que hacerle la vida imposible a aquel grupo hasta provocar una delación. Patrañas preguntó qué ocurriría si esta no se producía y Tomás de los Ríos, con una aviesa sonrisa, dijo que por supuesto que se produciría, vaya que sí.
Al día siguiente el director se personó en el aula demandando el nombre del culpable. Como quiera que no lo obtuvo, les dio quince días de plazo para reconsiderar su postura y se manifestó que haría todo cuanto estuviera en su mano para que así lo hicieran. Comenzando por privarles del recreo para que elaborasen una declaración individual sobre lo que sabían del suceso, que repetirían cada día para estimular la memoria. Tendrían un examen cada día de una asignatura diferente, para mantener alerta su mente y las clases de educación física serían en el aula ya que, les dijo, la profesora Gómez había accedido a proporcionarles un tiempo para hacer gimnasia mental.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PROFES (2)

 El elemento más perturbador de todo el claustro del instituto era su director, Tomás de los Ríos Yubero. No tenía mote conocido porque nadie jamás había osado plantearse siquiera la posibilidad de ponerle un mote. Tomás era un tipo de mediana edad, complexión atlética, bigote a lo mark spitz (de hecho se lo dejó a raíz de las hazañas del nadador en Munich ….) y una mala leche proverbial.
Tildar de proverbial la mala uva de este hombre es la única concesión que vamos a hacer en el resumen de casos y cosas que mencionaremos para que vean de quien estamos hablando.
Su primer gran pecado es que no fue elegido por el claustro de profesores, y hablamos de la época en que aún no exístia el consejo escolar. Lo nombró a dedo el delegado provincial y se quedó con el cargo por el procedimiento de aterrorizar a cualquiera que soñase con arrebatárselo.
Recién ingresado en el cuerpo, se cuenta que ordenó salir de su clase a un inspector que entró en el aula sin llamar a la puerta. Este se quedó tan cortado que se marchó y no volvió a aparecer por el centro hasta fin de curso. Por supuesto, Tomás recibió tratamiento de héroe y gozó de los favores de sus pares, admirados de como dominaba a sus alumnos con una simple inflexión en la voz. Aunque dejarlos quince días seguidos sin pisar el patio de recreo también ayudaba lo suyo. Tomás se quedaba con ellos en el aula dictándoles las Catilinarias, pese a que no tenían latín. La desmoralización que causaba la certeza de estar esforzandose en algo absolutamente inútil los disuadía de posteriores transgesiones.
Los problemas llegaron cuando Tomás del Río pretendió manejar el centro como hacía con sus clases. Cuando Lali llegó por tercera vez tarde en un mes por habérsele acabado la pila al despertador (tras haberse quedado cierto día sin gasolina a 2 km. de casa y otro más, simplemente dormida), le llamó de todo menos bonita (que en su caso era de justicia) y le aseguró que daría parte a Inspección si el incidente se repetía. Total, que la Gómez se compró 3 blister de pilas alcalinas después de derramar un mar de lágrimas durante una mañana entera.
Tomás del Río era por lo general obsequioso con los padres. Ya habían adivinado que de tonto no tenía un pelo, ayudados por su solemne calvice. Sin embargo, en las ocasiones de conflicto entre la asociación de padres y la administración educativa lo que hacía era ponerse un traje de buzo, sumergirse en lo que parecían cavilaciones y sesudas reflexiones y flotar entre dos aguas, a la espera de que estas se calmasen. Su habilidad para manejar situaciones comprometidas sin poner en peligro su lealtad hacia quien podía más que él corría pareja con la de someter, aunque fuese mediante el trato vejatorio, a quienes tenía por debajo.