martes, 13 de diciembre de 2011

TIPOS DE HOMBRE


Existen, básicamente, dos tipos de hombre: los que andan por casa en bata de andar por casa y los que andan por casa de cualquier manera. Los primeros, por descontado, son los predominantes. Son personas ordenadas y metódicas, con sus callos en los pies y sus granos en las posaderas, pero que sólo conciben la existencia bajo el dictado hegemónico de la razón. La razón, puesta a dictar, es una maestra justa y severa, que enseguida le pone a uno en su sitio cuando uno anda por ahí zascandileando, ignorante de su misión en la vida. Sujetos pues, voluntaria y entusiásticamente, al imperio de la razón, los hombres de bata dedican su tiempo a poner orden en todo lo que tienen a su alcance. Ordenan su ropa en el armario, sus pertenencias en los bolsillos, los libros en los estantes, las flores en el jarrón. Enderezan los cuadros torcidos y odian los cuadernos de alambre en espiral por culpa de la espiral, a la que quisieran enderezar también. Se asean los dientes varias veces al día, como todo el mundo, pero con determinación y convencimiento, como quien iza una bandera o declama la tabla de multiplicar del cuatro. Los hombres de bata son persistentes en su empeño por aplicar el raciocinio a cualquier ámbito vital al que tengan acceso. En aquellos que los dejan fuera, como niños en el rellano por carecer de llave de casa, se muestran modosos pero enfurruñados, resignados pero no complacidos, sometidos pero no indiferentes. Por sus mentes cartesianas cruzan ideas continuamente, pero pocas de ellas consiguen permiso para aterrizar y menos aún son las que logran poner los pies en la tierra. Prefieren obedecer a imaginar y almacenar a difundir. Son un poco gruesos para sus años y demasiado anchos para montar en bicicleta. Hay algo estático en su filosofía y algo mimético en su estética. Ninguna nación que se precie de serlo, si tal cosa fuese en algún modo posible, debería dejar sin honra a aquellos de sus súdbitos que andan en bata de casa para estar en casa, pues sobre ellos descansa el ritmo monótono y cansino, perseverante y tenaz, que la hará atravesar la gruesa alfombra de la historia.
En cuanto a los que andan por casa de cualquier maneran, son de escurridiza taxonomía. Ni muy dicharacheros ni excesivamente hoscos, resulta difícil establecer contacto amistoso con ellos, pues tanto están como han salido. No tienen un horario fijo para dedicarse a sus cosas, que nadie sabe a ciencia cierta en qué consisten. Odian los lunes desde tiempos inmemoriales, y siguen haciéndolo a juzgar por los alaridos e improperios que se producen en sus hogares al sonar el despertador en esos aciagos días. Debido a su carácter indeciso y predominantemente indiferente, se desconocen sus aficiones y fobias, así como el modo que tienen de cocer las patatas, si bien se supone que es con agua al fuego en una cazuela, conclusión alcanzada por descarte de posibilidades.
Los varones que andan por casa de cualquier manera son solidarios y confiados y muchos de ellos miopes. Se afeitan entre poco o casi nada y cuando lo hacen es sin darse importancia, como quien no quiere la cosa. Se les suelen pasar las horas muertas sin nada que hacer, como si les rezasen un responso, tirados en un sofá dándoles vueltas a los pensamientos, a los que adoran con todas sus fuerzas, que no son muchas y por eso las adiministran con cautela, prestando poca atención a las tareas del hogar. Expertos en dos tipos esenciales de lenguaje, el monosilábico y el metafórico, con frecuencia se les acusa de andarse por las ramas, de ser poco prácticos y de demorar la toma de decisiones. Pero no sólo la toma decisiones, sino la toma de medicamentos y hasta la de la Bastilla, si fuere el caso, pues nada aborrecen más este tipo de hombres que la acción, las películas de acción, y los Action Man, juguetes harto aborrecibles, por cierto.
Siendo una minoría, son a menudo víctimas de un mal muy común en nuestros días: la manía persecutoria, alcanzando en algún caso el delirio paranoide. Es fácil verlos echar las horas dando vueltas por la casa de cualquier manera, enredando aquí y allá sin dedicarse a nada en concreto, por lo menos a nada productivo. Sus ojos, cuando el mal citado los atenaza, revolotean sobre sus semejantes pretendiendo descubrir algún tipo de asechanza, opinión o menosprecio hacia sus personas, e intentando calmarse mediante el consumo de cigarrillos y/o gominolas, es decir, ocupando sus bocas con un sustitutivo del chupete que en la infancia calmaba su ansiedad, en una regresión ampliamente documentada por los especialistas en la materia.
Para el avance de las naciones, cualquiera que sea lo que esto signifique, este tipo de hombres no resultan ni un estímulo ni un lastre, sino una incógnita. Ciertamente su talento es necesario pero no su indecisión. Los científicos, mayoritariamente hombres de andar por casa en bata, no logran ponerse de acuerdo sobe el particular, con lo que se convierten en cierto modo en hombres que andan por casa de cualquier manera, entrando en contradicción contra sí mismos, de tal forma que prefieren, desde hace décadas, no tocar el tema, y así unos y otros viven tranquilos si es que podemos admitir tal expresión.