PRETINAS

Si alguien me dijese un día que iba a acabar escribiendo sobre la pretina del pantalón, al más puro estilo Luis Piedrahita, pero sin gafas (y sin estilo), yo le contestaría que jamás caería tan bajo. Y no hablo metafóricemente: escribir de la cintura para abajo implica carecer de pudor y de imaginación, a partes iguales. Por eso voy a empezar con un dato etimológico. Para ello tengo que poner en conocimiento del público en general y de la crítica literaria (que sin duda me estará leyendo) en particular, que la primera vez que oí que se decía “pretina” en lugar de “pitrina”, que es como decía todo el mundo, yo estaba sentado en compañía de otros como yo en un aula del instituto donde el BUP me hizo a mi. Es que de mi el BUP hizo un degenerado adolescente con un quebradizo púber que les llevé el primer día. Me temo que esto es materia de otro relato para estómagos más resistentes. Lo cierto es que cierto día el mismo profesor que nos hablaba de aliteraciones (ya se ha visto que no me he olvidado) y otras monadas, dijo pretina y procedió a sacarnos de nuestra ignorancia explicándonos el origen del vocablo. Fue lo más parecido a un rito iniciático que había experimentado jamás. Pasar de decir “pitrina” a todas horas, era una palabra que usábamos mucho en aquella época, no recuerdo por qué, pero algo pasaba allá abajo, digo, pasar de “pitrina” a “petrina” cambió nuestras vidas para siempre. Mucho antes de los vaqueros con botones, ese invento para nenazas, un buen macho ibérico tenía que pillarse su instrumental unas cuantas veces con un objeto del que en realidad desconocía su verdadero nombre.
Y ese dolor agudo fruto de la prisa y de la torpeza, a partes iguales, era el santo y seña de la virilidad. Lo sufrías en silencio, con un par de lagrimones corriendo mejilla abajo mientras a tu alrededor tus amigos se convertían en seres abyectos que se desmontaban de risa. Iba a poner otro verbo en lugar de desmontar aunque con el mismo prefijo, pero me remito a la declaración inicial de no caer tan bajo.
Hasta aquí les he llevado de la mano para asumir que el bonito monema (por si mi ex-profesor me estuviese leyendo) “pretina” es el equivalente a nuestra “pitrina” que a su vez significa “cremallera de pantalón con la que engancharás seguro”. Y esto era así, porque en aquella época unifica y polivalente de nuestro bachillerato idem no tocábamos un diccionario. Salvo que mediase amenaza o coacción, a los diccionarios ni les quitábamos el polvo. Sólo en el tramo final de la primaria, por entonces EGB, que en vez de estudiar parecía que integrábamos un partido político, usamos un poco el diccionario. Las palabras que buscábamos en él no las voy a transcribir aquí. Digo yo, ¿cómo nos hacía gracia eso, si ya conocíamos las palabras puesto que las podíamos buscar en un diccionario?. Recuerdo que algunos diccionarios no tenían todas las aquellas palabras entonces tan atractivas e interesantes para nuestra formación y considerábamos de segunda categoría aquellos que eran menos explícitos. De modo que ahora les llevaré de la mano para que ustedes sepan tanto como yo:
pretina
f. Correa o cinta con hebilla o broche para sujetar en la cintura prendas de ropa.
Cintura donde se ciñe la pretina.
¿No se ha abierto ante ustedes un nuevo horizonte lleno de luz? . Ahora que pueden decir a sus amigos y amigas: “Mira que bonita pretina tiene mi pantalón nuevo” y quedar como unos señores o señoras, que la pretina de las mujeres no por menos peligrosa es menos de admirar.
A partir de aquel bendito día en el instituto, yo siempre he sido hombre de pretinas, correas y cremalleras en general. No me entidan mal, no me va el sado, ni tampoco me viene, que todo hay que aclararlo hoy en día. Simplemente el hecho de saberme más ilustrado que el 97% de la población española en materia de cierres para la entrepierna me ha convertido en un hombre nuevo. Mi autoestima se vio reforzada sustancialmente, me crecí tanto que pude estudiar una carrera universitaria, sintiéndome por encima de mis compañeros y compañeras que seguían teniendo “pitrinas” en los pantalones. Yo fui un licenciado con pretinas y con pretinas encontré empleo y luego me eché novia y ahora estoy felizmente casado y esperando un bebé. Bueno, mi esposa, se entiende. Esperamos un varón al que después de mamá le voy a enseñar a decir “petrina”, para que vaya ganando tiempo. 

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