viernes, 9 de diciembre de 2016

PÁLPITOS

Algunha xente colecciona negocios, iates, xoias... outros xuntan invernos, farrapos, piollos. No medio, a maioría de nós vai facendo o que ben pode para saír adiante. Temos posesións e ben facemos se conseguimos non nos aferrar moito a elas. Eu, por exemplo, aférrome sobre todo aos bolígrafos, cos que teño unha fixación que os freudianos levan sempre a lugares cheos de lama. Porén, o que temos todos de cando en vez e calquera que sexa a nosa condición social son pálpitos. Hai quen case non pode ter outra cousa. Non me refiro, claro, aos pálpitos que lle contamos ao médico do seguro, cruzando os dedos mentres nos poñemos xa no peor. Refírome ao sentido figurado.
Interrompo o texto para dar un anuncio de alcance: acabo de comprobar na web da R.A.G. que “pálpito” non ten acollida alí. Se cadra trátase dunha inmigrante ilegal e polo tanto indocumentada. Non pasa nada. Poño un pano negro na cabeza, un parche nun ollo e píntome unhas tibias e un cranio nun antebrazo. Proseguimos.
Os pálpitos, no sentido de sospeita ou presentimento de que algo vai suceder, veñen a nós sen chamalos en énchennos dunha sensación máxica porque “sabemos” que se vai dar unha determinada circunstancia. Hai quen bota o día diante dun posto dos cegos agardando un pálpito, hai quen enche unha quiniela invocando quince pálpitos encadeados. Outros confórmanse con sentir cinco mais outro complementario. Parvadas. Parece que sabemos algo pero non o temos claro.
Dúas noites antes de que avión da banda Lynyrd Skynyrd se estrelara nun bosque de Gillsburg, Mississippi, a corista JoJoBillingley soñou co accidente e intentou disuadir aos seus compañeiros de facer esa viaxe. Eu mesmo podo compartir pálpitos propios, aínda que mais cativeiros. E vouno facer. Por exemplo: de rapaz tiven o pálpito de que estaba a piques de errar un penalti nun partido intranscendente e funme cara o balón como un deportado mexicano. Marqueino. Cando me viñeron a felicitar sentíame estafado. O que se chama un falso pálpito. Doutra volta tiven a forte sensación de que tería axiña un problema co meu coche: tentaba aparcar rente a unha columna que non ficaba queda. Trescentos euros de chapa e pintura.
O certo é que algunhas premonicións son axeitadas mentres que para explicar outras hai que facer un máster ou dous. O paralímpico Oscar Pistorius disparou e matou á súa noiva, a modelo surafricana Reeva Steenkamp, no día de san Valentín de 2013. A nai de Reeva declarou nunha televisión que a súa filla tivera unha premonición da súa morte aos 14 anos e a plasmara nunha pintura. Nela vese a Reeva representada coma un anxo diante dunha escaleira que se perde no ceo. Ao lonxe pintou a un home. Este home tiña unha arma na man. O anxo ollaba cara aquel home co terror na faciana, as mans cubríndolle a boca.

O globo terráqueo está cheo de pálpitos que sucan o ar na procura de alguén que os sinta. Sinais que desexan facerse carne e dispor dunha voz que lles dea curso legal entre tantas suxestións, ideas, conxecturas, rumores. O pálpito fai do seu posuidor unha especie de elixido. Un elixido de andar por casa, pero distinguido entre a multitude dos que só confían no que ven os seus ollos e palpan as súas mans. Con iso, co pragmatismo, coa visión cartesiana, foi que se construíu esta merda de realidade (outros autores din “esta realidade de merda”). A pouca ou ningunha apreciación dos pálpitos e dos palpitantes fixo da racionalidade unha tiránica construtora de sociedades e hoxe estas case non poderían semellar mais irracionais. Teño o pálpito de que me entenden.

