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Mostrando entradas de abril, 2017

SUEÑOS OCHENTEROS

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Se pasó media noche escuchando en bucle una canción de los 80. Sabía que era de esa época porque tenía un sinte ochentero y un sonido de batería cutrísimo. Tanto que se cuenta que el productor le encargó a un ayudante que saliese a comprar el set de tambores más barato que encontrara y que verificase que el sonido estuviese en consonancia. Sudando (era una noche de Julio), retociéndose de un lado al otro de la cama, en ocasiones acompañaba algunas estrofas con un murmullo casi inaudible. Otra de las razones por la que había reconocido el tema, la principal, es que lo había bailado infinidad de veces en una discoteca llamada Daniel. Retociéndose en la pista, persiguiendo el ritmo, no excesivamente lento, pero para nada rápido, echando el cuerpo hacia atrás y luego hacia un lado, como si estuviese sufriendo un tormento al ralentí. La letra hablaba de una antigua actriz de cine, que por cierto se mostró encantada con el éxito del single. Le escribió varias cartas a la vocalista agradeci…

LAS GANAS DE HACER DEPORTE

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El deporte parece ser que lo inventaron los chinos, como casi todo. Ahora se dedican más a copiar que a inventar porque no son vivos ni nada. Unos 4000 años a.C., los chinos ya hacían gimnasia. En el Antiguo Egipto se practicaba la natación. Lo cierto es que el deporte aparece ligado a la historia humana desde bien temprano. Habitualmente la práctica deportiva recluta sus ejecutantes en el sector de población más joven; la lozanía incita al ejercicio, del que se obtiene mayor fuerza, robustez y belleza, además de múltiples beneficios de tipo psíquico más complicados de explicitar. Para continuar haciendo deporte a partir de cierta edad, hace falta algo. No vamos a especificar a qué edad nos referimos por dos razones: porque depende de cada sujeto y porque no queremos que nadie se sienta aludido. ¿Y qué es lo que hace falta? Esa es la típica pregunta sin respuesta o pregunta retórica ya que se trata de algo indefinible. Puede que alguien piense: ganas, lo que hace falta son ganas. Err…

MELANCOLÍA EN VENA

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Estoy hecho una mierda. A ver, no hablo para quienes me conocen. Para ellos diría: estoy especialmente mal. Les explicaré por qué: acabo de escuchar “Massachusetts” por la calle. Sigo explicando: “Massachusetts” es una canción de los Bee Gees y yo la iba escuchando en un mp3. O sea, que yo iba por la calle en plan autista y musical a tope, cuando me sale en la lista de canciones el tema en cuestión. Por andar pintando la mona cuando selecciono los temas. En este primer párrafo está planteado el drama, como mandan los cánones. Ahora paso a desarrollar la trama. Resulta que fue empezar a sonar la canción y venírseme una melancolía encima que casi me tengo que agarrar a una farola. No es la primera vez que me agarro a una farola callejera (¿hay otras?), pero hace mucho tiempo que no lo hacía. Y era por otros motivos, que ahora no vienen a cuento. El asunto es que me empezó a comer la saudade por dentro, desde la planta de los pies hacia arriba, que no sabía qué hacer. A media canció…

INSPIRACIÓN Y ABERRACIONES

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A veces no sabe uno sobre qué escribir. “A veces” equivale a veces a una cantidad desorbitada. Entonces se busca inspiración en las noticias del día, de cualquier día, y eso acaba provocando intensas cefaleas, palpitaciones sospechosas, insomnio y estreñimiento. Eso es lo que producimos los seres humanos cuando nos ponemos a gestionar la vida propia y la ajena, que es a lo que solemos dedicarnos un día sí y otro también. Y luego están los pequeños incovenientes cotidianos que generan un cabreo de baja intensidad, una molestia que va creciendo cuando se prolonga en el tiempo. Les pongo un ejemplo muy fresco: desde que comencé a escribir (o lo que sea) este texto, no consigo ver en la pantalla el cursor que indica por dónde lo estoy haciendo. Todo lo demás está bien, pero el cursor de las narices ha tomado las de Villadiego. Es extraño y por tanto fastidia. Escribes sin saber dónde estás, en qué lugar del espacio en blanco caerá la siguiente letra. Es como si salieses a la calles y en…

AVENIDA DE LOS PIMIENTOS (3 y final)

