jueves, 3 de mayo de 2012

DE HAZAÑAS Y MANZANAS



Como comerse una manzana en el interior de un vagón de tren de camino a Berna procedente de Zurich mientras te rodea y observa una nutrida concurrencia compuesta casi totalmente por ciudadanos de la suiza alemana. Este debería ser el título de este ensayo científico-poético que voy a perpetrar ante ustedes sin sonrojo alguno. En primer lugar hay que tener en cuenta el contexto socio-cultural que envuelve la maniobra: esta carece de mérito si el ejecutante es también suizo, alemán, o suizo alemán. En cambio si es español, la acción se reviste de unos tintes de hazaña sin precedentes debido al evidente hándicap que tal circunstancia le confiere.
Lo principal es tener manzana. Dijo Perogrullo. Pero no, porque no vale cualquier otra fruta, por los crujidos. Pero no nos adelantemos al relato, dejemos que fluya por las aguas mansas de la parodia que son las que mejor manejamos porque el mundo nos hizo así. Puede suceder que tu vecino de asiento, un suizo reglamentario y de mediana edad que viene con mujer en el asiento de enfrente (no te has sentado allí porque podía ponerse nervioso al ver a un latino, aunque sea sin copa de vino, ponerse al lado de su señora esposa. Y tu no andas por la vida poniendo nervioso a señores suizos felizmente casados que viajan en tren) decía que puede ser que tu suizo de al lado esté comiéndose una manzana y que de pronto la manzana que tu llevas en el bolsillo del impermeable que dado el tiempo que hace ya te ves arrastrando por todas partes como un oscuro cadáver de plástico, esa manzana cobre vida y te llame a gritos y te diga muérdeme y así. Y tú eres muy de perder los papeles cuando te dicen muérdeme, no nos vamos a engañar. Por eso, te serenas y observas la manera suiza de comer la manzana, no vaya a ser. Y lo que percibes es que sí, que iba a ser. Porque los suizos de mediana edad que van en tren y tienen a la esposa enfrente comen las manzanas sin comerlas. Es decir, le asestan certeros y secos mordiscos, como si fuesen parientes lejanos del verdugo de María Antonieta y luego se entregan a ultrasilenciosos movimientos de mandíbulas, que parece que en vez de dientes llevaran puesta una minipimer con silenciador , de tal modo que al poco tienen entre el dedo índice y el pulgar el corazón de una manzana que contemplan con algo parecido a la nostalgia segundos antes de depositarlo en un coqueto recipiente de tren suizo dispuesto para tal fin.
Confieso que me estoy perdiendo el paisaje mientras escribo esto, pero es una gozada tener al lado al hombre que ha conseguido transformar una pieza de fruta en una obra de arte con sus propios dientes y sin hacer ni pizca de ruido, y tengo que capturar el zeigeist de este instante antes de que aprenda un día que rayos es eso del zeigeist y se vayan al carajo flipadas como la presente.
Cuando extraes tu manzana española del cochambroso bolsillo de tu todavía más cochambroso impermeable, das el primer golpe de efecto al pasar su superficie por la manga de tu brazo izquierdo en una pulcra actitud de comedor de manzanas semi-profesional, mientras miras a los pasajeros de alrededor con actitud retadora y pensando: “¿qué?, esta no os la esperabais, eh”. Te devuelven miradas de estar mirando para otras cosa, pero seguro que están disimulando, piensas sin arredrarte, que para eso habrá tiempo y algún diccionario más tarde.
Ahora viene lo más difícil: hincarle el diente al asunto. Morder una manzana en un vagón de un tren suizo alemán rodeado de suizos alemanes es para un españolito como para un harapiento intentar pasar desapercibido en el hall del Ritz. Pero sólo tenía que imitar a mi compañero de asiento. Tengo la manzana en la mano, presiento a todo el vagón pendiente de mi, alzo la mano y mi boca furiosa arrebata un trozo insignificante de piel mientras mis dientes chocan entre si víctimas de las leyes de la física. Disimulo masticando la piel arrancada y logro poner cara de delectación porque me da que es parecida a la cara de parvo. Oteo el horizonte con mirada de águila, todos disimulan también haciendo ver que están a sus cosas. Una chica lee Disgrace de Coetzee y quiero levantarme y pedirle que no pierda el tiempo pero mi yo cuerdo se impone. El hombre del otro lado del pasillo que tiene gafas de intelectual, aliño de intelectual, cartera de intelectual, rostro de intelectual y se pasa el rato haciendo cosas intelectuales cada minuto y medio, como leer en un libro, escribir en una libreta, consultar el iphone, poner la mano en la barbilla antes de volver al folio, etc es el único que echa una ojeada a la manzana y me pregunto si no saldré yo en una novela de la suiza alemana próximamente. Con mi manzana claro. A la que asesto, ahora sí, una magistral dentellada que la deja maltrecha de un costado y cierro la boca inmisericorde mientras mastico despacio y poniendo cuidado en no molestar a nadie con el ruido. Es un poco cansado esto, me digo deshaciendo y deglutiendo la fruta. Miro lo que me falta y me doy cuenta de que me he traído una manzana gigante, de alguna cosecha experimental o algo así. Prosigo en mi empeño y me voy agotando de masticar para adentro, abortando los sonidos en la garganta pero cada vez con menos pericia, de modo que al rato se me escapa un chasquido y luego otro y resuenan con estruendo en el vagón y muevo los ojos aterrorizado y veo a la señora esposa de mi suizo alemán que me está contemplando con cara de qué hace el loco este y me pongo nervioso y atizo otro mordisco a la manzana pero este es una rascada en la piel que hace un ruido que ni te cuento y ahora sí la señora pone cara de desagrado y quiero recuperar el ritmo y morder otra vez fuerte y expeditivamente y me doy cuenta de lo agotador que es comerse una manzana en estas condiciones…
Aquí es cuando decido darle una lección al escritor-intelectual de pacotilla que tengo cerca y pongo fin a mi suplicio diciendo excuse me a mi suizo alemán para que me deje tirar la manzana al recipiente que tiene al lado, tras su pierna derecha, y así puedan descansar juntas su perfecto corazón de manzana suiza alemana y mi imperfecta y a medio comer manzana española. Acto seguido desenfundo el portátil, lo enciendo y me pongo a escribir esta cosa como un descosido mientras, ahí te quiero ver, el escritor-intelectual de pacotilla provisto de todos los aditamentos de escritor-intelectual de pacotilla no puede evitar admirar la desenfrenada actividad de mis ágiles dedos sobre el teclado. Escribo quince líneas del tirón mirándole de reojo para asegurarme de que no pierde detalle, como así es, con lo que, triunfante y deteniéndome de tanto en tanto para mirar por la ventana con la palma de la mano en la barbilla, en gesto expresamente dedicado a él, termino el presente texto destinado a ser recordado por los siglos de los siglos.
Amén.