viernes, 13 de enero de 2012

GIGOLÓ (1)



El escritor incomprendido se sorbió los mocos mientras notaba que se había levantado sin apetito. La casa estaba helada y se puso un jersey encima del pijama para desayunar una taza de café. Tenía los párpados tan hinchados como otra parte de su cuerpo más al sur, en ambos casos por culpa del mal trato que le daba la vida. El tampoco trataba demasiado bien a la vida: se chumaba en cuanto sarao lograba colarse, escribía con faltas de ortografía, sus pulmones probaban todo lo que podía fumarse, veía mucha televisión... las novias que había tenido parecían sacadas de un casting de seres estoicos. La halitosis y ciertas inclinaciones insaciables acababan conduciendo a una ruptura tras otra. Pero el escritor malherido era un varón bien parecido y de labia de colegio de pago, de los antiguos colegios de pago, por lo que no hacía cuenta de las deserciones sentimentales que padecía. También en eso la inconstancia era su forma de estar.
Delante de la taza, un prodigio de la loza estándar del monopolio pequinés, sorbo a sorbo, un soplo de cordura le llevó a plantearse que debería buscar trabajo fijo. Fue como un repentino relámpago cruzando el cuchitril que hacía de cocina. Dejar de mendigar colaboraciones en periódicos, revistas y gacetillas de medio pelo, dejar de servir copas en antros relacionados con el alcohol de garrafa, dejar de prestarse para que F. tuviese un coche a cualquier hora sólo con marcar su número. Su amigo F., compañero del insti, que tenía una empresa de spa & resort y le pagaba una miseria cuando le surgía recoger a alguien en hora punta de taxis.
Entonces fue cuando se le ocurrió alquilar su cuerpo en vez de su coche. Sólo tendría que anunciarse en prensa, no, en internet, que era más chic y económico. Se vistió, bajo al ciber de la esquina y en diez minutos se había convertido en gigoló. Es inexplicable que cupiera por la puerta al salir del local. Sonreía como si no tuviese cara, sólo dientes, metiéndose la camisa dentro del pantalón como el que acaba de ajustar cuentas con el pasado y le había dado una buena somanta. Era un hombre nuevo, un joven hetero atractivo y culto. Se ofrece para Madrid y alrededores. Hotel o domicilios. Abstenerse profesionales. Esto último lo había leído por ahí y aunque carecía de todo sentido, pensó que daba más empaque. Y pensando en esto, se dio cuenta de que no tenía ningún traje limpio, ni siquiera nuevo, y de que podían llamarle de un momento a otro. Llevar en la cartera una visa que jamás había utilizado y tener enfrente una tienda de Zara hicieron el resto. También se compró una camisa, ya puestos.
A media tarde seguía sin sonar el móvil. Quitándose con un palillo los restos de las sardinas enlatadas que se había ventilado, mientras hacía zapping por la anémica oferta televisiva de esa hora y a más velocidad de la habitual, el traje nuevo le hacía parece un yuppie trasnochado que había tomado por asalto la casa y la cocina de un inmigrante alquilado en un barrio marginal. Porque vivía de alquiler y en un barrio marginal, qué se habían pensado. Los escarceos del palillo entre molares y premolares eran puntuados por el click del mando a distancia y el escritor incomprendido, los ojos puestos en la pantalla, no era consciente de sendas manchas de grasa que adornaban, es un decir, la chaqueta y el pantalón. Tal vez hayamos omitido por descuido que nuestro héroe también se veía afectado por esta enfermedad, la del descuido. De paciencia tampoco andaba sobrado, porque ya empezaba a pensar de dónde podía sacar más dinero para poner un par de anuncios en un par de periódicos, e incluso a plantearse la opción de unos pasquines en las farolas de las calles más céntricas...
En eso golpearon las posaderas del silencio los inmisericordes acordes de La cucaracha. Ahora no vamos a explicar por qué nuestro muchacho había escogido aquel politono, probablemente ni el mismo  pudiese hacerlo. Nervioso, respondió a la llamada y concertó una cita con una voz violentamente femenina que le dio el nombre de un hotel y un número de habitación. Ni al peor de nuestros enemigos deberías desear una hora y media como la que pasó el hombre hasta que salió para el lugar concertado, a tres estaciones de metro. Se mojó el pelo una y otra vez, se cepilló los dientes dos veces, cuatro veces se puso desodorante, escuchó ocho veces su canción favorita en un reproductor medio roto y, para relajarse se dijo, se tumbó en el sofá con los ojos cerrados que combinó con movimientos involuntarios y espasmódicos de cuello, brazos y piernas.