AVENIDA DE LOS PIMIENTOS (3 y final)


Al día siguiente, un día cualquiera de los muchos días cualquiera que pueblan la existencia de cualquiera, Juan Baltasar desayuna y sale a hacer unos recados. Es de los que ignoran que en realidad son los recados los que nos hacen a nosotros, los que nos modelan a su imagen, los que nos convierten en lo que acabamos siendo, con el paso de los años y de los recados. Al cruzar la plaza mayor se cruza con su pasado, en la forma y figura de Juana Colinas, un amor de instituto. Un amor platónico (e insensato) consistente en la absoluta indigencia emocional y afectiva de Juan Baltasar y el ostentoso desprecio y sus subsiguientes desplantes de la susodicha, una belleza adolescente de muy buena familia (en el sentido más clásico y rancio de esta expresión). El corazón de Juan Baltasar III se acelera, pero no como entonces, evidentemente, sino a saltos, coincidiendo con alguna escena que su mente traicionera le trae a la mente, o sea a sí misma. Juana Colinas pasa casi por su lado con dos preciosas niñitas cogidas de sus manos y cara de pocos amigos. En realidad, casi enfurecida, Juana Colinas ni le mira y se aleja con paso firme hacia un lugar donde tal vez explote el enfado que afea su agraciado rostro. Todo eso atraviesa la efervescente sesera de Juan Baltasar III que se sienta un rato en un banco para recuperarse de esta embestida de los tiempos pretéritos.
Allí lo halla Diego Somoza, un barbado hipster, valga la redundancia, que tiempo atrás fue Sonoros Somoza, tras ganar su sobrenombre debido a una pertinaz flatulencia que se había vuelto crónica. Se abrazaron y de buen grado se desplazaron a una cafetería próxima para disfrutar de aquel feliz encuentro. Somoza había sido uno de los íntimos de Juan Baltasar, quien no sabía de él desde tres o cuatro años atrás, puesto que se había estado desplazando por toda la península en busca de una solución médica a su problema de gases.
Mientras daban cuenta de una caña y un café con leche (Somoza evitaba la ingesta de burbujas), Los cilios de las células olfativas de Juan Baltasar III dieron la alarma enseguida: su viejo amigo atacaba de nuevo. Aunque, esta vez, estaba ausente el molesto y delatador sonido que solía caracterizarle. Diego Somoza le explicó que, a falta de una solución completa a su problema, había conseguido al menos desactivar su expresión audible. Juan Baltasar III lo felicitó alzando su copa en un brindis mientras se pinzaba la nariz con la otra mano.
¿Y tú qué?, preguntó animosamente Somoza. ¿Sigues con tu trabajo de oficina y tus (hizo una pausa escogiendo las palabras) “veleidades literarias”? Se rieron ambos, Juan Baltasar con menos entusiasmo. Siempre fuiste un artista, colega, siguió el hipster. Un tipo especial. Recuerdo que durante una época se te dio por llamarle “Mi Jefe” a tu conciencia. Y aún sigo haciéndolo, aseguró Juan Baltasar III, antes de levantarse para ir al baño a respirar un poco.




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