Publicado en Diario de Pontevedra 6/11/16

martes, 6 de diciembre de 2016

ESTAFADORES SIN FRONTERAS (2)

Aquilino llegó al entresuelo hecho un manojo de nervios, abrió la puerta del local con llave y mano temblorosas y se lanzó hacia unos cajones metálicos que estaban atestados de papeles. Echó hora y media inspeccionando facturas, albaranes, presupuestos de proveedores, declaraciones de Hacienda... solo para constatar que su tío, un contable de medio pelo pero al parecer habilidoso trapacero, engañaba a quien podía para cuadrar unas cuentas que ni así cuadraban. No cabía duda de que su tío era un timador, pero no había rastro del dinero que supuestamente se estaba embolsando y que, dicho sea de paso, no constituía una cifra desorbitada ni mucho menos.
Alejandro volvió todo a su sitio y se sintió mal por lo que había hecho. Guardaba afecto a su tío por lo que había hecho por él y por su madre cuando la desgracia los había visitado y había llegado a temer que estuviese enriqueciéndose de modo fraudulento y que sacase dinero al extranjero para cerrar la “empresa” el día menos pensado y marcharse a vivir de réditos. Nada allí revelaba el menor rastro en esa dirección. La trampas eran burdas y los beneficios escasos.
Aquilino se metió en un bar de aquella misma calle a tomarse una cerveza y a desvariar a gusto. La conciencia era un boomerang que iba y venía por su interior como si lo manejase un macaco con artrosis. Su mente se relajó con el alcohol ingerido, potenciado al llevar un largo espacio de tiempo sin probar bocado. Cerró los ojos y se dejó adormecer un rato.
El ruido de un locutor que anunciaba el inminente comienzo de un partido de fútbol le sacó de su modorra y la llegada de una tropa de futboleros le convenció que era el momento de irse a casa. Fue al ir a pagar, mientras rastreaba su sobada cartera sin un solo billete para hallar unas pocas monedas, aunque suficientes, cuando tuvo la revelación. Salió zumbando hacia la vieja oficina otra vez. Allí repasó de nuevo todos los cajones y halló entre los hierros de la estructura de uno de ellos un libreta de anillas donde descubrió anotaciones con sumas y restas que variaban casi cada mes, desde hacía casi quince años, los mismos que él llevaba trabajando para Costas y Cía. Su tío sisaba aquí y allá y hacía trampas como podía, para poder pagar su sueldo.

viernes, 2 de diciembre de 2016

ESTAFADORES SIN FRONTERAS (1)

Aquilino se cayó sobre su propia simpleza una noche de viernes a principios de un Diciembre que no prometía nada bueno, como casi todos. Diciembre es un mes maravilloso si tienes una cuenta corriente con buena salud, pero para quienes terminan el año con sus números en la UCI y los nervios de punta, lo mejor es que este mes pase deprisa... como todos los demás.
Aquilino, rubio con cara de moreno, alto pero no demasiado, delgado sin ser flaco, trabajaba para Costas y Cía., una empresa que distribuía robots de cocina por todo el territorio gallego. En realidad el personal de la “empresa” lo constituían Aquilino y su tío Alejandro Costas.
Al volante de un DKW destartalada, Aquilino hacía unos trescientos kilómetros diarios para colocar la mercancía en lugares recónditos a los que nunca más regresaría puesto que los aparatos con que comerciaban fallaban como escopetas de feria.
Como decíamos, cierto viernes invernal a Aquilino le llegó la hora mientra bebía un vaso de zarzamora, como cantaba Kiko Veneno en sus buenos tiempos. Paladeaba con deleite el jugo de fabricación propia (tenía la nevera repleta de frascos de él), cuando cayó en la cuenta de que tanto el como su tío eran unos estafadores. “Unos timadores de tomo y lomo” se dijo tras cerciorarse durante unos segundo en que no tenía escapatoria ante la certeza de que estaban vendiendo mercancía en mal estado a sabiendas. “A sabiendas” murmuró, dejando el vaso a un lado y cogiéndose las sienes con las palmas de ambas manos.
Aquilino conocía perfectamente a su tío. El hecho de que fuese hermano de su madre ayudaba bastante. Y también que hubiese sido como un padre para él tras haber perdido al suyo con apenas un año, víctima de un accidente de circulación. Alejandro Costas era un tipo emprendedor pero irresponsable, animoso pero inconstante y de un temperamento sanguíneo que le hacía caer simpático en un primer momento. Aquilino sabía que no podría compartir con su tío sus recién nacidos escrúpulos. Igual que él ya se reprochaba no haberse dado cuenta antes de la situación, su tío se carcajearía en sus narices y le haría el mismo reproche con sonoros golpes con la mano abierta en su espalda (la de Aquilino).
Tiró el resto de la zarzamora, enjuagó el vaso, lo puso a secar boca abajo cerca del fregadero y se dirigió a la calle con una idea en mente. Visitar el cuchitril que tenía por sede Costas y Cía para revisar las cuentas de la “empresa”. Una horrorosa sospecha había brotado en su sesera.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

