lunes, 25 de julio de 2016

OCIO Y NEGOCIO

 Llegó a casa hecho una piltrafa y tras una frugal ingesta de componentes proteínicos, minerales y fibra, se puso a escribir un poco. Ultimamente, con la imaginación mermada por su inmersión en la saga Pokemon para cubrir sus ratos de ocio, escribía muy poco y casi exclusivamente acerca de sucesos acontecidos en su entorno laboral.
Antes de que sonase el timbre que anunciaba el recreo, reprimió un bostezó, riñó a Pastoriza por la enésima incursión con el lápiz en el interior de la oreja de Sánchez-Hueso y ordenó a la chavalada que terminasen los ejercicios en casa”.
Se detuvo a contemplar aquellas líneas en la reluciente pantalla de su nuevo portátil japonés, una de sus posesiones más preciadas junto al móvil chino y al automóvil coreano, y un asomo de duda nubló su espíritu ya de por sí tendente al tiempo inestable. Decidió proseguir, más por no tener que arrancar de nuevo que por confiar en lo que había hecho.
Cuando los alumnos abandonaron el aula en brazos del jolgorio, se quedó un rato sentado, desperezándose y abriendo y cerrando la boca como si quisiera comerse lo que restaba de mañana.”
Tuvo que parar a bostezar con urgencia y se dijo que tal vez era mejor escritor de lo que pensaba. Un atisbo de sol traspasó la cortina de la habitación y creyó ver una especie de señal en aquel simple incidente meteorológico.
Repasó con la vista el aula vacía, aquel ámbito de
Desparecido el reflejo de luz, fue como si alguien hubiese bajado los plomos. Desconcertado, dejó que su pensamiento se internase en un laberinto de opciones. Intentó recoger el hilo que había perdido hasta que una conocida melodía impuso sus compases.
Cogió el móvil chino y leyó en la pantalla: “Márquez”. No entendía nada: ¿qué le querría ahora el director del colegio? Aceleradamente, su mente repasó las últimas incidencias de su desempeño educativo rastreando un hueco por donde pudiera colarse alguna desgracia.
El relato se quedó tristemente esbozado en la pantalla de su portátil japonés mientras su jefe mostraba su extrañeza y una pizca de indignación por el hecho de que permaneciese en su domicilio a la hora de un claustro de fin de trimestre.

viernes, 22 de julio de 2016

MUERTE SÚBITA

Se acordó de las sombras aunque ya habían queda atrás. En otra vida. En otras vidas. Sacudió las migas de pan de su regazo y echó un trago de tinto de verano don Simón, que patrocinaba el relato en el que hacía el papel de protagonista y que estaba escribiendo ahora mismo, hasta que decidió terminar abruptamente en el cuarto punto y seguido.

martes, 19 de julio de 2016

NO PUDO SER Y NO FUE

Un cameo en una peli de zombis medievales que descubren, en tierras del castillo, los restos de un letrero luminoso con el nombre de una multinacional del petróleo.
Un papel de protagonista en la misma película.
Un empleo de chófer del grupo de atrezzo de la misma película.
Unos minutos en la garganta de Diego Armando mientras aúlla anunciando su gol con la mano ante Inglaterra en Junio de 1986 en el Estadio Azteca.
Dos horas con Mario (Jorge Mario Pedro Vargas Llosa) tras haber puesto punto final a “La ciudad y los perros”, su extraordinaria ópera prima.
Un puesto en el grupo de pipas de Jeff Tweedy & Co (aka Wilco) en la gira de Star Wars por territorio norteamericano. 
Idéntico puesto en cualquier gira de cualquier época de la carrera musical del sujeto antes llamado Robert Zimmerman.
Unos minutos en la cocina del piso de Sylvia Plath en Londres en aquel fatídico día de invierno de 1963, unos meses antes de que servidor viniese al mundo.
Un empleo al servicio de Martin Orne, el médico de Anne Sexton y quien la animó a escribir poesía.
Aunque bastaría con esto:
Diez minutos de visión cenital de cualquiera de las fiestas en lugares públicos o privados en las que participé durante mi prolongadísima adolescencia.

