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Mostrando entradas de febrero, 2017

ASTRO DA BOLA

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Cando era cativo so existía unha cousa no horizonte dos días que pasaban como se nunca se fosen a acabar: xogar ao balón. Xogamos ao balón moitísimo antes de comezar a xogar ao fútbol. Con balóns de plástico, con xigantescos balón de Nivea (o balón para xogar na area), con pelotas de tenis. Xogabamos na praza do Teucro partidos internacionais nos que a portería eran os ocos dos bancos de pedra. Alí marcabamos marabilloso goles pola escuadra, aínda que pareza incrible. En cuarto de primaria xoguei ao fútbol por primeira vez. Foi co equipo do colexio. Miña nai coseume un “7” de cor negra nas costas dunha camiseta vermella.
Cando era cativo a vida importaba porque era dentro dela que podías xogar ao balón, despois xogar a o fútbol.

LAS COSAS QUE PASAN CUANDO ESCUCHAS CANCIONES (2 y final)

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Dotado de un ecosistema mental inmune a la hipocondría, se planteó pedir cita en el médico de familia al día siguiente mientras se dejaba engullir por una visita al notario para abonar una gestión, el encargo de una novela de culto en su librería habitual y la compra en el super. Al llegar a casa se preparó la cena mientras el señor Michael Kiwanuka le regaba las orejas dejándole el espíritu perfectamente en calma. Sarcoma de húmero, en avanzado grado. Unos ojos grises se clavaron en los suyos ante las prueblas fehacientes. Parecían preguntarle si estaba preparado y pensó que ya era demasiado tarde, ya se lo había dicho, no podía alegar que no estaba listo. Enseguida se dió cuenta de que no se trataba de estar listo para la pelea que tenía por delante, eso no importaba. Y además no se sabría con certeza hasta que diese comienzo. Oyó afecto en el saludo de despedida del oncólogo. Cirugía y quimioterapia. Eso resonó en su cabeza como un gong. Ciurgía y quimioterapia. Cuando regresaba…

LAS COSAS QUE PASAN CUANDO ESCUCHAS CANCIONES (1)

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Sonaba en su cabeza una canción de Lamchop. Se escurrió dentro del impermeable, en una maniobra que siempre le producía cierto deleite y abrió la puerta. La voz de Kurt Wagner, serena y grave, le acompañó una vez en el ascensor y al cruzar el portal ya casi se había desvanecido la sensación de agobio que le impulsó a salir. Un vistazo a la tarde gris, recogiendo con la vista cuanto había en el escaparate. Quiso licuarse en la pátina neblinosa de aquella hora cercana al crepúsculo vespertino, penetrar en la lentitud de aquel instante, volar hacia la atmósfera que revestía de rutina y serenidad el tráfico humano. Suspiró. Detuvo con el entrenado movimiento de un dedo la melodía de los de Nashville y, retocando con precisión la altura del cierre de la cremallera, se sumergió en la corriente urbanita de idas y venidas, construcciones y demoliciones, aliento y desesperanza. Era de los que no necesitaba la medicina de la música en exteriores, al contrario que la mayoría, sabía escuchar l…

MÚSICA FELIZ

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Estoy perdido, dijo él mirándola a los ojos y otra vez a su Mirinda. De naranja. Un sorbo. En realidad quería beberse sus ojos, los de ella, y merendársela. Ella no. Ella quería merendar nutella y beberse un refresco de loca. El le dijo que había visto una culebra grandísima en el patio de atrás, era mentira. Ella le dijo que no le daban miedo las culebras, también era mentira. Se acababa la tarde y la fiesta previa a las vacaciones de Carnaval. Sus disfraces yacían amontonados al lado de las mochilas y las migas de la tarde pesaban en sus piernas tras todo un día de jarana. En ese momento algo sonó por megafonía que les hizo sonreír, levantarse, dar saltos de alegría y sumarse a la fiesta que estaba montada en el patio.

ATCHÍS...

