LA AVENIDA DE LOS PIMIENTOS (1)


La avenida de los pimientos era un lugar despiadado que existía solo en la imaginación de Juan Baltasar III. En realidad se trataba de una especie de plazoleta solitaria por la que se imaginaba paseando su autoconmiseración cada vez que sentía ganas de apiadarse de si mismo, lo cual venía a ocurrir algo así como una vez al mes. Sería incapaz de rastrear la procedencia de semejante localización pero probablemente su enlosado y bancos de piedra procedían de los cientos de parajes semejantes que se distribuían por los pueblos y ciudades de su Galicia natal.
Ahora vamos a explicar la razón del adjetivo “despiadado” con que hemos presentado a la avenida de los pimientos en la primera frase. Juan Balstasar III es un tipo apático pero intenso, por dentro. Su esfera emocional parece más bien un cuadrado, su forma de proyectarse escatima referencias afectivas y manifestaciones de tipo sentimental, pero en su fuero interno se cuece siempre una salsa de sensaciones con las que interpreta la vida, se aferra a ella y se deja llevar de un día a otro. Tan profundo es el bajage de las mismas que se debate dentro de sí, que ha buscado en un lugar desolado, de piedra poco trabajada, árboles escuálidos y acaso algún pájaro distraído, un refugio cuando la tormenta brama en su alma.
Stop-Me llama mi jefe. Me dice que qué estoy haciendo. Me dice que no me puedo tirar catorce líneas para describir a un personaje y una avenida imaginaria que no es una avenida. Le doy la razón, varias veces. Me deja en paz.
Juan Baltasar III es el tercer Juan Baltasar de una famila de ingenieros agrónomos procedente de La Almunia de doña Godina que se instaló en Ferrol antes de que este se llamase del Caudillo y que se trasladó a Pontevedra antes de que perdiese esa denominación. En ambos casos fueron asuntos de amor los que motivaron la mudanza. Balbina y Lela fueron las mujeres ferrolanas y pontevedresas, respectivamente, que hicieron que los dos primeros Juan Baltasar dejasen las provincias de Zaragoza y A Coruña.
Stop-El jefe, con indisimulado enojo, me informa de que me estoy enredando en una “bochornosa digresión geográfica que conduce a ninguna parte”. Le digo que le amo y le dejo.

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