domingo, 17 de julio de 2016

SURREALISMO DE AREAL

O surrealismo asoma de súpeto polas costuras da vida é o mellor que podes facer entón e aproveitalo.
A súa aparición é mais gustosa canto mais inesperada e estraña, e aínda mais se consigue mesturarse cos feitos mais cotiás.
Por exemplo: estás tombado na area nunha praia do sur de Portugal, sen mais que facer que tomar o sol e deixar que se esgote o día. Entón ves chegar un grupo de xente ao areal que se sitúan preto da túa posición. Ollas a escena igual que si leras unha novela costumista. É unha familia, probablemente do país, a xulgar polos fenotipos e probablemente asiduos do lugar, a xulgar pola desenvoltura coa que o ocupan. Vanse refrescar cara a auga, todos agás o pai, que se converte así no derradeiro capítulo desa novela curta que estás a ler.
O pai é un tipo alto e magro, de trinta e moitos ou corenta e poucos, que viste o típico bañador que un home ten na casa para ir á praia unha vez ao ano: o mesmo bañador de hai dez anos. Camiña con seguridade cara a auga. Un tipo san disposto a meterse nela e arrefriar o corpo, pero cando chega a túa altura, a uns dez metros á esquerda, lembra algo e regresa á toalla. E ocorre algo inesperado. Saca do petate dous obxectos. Un deles é unha táboa de surf pequena. Unha táboa de surf como de un cativo de sete ou oito anos. E despois unha xeonlleira. Unha xeonlleira das de toda a vida, lisa, que coloca na articulación esquerda. Coa pequena táboa de surf baixo o brazo emprende de novo o camiño da beiramar. Pero agora faino coxeando. Coxea visiblemente da perna esquerda. O home que antes ía dereitiño cara o mar agora arrastra a perna na que ven de poñer unha xeonlleira. E chega coxeando ata onde rompe a auga e colle con coidado a táboa de surf infantil e penetra no mar uns metros. Á xente está collendo ondas, xogando a que a leven ás ondas en volantas, uns metros adentros. El permanece preto da beira, a figura mais achegada á area das que se albiscan na praia. Cando ven unha onda, tomba o corpachón na táboa infantil e, con evidente deleite, déixase levar pola corrente. Repite a operación unha e outra vez, gozando dela. Mais dentro, o resto da súa familia e os restantes bañistas, xogan coas ondas con parecida ledicia.
Pechas o capítulo do langrán hipocondríaco e surfista con algunha conta pendente da súa nenez e dáste un par de minutos antes de ir probar a auga ti mesmo.

jueves, 14 de julio de 2016

EL CAMPEÓN

Al segundo día, Lisardo le dijo mientras le daba la llave: Su cara me suena de algo. Era una frase que decía siempre, aunque fuese mentira, para indagar sobre los huéspedes. Esta vez obtuvo premio. Aquel tipo de barba cerrada y arreglada a la moda, que rondaba los cuarenta e iba de aquí para allá con un bolsito de cuero castaño le dijo que era campeón de España de pinchos morunos.
Aquella confesión causó estragos en el hotel. Todos los empleados se hicieron el encontradizo con el as de los pinchos para pedirle un autógrafo. El maitre envió a un par de camareros por delante para preparar un encuentro en la cumbre (el maitre se daba unos aires que para qué) y los clientes que estaban al tanto se jactaban en las redes sociales de alojarse en el mismo lugar que el campeón.
Este se sentía halagado y agobiado, en una extraña mezcla que lo mantenía con una sonrisa al borde de la exasperación.
Cuando el director del hotel le pidió permiso para hacerse una foto con él y para ampliarla y colocarla en un lugar preeminente del salón, el campeón nacional de pinchos morunos se vio puesto en un brete. Aquello entraba ya dentro de lo que su representante consideraba “derechos de imagen”. Tras consulta telefónica con este, comunicó al director que colgar su imagen en un lugar público supondría un importante desembolso para su empresa. El director se rascó la calva un par de veces y se conformó con una firma en el libro de visitas del establecimiento con dedicatoria especial.
Para compensar, el campeón prometió llevar a cabo una exhibición de su especialidad. Se puso al personal de cocina en modo zafarrancho para brindar todo tipo de facilidades y se programó una cena especial en el transcurso de la cual el rey de los pinchos morunos ofrecería su arte a la concurrencia. Se trataba de la preparación y cata de los cuatro tipos de pinchos con los que había accedido a la ronda final del torneo nacional.
Una agradable noche de mediados de junio, con las mesas abarrotadas de clientes y público que había respondido a los anuncios en prensa, se celebró el evento. El director del hotel agradeció la amabilidad de su distinguido huésped y este se arremangó para proceder a la confección de los pinchos sobre una mesa dispuesta al efecto, a la vista de los espectadores.
Durante la preparación del cuarto y último pincho, un flambeado al jerez de langostinos acompañados con pasas de corinto, rúcula y tomillo, el campeón nacional de pinchos morunos notó algo extraño en el ambiente. Oteó el horizonte mientras manipulaba los ingredientes. Tal vez fuese un cambio de tiempo (se hallaban en el jardín del hotel) o quizás el público estuviese cansado. El campeón nacional poseía un sexto sentido para detectar los más ligeros cambios en las condiciones atmosféricas y en los grupos humanos. Paseó también la vista alrededor y tan solo notó una mueca de incomodidad en uno de los pinches más jóvenes.
Cuando procedió a encender el pincho al jerez, una brutal llamarada le lamió el rostro, haciéndose fuerte en la barba. Sus alaridos dieron paso a una escena de histeria entre las espectadoras de las primeras filas y a una carrera desenfrenada hacia el estanque central, en el que el campeón de España de pinchos morunos se zambulló con desesperación.
Su rostro lacerado y su barba chamuscada ocuparon la primera plana de la mayoría de los periódicos nacionales al día siguiente, sin devengar emolumentos por “derechos de imagen”.

