INFANCIAS FELICES


Sobre pocos asuntos se ha fabulado tanto como sobre la infancia. La memoria se convierte en un género literario. Se magnifican sucesos que nunca ocurrieron y se minimizan conflictos que se arrastraron durante años. La exageración muta en herramienta descriptiva y se hace un puzzle con acontecimientos reales e imaginados.
Cuando inicias una amistad con alguien digna de ella, terminas hablándole de tu infancia. No solo es la señal de que la has elegido para darle la chapa, sino de que depositas en ella tu confianza o incluso de que quieres que sea la abuela de tus nietos. Normalmente el elegido o la elegida hace lo propio y así vas incorporando detalles de infancias ajenas a los recuerdos de la tuya. La gente que hace muchas amistades tienen un relato de su etapa infantil que parece Las Mil y una noches. 
Hay varias formas de resumir esa época, algunas lapidarias. “Yo no tuve infancia”, dicen aquellos que quieren impresionar. Lo terrible es que en muchos casos es cierto. No que quieran impresionar (que también, sino elegirían una frase menos contundente) sino que realmente su infancia fue un horror. Acto seguido comienza una versión abreviada de Los Miserables pero narrada por Dickens y con puesta en escena de Stephen King. Tú solo puedes abrir los ojos, porque la boca ya se te abre sola. Conforme te son narrados padecimientos sin parangón empiezas a explicarte algunas cosas que habías observado en tu nuevo amigo o amiga. Marcas en el rostro, tatuajes y así. Dientes ausentes, alma atormentada. Las personas con el alma atormentada proceden de años difíciles al comienzo de su vida. Esta frase es tan literaria como estremecedora: estoy orgulloso de haberla escrito. Uno escribe su infancia mientras pasa por ella, luego la revisa durante la adolescencia y, si sobrevive, ya el resto del tiempo se dedica a reinventarla. 
Otra forma de resumir ese tiempo recurre a la fórmula “yo fui una niña feliz”. Es que estoy concienciado con el tema feminista. Bajo ese enunciado se oculta: a) la total ausencia de recuerdos verdaderamente reseñables b) el optimismo más insensato c) una mezcla de ambas cosas d) el deseo de cambiar de tema. En muchísimas menos ocasiones, la persona recuerda con cariño sus años como infante. Yo diría también “yo fui una niña feliz”, como feminista que soy, puesto que ese es mi recuerdo de esos años. He extirpado el dolor de aquellos envites que más vale no recordar, y aunque lo hago, ya no me molestan. Cuando aparecen en la pantalla de la memoria, la rompo de un martillazo. En cambio me demoro en los pasajes más placenteros, llegando a quedarme a vivir un par de días en alguno de ellos. No voy a dar detalles porque ustedes y yo aún no hemos llegado a ese grado de confianza. Solo diré que me pasaba el día en la calle. Como todos las niñas entonces. Y las calles no estaban peatonalizadas. Vivía en la zona vieja, que entonces no era zona monumental ni farrapo de gaita, y cuando pasaba un coche (de tarde en tarde) parábamos el partido sin ningún problema. Regresábamos a casa de noche, hechos un asco. Sudados, manchados, sangrando por las rodillas, la ropa deshilachada, sin un diente o con un ojo hinchado pero felices como perdices (que lo son por culpa de la rima, las pobres). 
Las infancias de hoy en día suelen ser digitales, cibernética, onerosas, individualistas, protegidas, neurotizadas, custodiadas y compartidas, permeadas de permisividad, etc.
No quiero ni imaginar el recuerdo que se va elaborar de ellas. Probablemente genere una memoria tipo pen-drive que se lleve en un bolsillo y se pueda abrir en cualquier dispositivo para actualizarla a voluntad.

Publicado en Diario de Pontevedra 28/03/17

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