viernes, 6 de enero de 2012

AUTOBIOGRAFÍA


-->
Si estáis leyendo esto es debido a varias razones. Primero, claro, al hecho de que sabeis leer. No, que no os parezca una chorrada, que lo es, pero por eso mismo: que no os lo parezca. Ya me lo direis dentro de un par de generaciones de video-adictos y libro-desafectos, ya vendreis a llorar cuando tengan el poder los hijos de los actuales concursantes de OT, de Gran Hermano, cuando los nietos de Patricia, la del diario, despierten una mañana sin saber como se conjuga el verbo madrugar…Bueno, estábamos en las razones para que leyéseis lo que va a ser mi primer y último acercamiento al género de la autobiografía: aunque creo en la vida post-mortem, no pienso dedicarme a escribir cuando la diñe.
El principal argumento que justifica esta decisión de incorporarme al género literario que más se presta a la autoindulgencia y a la invención de patrañas es precisamente mi innata tendencia vital a la autoindulgencia y a la patrañería, de tal modo que la biografía se convierte en el ámbito literario que más conviene a mis capacidades creativas y que mejor define mis aptitudes narrativas… y de todo tipo. Si hay alguien que debería tener una biografía escrita de su puño y letra, ése soy yo. Heme aquí, pues, frente a mi destino hecho pantalla de ordenador.
Empezaré diciendo que soy una persona con un alto concepto de si misma. No existen actualmente, ni se pueden hallar en el pasado, evidencias tangibles que justifiquen tal actitud por mi parte, pero esto es así y así debo reflejarlo. Comencé a darme cuenta de mi desbordante autoestima, en el transcurso de pequeños incidentes que salpicaron mi infancia y ante los cuáles cualquier observador que no fuese yo mismo hubiese jurado que soy simplemente gilipollas. El primero que recuerdo tiene lugar en los jardines que hay enfrente al ayuntamiento de la ciudad que me vio nacer y que al paso que llevamos, me verá tambien fenecer, durante una partida a las canicas (por aquel entonces las conocíamos por el mal nombre de bolas). Jugaba con un compañero de clase cuando un muchacho mayor que ambos se acercó haciendo ademán de querer apropiarse de nuestros pequeños juguetes esféricos. De hecho, se apropió de los mismos delante de nuestras mismas narices. Mi amigo reaccionó con una correctísima muestra de estupor y yo con una temprana manifestación de mi exceso de ego: me fui a por el mocetón aunque apenas le llegaba al rostro con los brazos estirados. El amante de las canicas ajenas me dio un par de bofetones que me dejaron turulato pero que no detuvieron mi ansia de evitar que, durante la captura de nuestros tesoros, su epidermis resultase intacta. Me llovieron manotazos provenientes de aquella especie de pulpo hasta que, empañado en lágrimas, logré acertar con mi frágil puño en una de sus mejillas. Agotado por el esfuerzo y por las tortas recibidas, aflojé la defensa y el mastuerzo aquel se alejó riendo de forma extraña (entonces pensé que se trataba de un desequilibrado, mangante, pero desequilibrado). Me sorbí los mocos, me sequé los lagrimones y comenté con mi compañero la hazaña de mi puñetazo, mientras este explicaba que no había sabido reaccionar porque era algo que siempre le pasaba en esos casos, bla bla bla (excusitas, excusitas).
Podría citar más ejemplos que demostrasen que estoy en posesión de una autoestima desmedida hasta el disparate pero si lo hiciese la estaría poniendo en entredicho: no tengo por qué demostrar nada.
A continuación paso a relatar un pequeño y divertido episodio que va a poner de manifiesto un carácter forjado en la adversidad. El mío, claro: esto son apuntes biográficos y como los ofrezco yo son autobiográficos. De pasada diré que explicar más de lo necesario es vicio enraizado en mi persona.
Estamos en las navidades del año nosecuántos, siendo yo infante de ocho o nueve años y ya aparentando menos entonces. Me acaban de regalar los Reyes Magos (el tarado de la barba pagado por coca-cola tenía el paso prohibido en casa) una reluciente escopeta de repetición (yo la había pedido de repetición, ya se verá como iba a dar igual si lo era o no). Por aquel entonces no estaba mal visto regalar a los chicos armas y a las chicas muñecas (lo contrario sí estaba muy mal visto). Por aquel entonces no se sabía que haciendo eso estabas siendo educado en la violencia y que debíamos ser educados en la no-violencia, y los juegues bélicos se llamaban juguetes a secas y así más cosas, todas hoy aberrantes y reaccionarias y sexistas y no sé cuantas cosas más. Nuestros padres se echarían las manos a la cabeza, y no sé si le las han echado alguna vez de modo retroactivo o algo. Lo cierto es que éramos todos unos críos que estaban siendo educados en la violencia y por eso formábamos pandillas para pegarnos con los de los barrios vecinos. No queríamos hacernos daño, solo pegarles un poco. Era muy divertido y no nos heríamos demasiado, las piedras eran pequeñas y los palos de nuestro tamaño. No éramos conscientes de estar metidos en la violencia, como si fuese una secta, en la que se nos educaba desde la propia casa con regalos bélicos que nosotros pensábamos que solo eran juguetes. Eramos simples niños aprendiendo a vivir a través del juego. Después, llegada la edad adulta, siempre nos hemos preguntado cómo es que no acabamos disparando pelotas de goma enfundados en un uniforme o de porteros de discoteca o de toreros...                      
No, luego renegamos de la mili, nos afiliamos a oenegés, adoramos a Luther King y a Gandhi y a Messi (en vez de a Pepe). No sé que pasó: o inconscientemente se nos dio por purgar todo nuestro violento pasado infantil o aquí hay algo que no cuadra.
Pero estábamos con la escopeta en las manos, saltando de gozo e iniciando una carrera por el pasillo de la vieja casa familiar para llegar al salón y anunciar al resto de los allí congregados que los Reyes se mostraban dispuestos, una vez más, a armarme hasta los dientes. En esto que ya estoy a punto de atravesar el umbral con el fusil en posición horizontal y a la carrera cuando las leyes de la física se cargan mi escopeta nueva en recio encontronazo con las jambas de la puerta. Ahí experimenté en carne viva la dolorosa muestra de mi pertinaz atolondramiento, ahí fui yo consciente de que que había un inconsciente viviendo conmigo.
Y hasta aquí les puedo contar de momento.