PESADILLAS

Soñó con una noche y una jauría y golpes, muchos golpes. Los daban unos encapuchados que perseguían otras sombras, las arrastraban tras sujetarlas y descargaban su furia entre ladridos que no parecían de este mundo.
Tras despertarse, sudando, se levantó y bebió un poco de agua. En la ventana, la luz de la luna parecía el preámbulo de una aparición fantasmal. Se sentó en el salón y dejó que el silencio le ayudase a hacer conjeturas sobre las imágenes de aquella pesadilla. Hacía varios meses que la sufría, casi todas las noches. En ocasiones despertarba, otras veces conseguía concluir el sueño pero durante el día estaba más cansado de lo habitual.
Repasó aquellas violentas escenas sin encontrar significado ni origen alguno, quería aliviar el desasosiego invocando algún tipo de soporte racional al terror.
Se dejó caer de lado en el sofá, recogiendo las piernas y poniendo las manos bajo la cabeza. Intentaba convocar al sueño pero no apareció ni el remedo de un bostezo.
Levantándose, se acercó al ventanal y se preguntó a qué olía la luna. La calle era un escenario vacío iluminado con luz espectral. Las siluetas de los edificios, las farolas, los coches aparcados, eran el marco perfecto para una película de serie B en blanco y negro. Suspiró.
Regresó al sofá y encendió una lámpara. Echó un vistazo a algunos libros que había sobre la mesa: “Paradiso” de Lezama Lima, “El anorak de Picasso” de Garriga Vela y “Poesía completa” de Anne Sexton. Finalmente echó mano del periódico del día.
Paseó por las noticias conocidas como un transeúnte indolente, apartando las hojas como si fuese una tarea pesadísima. De pronto un titular en Internacional llamó su atención. “Tensión en el campamento de refugiados de Idomeni ante los rumores de la apertura de la frontera”. Siguió leyendo las líneas destacadas: “La policía negó esta posibilidad y para impedir que los inmigrantes atacaran la valla, desplegaron numerosos efectivos”. Y luego se enfrascó en la lectura de un artículo de opinión que cerraba la página, “El limbo legal de los refugiados en Grecia”.
Cuando finalizó notó que se había escapado cualquier rastro de sueño que pudiese guardar su organismo. Supo también que había cedido la angustia al recordar sus pesadillas. Dejó el periódico y se fue a la cocina para prepararse un desayuno, aunque quedaban casi un par de horas para el amancecer.

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