INCIDENCIAS

Vamos a comentar algunas incidencias, aunque haya que inventarlas. Nos pirramos por las incidencias. “Pirrarse” es un verbo pijo pero es que también nos van las pijotadas, vean si no el mercado de telefonía móvil. Vivimos tiempos de avidez absoluta de novedades, de acontecimientos que nos sacudan las neuronas anquilosadas de tanto no hacer nada con ellas. Queremos salir de la envidiable rutina que envuelve nuestras vidas y que solemos despreciar. Nos hallamos rodeados de estímulos por todas partes, la mayoría de ellos desplegados para quitarnos el dinero a cambio de objetos, algunos de ellos totémicos, de los que podemos prescindir absolutamente. Y nos hemos acostumbrado al cambio, a la variación. Nos chifla. “Chiflar” es también vocablo pijo, hoy es uno de esos días. Somos unos chiflados que persiguen la utopía de la felicidad por las autopistas del consumo, la pitanza que sustenta nuestra civilización. Lo que ocurre es que la felicidad pilota un fórmula 1 y nosotros vamos en patinete (y algunos deben algún plazo del patinete). Nos gusta, sin embargo, pensar que nos movemos vertiginosamente en pos de un objetivo que la mayoría solemos situar en torno a la edad de jubilación. Concretamente, el mismo día de nuestra jubilación. Por desgracia, los poderes públicos se dedican a desplazar esa fecha, que se va situando cada vez más lejos en el tiempo.
Lo que sucede, tristes de nosotros, es que llegado el día nos van a dar un vale a cambio del patinete y a partir de ahí a caminar en pos de la felicidad. Luego tendremos dos tareas: alcanzar andando al fórmula 1 y averiguar para qué rayos sirve el vale ese. Todo esto es una metáfora, sí, y deprimente, claro, pero uno ya está cansado de que le vendan motos que luego no arrancan.
Estábamos con las incidencias. Las hay positivas y negativas. Les juro que las hay positivas. Luego las que, según para quién, son mejores o peores, como los resultados de las elecciones. Salvo cuando un pueblo elige presidente a alguien como Trump: ahí lo que primaba era el acontecimiento, el vértigo, la vorágine. Como Hillary era un poco mustia y no ofrecía diversiones, se optó por vivir cada día al borde del colapso. Es donde se acaba en una sociedad adicta al espectáculo. En Pontevedra, Lores da espectáculo con el tema de los lombos: en lo demás resulta previsible, hasta insiste en subvencionar de tapadillo las corridas de todos, pero de los lombos no se baja. Los de Marea dan espectáculo en temas menores: el dragado del río, el club Naval, la reforma de la plaza de la Castaña. La gente del PSOE vive en un sinvivir pendientes de gestoras y de los pasos del caballero Abel, que resuenan cada vez más fuerte. El grupo local del PP parece anestesiado al ver su rol de oposición en manos de otras fuerzas más determinadas a ejercerlo. La concejala de Ciudadanos hace lo que puede por no aburrirse. O sea, muchas incidencias no es que existan tampoco, y casi mejor así. Pero cuando menos se espera, salta la liebre. Esta imagen tomada de una cacería o de una montería (que debe ser una cacería en el monte, digo yo) nos habla de un súbito instante de excitación y de la puesta en marcha de las acciones pertinentes para asesinar a un animal indefenso. Voy poner un ejemplo, que decimos por aquí: el pasado viernes fue el Black Friday, el penúltimo anzuelo para pescar besugos. Amazon me ofreció una crema de ojos antiarrugas por solo 13 euros. Pestañeé ante la pantalla hasta que se me quedaron los ojos hechos una pasa (¡qué bien pensado lo tienen todo!). Quieren que confundamos las ofertas con las incidencias.