domingo, 10 de julio de 2016

SUPER

Con una gorra de béisbol calada hasta las cejas se internó en el supermercado. A los cinco segundos la mirada del guarda jurado se pegaba a su nuca como un post-it. El la sintió y se limitó a alzar el dedo corazón de la mano izquierda sin girarse. Compró cuatro chorradas que es lo que le había dicho a Chano que iba a comprar. Al pasarlas por caja sacó una visa oro y la empleada, que no había visto ninguna, tuvo que consultar con la encargada. Mientras, él observaba al guarda de seguridad que apartaba la vista una y otra vez, y una y otra vez regresaba.

jueves, 7 de julio de 2016

QUIÉNES SOMOS, DE DÓNDE VENIMOS, ADÓNDE VAMOS

La viuda de Torres llegó cansada a casa, dejó la bosla de la compra encima de la cocina y se sentó en el sofá del salón, que es donde suelen comenzar muchos de los protagonistas de los relatos con este narrador. Cerró los ojos tras un largo suspiro y se entregó al sueño.
Al rato estaba en la piscina fluvial de su pueblo, con veintiocho años, tomando el el sol sobre la hierba. Un grupo de gañanes celebraban sus curvas ruidosamente, sus propias hormonas desbocadas, la plenitud de la canícula y vaya usted a saber cuántas cosas más. Alguien soltó un perro que se acercó a la muchacha entre el júbilo de los jovenzuelos. La futura señora de Luis Torres acarició al chucho, provocando el rugido de sus admiradores.
Abrió los ojos y estaba en el salón de su casa. La foto de su boda presidía el aparador de castaño y Nuestra Señora de la Televisión tenía la capilla cerrada. Se apartó un mechón de la frente y se enfrentó al esfuerzo de alzar sus noventa y dos kilos y llevarlos hasta la cocina.
Puso la radio para alojar la compra en el lugar que le correspondía. Sonaba Che vuolequesta musica stasera y tuvo que cambiar de emisora porque no soportaba aquella inyección de melancolía antes de comer. Detuvo el dial al tropezar con Frankie cantando Fly me to the moon porque aquello le pareció perfecto para llevar las latas de tomate a su sitio. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Suele pasar. Soltando un bufido movió su humanidad hasta la mirilla. Barba de tres días, camisa barata, ojos nerviosos. “No queremos nada” casi bramó la viuda. Una mano le mostró un DNI a través del visor. “Esto debe ser suyo. Estaba en el portal”. La mujer no recordaba haberlo sacado del monedero. Tal vez al sacar la tarjeta para pagar se le cayó en el bolso. Parecía el suyo. Y luego del bolso al suelo, al abrir el buzón. “Vale” dijo, abriendo la puerta. Un veinteañero con agujeros en sendas rodillas del pantalón sonrió mientras le tendía el documento que, sí, era el suyo.
“Vi su piso en el buzón”. En el buzón aún figuraba, por seguridad, el nombre de su marido junto al suyo. El chico se quedó esperando y ella comprendió y le dijo “espera ahí” mientras cerraba la puerta. Fue a por dos euros y se los dio pero el muchacho no se fue. “¿No tendrá un poco de fruta?”
casi suplicó. Lo miró de arriba a abajo y meneó la cabeza antes de volverle a decir que se esperase.
José Antonio Lorenzo Camino acabó sentado en el sofá aguardando a que la viuda de Torres terminase de preparar un bocadillo de atún que le sirvió con una lata de cola sin azúcar.
José Antonio, un ser tímido al que la mala vida había acostumbrado a mentir como salvoconducto, le contó una historia sobre una infancia en un orfanato de Cáceres y unos estudios de delineación frustrados por una desgracia en la familia que lo había acogido. La viuda de Torres escuchaba con los oídos escépticos de quien tiene a un desecho social muerto de hambre en el salón de su casa, inventándose una biografía sobre la marcha. “No tienes acento extremeño” le dijo, por joder. José Antonio fingió masticar bien un bocado antes de responder que había hecho la mili en Figueirido y se le había quedado el acento gallego. “Ya” fue la lacónica respuesta de su anfitriona. El joven consideró conveniente dejar de fabular y le preguntó por su familia a la viuda. Esta le dijo que su marido era un camionero ya jubilado que además estaba a punto de regresar de su paseo diario y que sería mejor que no lo encontrase en casa. José Antonio pilló la indirecta o lo que fuese y despachó lo que quedaba del bocadillo y del refresco. Le dió las gracias y ella a su vez volvió a agradecerle por lo del DNI.
Aquella noche, Higinio “Mazas” Alonso, Secundino Pernas y el propio José Antonio desvalijaron el piso tras sedar con cloroformo a la viuda de Torres en su propia cama. A José Antonio no le había sido difícil averiguar que la viuda de Torres estaba viuda y tampoco hacerse con un manojo de llaves que tenía en una cestilla en el mueble de la entrada.
Moraleja: no invites a bocadillos de atún a gente que te venga pidiendo fruta por la puerta. Dales un par de manzanas y vía.