CON LAS BOTAS PUESTAS

De pronto entró por una ventana, inadvertidamente. Se posó en el borde de una taza de menta poleo cuya dueña consultaba su cuenta de whatsapp en ese momento pero, desdeñando el humeante líquido se dirigió hacia otra mesa. Un hipster o alguien que lo parecía sorbía con delectación un vaso de maracuyá. Corregimos: era un hipster, no alguien que lo parecía, pues solo un hipster estaría bebiendo maracuyá con delectación en una cafetería de medio pelo (y puedo, como narrador y como persona física, dar un cursillo sobre cafeterías de medio pelo).
Cuando el mozo hizo descansar su vaso sobre la mesa, se abalanzó sobre él, que no advirtió la maniobra pues se mesaba la barba mientras dirigía su vista a una mesa del fondo, donde una preciosa muchacha acaparaba la atención del hipster y de un par de caballeros recién llegados.
Sorbió con fruición el líquido, aunque sin asomo de delectación, y se escabulló enseguida hacia un cola-cao huérfano que tenía en la mesa contigua, bajo la cual un niño se encondía de los invasores del espacio, incordiando a su madre, cuyas piernas castigaba con sus patosos movimientos.
Mientras se zambullía en el cacao, un poderoso y agudo alarido deshizo la monotonía de aquella mañana de sábado primaveral. La clienta de la mesa 8, señalaba con un dedo un vaso de cola-cao mientras anunciaba a grito pelado la presencia de una avispa en el mismo. La vida es dura y está llena de gente que no distingue una avispa de un abejorro.

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