Publicado en Diario de Pontevedra 29/11/16



domingo, 27 de noviembre de 2016

DECIR LA VERDAD

Vivimos en tiempos tan malos para la autenticidad, tan entregados a la apariencia, la banalidad y la mentira, que la verdad ha adquirido propiedades curativas casi milagrosas.
Decirse la verdad a uno mismo, que es por donde hay que empezar, consigue asear la conciencia, mejorar el semblante y el estado anímico y nos hace cobrar vitalidad. Gran parte de nuestros problemas son provocados por la distorsión existente entre la realidad y nuestra gestión mental de la misma: nos mentimos a nosotros mismos como paso previo para engañar a los demás. El problema es que somos conscientes de ese mecanismo, y el fraude nos acaba provocando arrugas, arritmias, malos modos y angustia. Solemos intentar olvidar este desajuste con comida (en exceso), bebida (idem), compras (en fin...) y todo tipo de gratificaciones instantáneas que terminan generando más insatisfacción y efectos secundarios indeseables.
Contra esto, y como primer paso, lo mejor es romper el círculo vicioso. Comenzar ya de mañana delante del espejo. Decirse: “esa cosa que está ahí soy yo, pero va a ser por poco tiempo. Hoy haré una vida más sana, pensaré cosas más sanas, diré cosas más sanas”. Es importante aceptar que los demás también existen, pero no como una prolongación de nuestra miseria. Tenemos que rescatar al prójimo de ese paradigma donde nuestro egoísmo lo ha encerrado para convertirlo en excusa, recurso o diana.
Podría seguir así casi “ad infinutum”, querido lector, pero si usted se cuenta entre algunos de mis escasos aunque privilegiados seguidores ya se estará preguntando: ¿y este texto remedando a Paulo Coelho? ¿qué le ha dado a este? y cientos de preguntas parecidas. Yo le contesto: no quiero remedar a Coelho; y tampoco remendarlo (que no vendría mal). En cuanto a la segunda cuestión, lo grave no es el tono o el tema de esta entrada, sino acabarla contestando preguntas que uno mismo se acaba de hacer...
Salud para todos y todas.

Publicado en Pontevedra Viva 23/11/16

miércoles, 23 de noviembre de 2016

FÚTBOL ES FÚTBOL

Quiero desdecirme un poco de mi alegato anti-fútbol de hace una semana: el fútbol es maravilloso pese a lo que han hecho con él. Nada como la tautológica y estúpida frase que la inspiración o la impotencia le dictó en su día a Boskov para retractarme desde el título. Una sentencia que puede justificar cualquier tipo de opinión futbolística, adornarla o ponerle fin. Lo malo es que puede inducir a pensar que el cerebro del aficionado al fútbol no da más que para ese tipo de asertos. Es una frase boba, directa y muy efectiva para aludir a los múltiples enigmas que esconde este deporte, resistiéndose a explicación alguna por muchos años que pasen. Una frase que, dentro del mundo de las frases sobre fútbol, queda a años luz de las más tiquitaqueras tipo “el fútbol es un estado de ánimo” (igualmente certera). Es decir, es una frase del fútbol brioso, combativo y resultadista de toda la vida. Una frase más de Mouriño que de Guardiola, por mentar a la bicha, entendiendo por tal el debate más encendido de la última década, aquella merienda de negros, con perdón, generada en los medios de comunicación en torno a dos estilos de fútbol. Un tiquitaquero diría: “en torno a dos formas de entender el fútbol”. Vale, y la vida, y la manera de asar el churrasco.
El caso es que uno se ha levantado un poco bicho y le apetece retroceder a la época de Boskov, en la que también había equipos que “se construían desde atrás” y jugaban al contragolpe y otros que apostaban por “la posesión del cuero” y “el ataque sin especulación” pero no se le sacaban virutas filosóficas ni una excusa para exhibir cierta superioridad moral.
Hace miles de años, durante una sesión matinal de fútbol dominguero televisado por un canal de pago, cierto ex-futbolista suscrito al tiquitaquismo y que hacía lo que podía por comentar el partido, se lanzó a denostar la táctica ultradefensiva que desplegaba uno de los contendientes, cuyo presupuesto condicionaba la calidad de su plantilla y la dejaba en amplia inferioridad con respecto a su oponente. Aquel sujeto pretendía negar al equipo inferior el derecho a utilizar sus escasas fuerzas del modo que mejor entendiese ya que, al parecer, su deber consistía en dejarse vapulear en pro del espectáculo. Su iluminada percepción del asunto pretendía supeditar el resultado al despliegue de un tipo de táctica que el sentido común tildaría de suicida. He tenido ganas de estrangular a alguna gente por culpa del fútbol, sobre todo practicándolo, pero aquel día tuve la excusa de la distancia.
La mayoría moral balompédica sigue llenándose la boca con razones para elogiar las disposiciones tácticas que buscan la victoria exclusivamente a través del dominio del campo y vituperando el juego contragolpeador, olvidando que este planteamiento favorece el suyo y, sobre todo, que defenderse con uñas y dientes no tiene por qué ser considerado más vil que atacar con uñas y dientes.
Por no hablar de la épica de los partidos en los que un David consiguió tumbar a un Goliat a base de mucho esfuerzo, disciplina y una táctica conservadora. Todos hemos ganado algún partido colgándonos del larguero y acertando en una ocasión solitaria. Y las pocas fuerzas que nos quedaban las empleábamos en gritar a los cuatro vientos nuestra hazaña y convirtiendo el vestuario en una fiesta de strippers. Si alguien hubiese venido a poner un pero a nuestro logro apelando a tiquitaquismos lo hubiésemos degollado allí mismo y nos hubiésemos bebido su sangre.
Por algo el fútbol presume de la cifra más alta de impredictibilidad entre los deportes de equipo. Una de sus muchas maravillas. ¡Viva el fútbol!

