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Mostrando entradas de enero, 2017

GIROS

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Despertó vomitando regalos. Sólo era un siesta de sofá, de diez minutos, pero abrió los ojos sudando papel de regalo, agitado entre lazos y gritos, devorado por una fiesta en la que no había participado. Se acercó al ventanal del salón y vio algo parecido a una tarde de Reyes agonizando en la acera de enfrente. Tenía la boca seca y quiso volver a estar dormido, ingresar de nuevo en cualquier pesadilla. Mientras cortaba un poco de pan, apagó la radio. Fue un gesto seco que anunciaba el silencio. Le dió otro sorbo a la copa de vino y se dispuso a investigar la capacidad de la pizza para ser recalentada día y medio después. La luna quería colarse por los cristales, podía verla a través de la puerta de la cocina. La amenazó con la mirada. La misma con la que había atravesado a Mina veinticuatro horas antes intentando apagar sus gritos, el revuelo, el portazo. Le quedaban tres días aún y se puso a buscar en la web un vuelo hacia el sur.

SIEMPRE VUELVEN LOS 80

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El pasado es imprevisible. Te espera siempre a la vuelta de una esquina, se abalanza sobre ti cuando menos te lo esperas y ya no puedes echar a correr. No es posible echarse a correr para huir del pasado (del presente tampoco, pero hoy no es el tema). Cuando crees que nada peor puede ocurrirte, resulta que regresan los 80, por cuarta o quinta vez. Es la década con más recidiva de toda la historia de las enfermedades sociales. Uno no tiene nada en contra de todas las horteradas que se pusieron de moda entonces, y se pusieron muchas, pero tampoco absolutamente nada a favor. Resulta inexplicable que triunfasen elementos como Limah o Samantha Fox, que no daban ni para teloneros de un grupo de verbena, pero los ochenta fueron así, y así siguen siendo, no paran de ser. De los 80 no se regresa, me dice un amigo, absolutamente sobrio pero sin mesura. No creo que sea casualidad que uno de los éxitos de taquilla entonces fuese Regreso al Futuro (1, 2 y 3). Los 80 fueron años de pelis que llev…

"PUÑALADA"

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1-Se llama Sergio. Lo de Puñalada viene del instituto, algunos dicen que se lo puso él mismo. En todo caso, está claro que era algo de lo que presumía, de su mote. No es muy alto y más bien delgado y la verdad es que no le va bien ese nombre, no es agresivo ni se mete en problemas. Cuando le preguntan como se llama suele decir “Puñalada” sin conseguir que se le escape una sonrisa de satisfacción. Es lo que le hace distinto. No sé si se lo puso él o se lo pusieron, pero a él le encanta.
2-Fue fuerte cuando le tiró los huevos a Doña Lupe, la de Inglés. Era una repipi, siempre de punta en blanco, siempre hablando para los que entendían más. A veces se tiraba media clase charlando con los que habían ido a Irlanda y ya controlaban. Pero lanzarle una docena entera de huevos podridos desde la segunda planta... fue al final del penúltimo curso y dijeron que pasó un verano movidito, o sea al revés, encerrado... que ella lo denunció a la poli y todo.
3-Es idiota. Completamente idiota, como s…

RITOS

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Había contado los días que aún quedaban en quince ocasiones porque descubrió que hacerlo la sosegaba. Se bebió una botella de agua de un litro. Le echó un vistazo al periódico en dos ocasiones: la primera pasando las hojas desde el principio y la segunda en sentido contrario. Se contempló en el espejo ocho veces, en cinco de las cuales se retocó el pelo. Consultó veintisiete veces el teléfono móvil, nueve de ellas mientras hacía otra cosa. Dijo tres veces, susurrando: “never been this way before”. Se colocó las gafas, negras, de pasta, veinte veces. Se asomó a la ventana doce veces. La última de estas, lo vio llegar caminando y sonrió feliz. Nueve días después lo acompañaría al aeropuerto para despedirse.

ESCRIBIR MIENTRAS CAMINAS

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Cada persona es un escritor en potencia. Por suerte no todo el mundo lo sabe y pocos terminan probando pero, en principio, a todos se nos ocurren cosas. Fundamental: que se te ocurran cosas que decir. Luego ya veremos si valen la pena. A veces se te ocurre escribirlas entrecortadamente. Parando a cada rato en un punto. Son manías. En otras ocasiones lo que se quiere decir, insisto, sea trascendente o no (que casi nunca lo es) quiere salir vestido de frase larga, de prolongada sucesión de claúsulas que empiezan a serpentear por el texto y lo convierten en un terrario de ofidios sintácticos donde las oraciones se arrastran con su viscosa verbosidad y se le pegan a uno en los ojos. Más manías. En todo caso, se trata de acotar ideas que se gestan en alguna parte del cerebro (dicen que tienen las zonas localizadas pero somos legión los escépticos), para lo cual la destreza lingüística del sujeto será fundamental. Puedes concebir los pensamientos más originales o chisposos del mundo que si…

CON LAS BOTAS PUESTAS

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De pronto entró por una ventana, inadvertidamente. Se posó en el borde de una taza de menta poleo cuya dueña consultaba su cuenta de whatsapp en ese momento pero, desdeñando el humeante líquido se dirigió hacia otra mesa. Un hipster o alguien que lo parecía sorbía con delectación un vaso de maracuyá. Corregimos: era un hipster, no alguien que lo parecía, pues solo un hipster estaría bebiendo maracuyá con delectación en una cafetería de medio pelo (y puedo, como narrador y como persona física, dar un cursillo sobre cafeterías de medio pelo). Cuando el mozo hizo descansar su vaso sobre la mesa, se abalanzó sobre él, que no advirtió la maniobra pues se mesaba la barba mientras dirigía su vista a una mesa del fondo, donde una preciosa muchacha acaparaba la atención del hipster y de un par de caballeros recién llegados. Sorbió con fruición el líquido, aunque sin asomo de delectación, y se escabulló enseguida hacia un cola-cao huérfano que tenía en la mesa contigua, bajo la cual un niño se…

CAZADORES NOCTURNOS

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En la penumbra había una voz, la suya. Susurraba legajos de experiencias imaginadas, lechosas frases de un lugar que no exístía, melodías que se detenían un instante para retomar el vuelo. Era un cazador de estallidos. A su alrededor estaba la noche, con su megalítico silencio, o al menos el así se lo figuraba, mientras entretejía los sones de su aliento y los de las canciones que salía a cazar. Echaba así un par de horas, derretido en el instante que parecía una única entidad, no la suma de episodios cronológicos. Un sorbo de vez en cuando, apenas mojar los labios, la sensación de que sigues avanzando. Cuando el cansacio atacaba sus ojos y en su cabeza los cruces de caminos empezaban a ser páramos desde donde no se atisbaba una salida, se forzaba a seguir un poco más, hasta sentir que bajo sus pies ya todo estaba seco, que ya solo pisaba arena, hasta los tobillos. Entonces se levantaba, se dirigía al cuarto de baño y se cepillaba los dientes mecanicamente, sin precisión alguna, tan …