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Al día siguiente, un día cualquiera de los muchos días cualquiera que pueblan la existencia de cualquiera, Juan Baltasar desayuna y sale a hacer unos recados. Es de los que ignoran que en realidad son los recados los que nos hacen a nosotros, los que nos modelan a su imagen, los que nos convierten en lo que acabamos siendo, con el paso de los años y de los recados. Al cruzar la plaza mayor se cruza con su pasado, en la forma y figura de Juana Colinas, un amor de instituto. Un amor platónico (e insensato) consistente en la absoluta indigencia emocional y afectiva de Juan Baltasar y el ostentoso desprecio y sus subsiguientes desplantes de la susodicha, una belleza adolescente de muy buena familia (en el sentido más clásico y rancio de esta expresión). El corazón de Juan Baltasar III se acelera, pero no como entonces, evidentemente, sino a saltos, coincidiendo con alguna escena que su mente traicionera le trae a la mente, o sea a sí misma. Juana Colinas pasa casi por su lado con dos pre…

LA AVENIDA DE LOS PIMIENTOS (2)

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A las 21:50 la mente de Juan Baltasar III entra en efervescencia un lunes cualquiera. Es entonces cuando más se acerca a la imagen ideal de sí mismo que consigue forjarse cuando la ingesta alcohólica lo pone en disposición de querer tener una imagen ideal de sí mismo. La imagen que le rescata en fiestas y celebraciones, mientras rebota de un rincón a otro, de una conversación desganada a otra, de una tentativa de ligue a otra. Es entonces cuando Juan Baltasar III traiciona radicalmente la tradición familiar y se pone a escribir ante el ordenador. Ahora mismo está ante un confuso relato de un personaje caótico muy semejante a él, que acostumbra a retirarse a pensar en una pequeña plaza a la que ha bautizado, vaya usted a saber por qué, la avenida de los pimientos. Stop-Otra vez el jefe. Me advierte que no insista con la dichosa avenida, que invente otro personaje, que me centre de una vez. Le digo que sí a todo, como a un programa informático, y sigo. Lela y Arturo, los padres de Ju…

LA AVENIDA DE LOS PIMIENTOS (1)

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La avenida de los pimientos era un lugar despiadado que existía solo en la imaginación de Juan Baltasar III. En realidad se trataba de una especie de plazoleta solitaria por la que se imaginaba paseando su autoconmiseración cada vez que sentía ganas de apiadarse de si mismo, lo cual venía a ocurrir algo así como una vez al mes. Sería incapaz de rastrear la procedencia de semejante localización pero probablemente su enlosado y bancos de piedra procedían de los cientos de parajes semejantes que se distribuían por los pueblos y ciudades de su Galicia natal. Ahora vamos a explicar la razón del adjetivo “despiadado” con que hemos presentado a la avenida de los pimientos en la primera frase. Juan Balstasar III es un tipo apático pero intenso, por dentro. Su esfera emocional parece más bien un cuadrado, su forma de proyectarse escatima referencias afectivas y manifestaciones de tipo sentimental, pero en su fuero interno se cuece siempre una salsa de sensaciones con las que interpreta la v…

AFTER THE PARTY

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Miles de gusanitos por el suelo y lady writer sonando en el reproductor. los restos de una fiesta se resumen en estos dos confusos elementos que, tomados de uno en uno, remiten a la infancia y al momento en que los dire straits aún molaban. Natán, sepultado en su ignorancia, pensaba que había fumado demasiado, bebido demasiado y ligado muy poco. Desconocía que todo eso era tan banal como la cara b de cualquier single de los cranberries. Se levantó para echar una mano a Charo, que iba de aquí para allá recogiendo vasos. Luz contemplaba lo que parecía una mancha en el tapizado de un sillón y resultó ser la huella abrasiva de un cigarrillo. Luz pensaba que huella y cigarrillo era palabras destinadas a llevarse bien, cosa que era muy propia de ella, incluso sin estar colocada. Pero lo estaba. Había tomado mucho, como dicen en Mexico, y había ingerido grageas. Luz ahora era un bulto sospechoso que le había salido al sofá y que se dedicaba a la observación estupefacta de una quemadura e…

THE SADIES

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Fui a ver a The Sadies porque había comprado la entrada. Es la razón más contundente de cuantas se me ocurren. Un concierto a las 12 AM de un sábado era una novedad en la rutina legañosa de los sábados por la mañana y afronté el envite con gesto estoico y un archivo pdf en el móvil que me franquearía el paso. Este detalle es de puro relleno. All llegar vi a padres con niños, era una buena ocasión para iniciarlos en el rock & roll. Si se tienen que perder, que se pierdan por culpa del rock & roll, de la mano de sus progenitores. Me encontré con un compañero de profesión al que suelo saludar en los conciertos. Hablamos del último donde nos vimos, uno de Lambchop y acabamos despotricando de la gente que se pone a charlar en vez de escuchar la música. El se sacó la entrada en taquilla y nos fuimos cada uno por su lado. Yo tenía asiento en la tercera fila y me había ido animando. Nunca había escuchado mucho a los Sadies, se me ocurrió coger la entrada porque es lo que tiene ec…