Publicado en Diario de Pontevedra 22/11/16

viernes, 18 de noviembre de 2016

FUTBOLERISMO

He sido futbolero casi toda mi vida (al primer tramo no me alcanza la memoria). Estoy dejando de serlo a marchas forzadas. De crío aún se veían futbolistas con pintas: los bigotones de Capón, Benito y Miguel Ángel; las piernas arqueadas de Pirri; la chepa de Asensi; el look de quinqui de extrarradio de Ratón Ayala y el de calorro de Panadero Díaz... hoy, en cambio, casi todos los futbolistas parecen sacados de un anuncio de Hugo Boss o a punto de entrar en él. Se salva Messi, porque es especial en todo, y Modric porque no le aciertan con el corte de pelo. Hoy los futbolistas salen al campo engominados en lugar de mojar el pelo en el agua de la ducha. Tal vez eso explique que se retuerzan por el suelo al mínimo contacto, como si la bota del contrario estuviese envenenada. Antes, te podían pasar por encima varias veces los Benito, Arteche, Goikoechea, Juanma López... que recogías los cachos y tirabas para adelante. No se trata de insinuar que el fútbol era antes un deporte más viril, sino de afirmarlo. O por lo menos más bruto. Eso le dotaba de una cierta épica, que iba cosida a la brutalidad puesto que un partido era una batalla que siempre se cobraba sus heridos. ¿Cuánto hace que no se ve en directo una de aquéllas batallas campales entre jugadores de ambos equipos? Menuda burrada que ha escrito este, pensará usted. Parece que las estuviese echando de menos, que intentase sugerir que ahora que los futbolistas son millonarios con solo un par de años en Primera ya no se parten la cara como antes. No, eso no se puede echar de menos, por mucho que antes tuviésemos fútbol y boxeo en el mismo evento y siempre en abierto. Ahí quería llegar: antes todo el fútbol era televisado en abierto, ahora solo los partidos que no quiere ver ni la familia de los contendientes. “Dime si te televisan gratis y te diré lo pringado que eres”. “Doctor, déme algo que no levanto cabeza: llevan tres partidos televisándonos en abierto”.
Antes el sábado por la noche ponían el mejor partido de la jornada y lo veía toda España. Ahora nadie sabe a qué hora juega nadie, ni por qué canal, ni que camiseta llevarán puesta. Enciendes la tele y ves a unos tipos de fucsia contra otros de amarillo abeja Maya y tardas diez minutos en averiguar que es el Osasuna-Elche (o el Riotinto-Sestao B) Antes te sabías de carrerilla las alieneaciones para varias temporadas porque no había tanto dinero y no variaban tanto las plantillas. Ahora es imposible, en tres años cambia un once entero y también los utilleros. Los entrenadores, varias veces por temporada. A un equipo de segunda B le ha cobrado la SGAE por poner su propio himno antes de los partido. Esto se va a la mierda muy deprisa. Todo es dinero y lo que no huele a dinero es que apesta a dinero. Se juega a cualquier hora del día y de la noche, lo de menos es que vaya bien para el público: se trata de televisarlo a lugares del mundo donde todo lo que saben de fútbol cabe en unha chuleta escolar.
Una de las estrellas del Madrid se está apagando a pasos agigantados. Su estilo de juego depende de su estado físico y cuenta ya con 31 años. Le quedaban dos más de contrato, que debería cumplir con frecuentes estancias en el banquillo. Pues resulta que acaba de renovar hasta el 2021. O es que hace falta el tiempo para clonarlo o aquí hay gato encerrado (y mucho negocio de por medio).
Hay que pasarse al rugby, pero ya.

Publicado en Diario de Pontevedra 15/11/16