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Rinitis alérgica. Es algo de lo que hemos oído hablar, si no la hemos padecido. Algo bien conocido, pero que nadie entiende. Ni siquiera los alergólogos, que batallan contra ella armados con vacunas, antihistamínicos, colirios, broncodilatadores, corticoides... mientras que quienes la sufren suelen acabar empuñando la bandera blanca de un pañuelo de tela o de papel. No es que se rindan, es que se suenan, pero las metáforas tienen estas cosas: hay que ser fiel a ellas una vez que empiezas. La rinitis alérgica es un misterio que se desata con episodios de estornudos epilépticos, o sea, espasmódicos y repetidos, en ráfagas imparables. No sé qué hago describiendo tanto si ustedes ya lo saben. Pues bien, tras dos o tres de estos accesos, uno se pregunta si no será algo más que una corriente de aire. Piensa en pedir vez para el médico pero le da pereza: total, no tiene más síntomas. Craso error. Nunca se deben menospreciar los estornudos en ráfaga: el cuerpo envía mensajes encriptados y el…

ASÍ FUE Y ASÍ SE LO CONTAMOS 2

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La hija pequeña de Willy Cornejo (que en realidad se llamaba José Fuertes) era una moza de casi dieciocho años, alta y pelirroja. Más pelirroja que alta, en realidad. Vivía sin prisa por hacerlo, contradiciendo la costumbre de los de su edad y se divertía con actividades tan poco frecuentes como recortar letras de canciones que fotocopiaba de viejos vinilos de su padre. Luego les cambiaba algunas frases, modificaba el ritmo de los versos y grababa en un portátil una nueva versión del tema con una voz dulce y decidida. Le quedaba algo entre Jeanette y Cecilia (la Cecilia de “Dama, dama” no la de “Ramito de violetas”). Cierto día decidió darle un giro a todo aquello y componer sus propias canciones. Escuchó dentro de sí como una campana que la avisaba. Ya era hora. Lo cierto es que la culpa la tuvo una canción que escuchó en una emisora de radio que jamás consiguió volver a sintonizar.

CORRE, QUE CHOVE

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Sales de casa y te mojas. Una y otra vez. La posibilidad de que llueva cuando olvidas coger el paraguas es tan alta como la de que no lo haga cuando lo llevas contigo. Cualquier día lo explican en Cuarto Milenio. Por no hablar del misterio de los paraguas: su capacidad para volatilizarse o transformarse en otro paraguas mucho más viejo y feo que el que tenías cuando se lo confiaste al paragüero. Relacionado con esto está la existencia en nuestro país, comprobable científicamente, de paragüeros con monedas situados en dependencias públicas. No es que la moneda haga de talismán para impedir cualquier mal al paraguas, de eso se encarga la argolla metálica que lo ciñe e impide su desaparición. He visto a una extranjera sacándoles fotos, embelesada. Luego están los condones de paraguas, esas grimosas fundas de plástico que te ofecen en algunos lugares para que no salpiquen. Y los dejas ahí, empapándose en su propio destino, rezumando y ahogándose. Es cruel. He visto paraguas marchitándo…

ASÍ FUE Y ASÍ SE LO CONTAMOS 1

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A los cuatro se les vio por la noche, mi sargento, en la zona de copas. No, mi sargento, no hay dudas: eran ellos, media docena de testigos presenciales lo confirma. Sí, señor, les hemos mostrado las fotografías de que disponemos. Sí, han firmado los documentos pertinentes. Pero... permítame decirle, todos coincidían en un aspecto fundamental. Sí. Parece ser que esos cuatro individuos tenían un comportamiento absolutamente normal, eso lo han confirmado todos los barman de los establecimientos de Baiona donde han estado. Sí, salvo en un caso, señor. Parece ser, y repito que es algo en lo que hay una coincidencia absoluta, que su conducta solo se alteraba al llegar al local denominado El Capitán. Un pequeño disco-bar cerca del paseo marítimo. Sí, allí era donde, según los testigos, entraban en trance. ¿En qué momento...? Al parecer, mi sargento, era tras pedir cuatro mahous y justo en el momento en que sonaba en el estéreo del bar esta pieza