LA AVENIDA DE LOS PIMIENTOS (2)


A las 21:50 la mente de Juan Baltasar III entra en efervescencia un lunes cualquiera. Es entonces cuando más se acerca a la imagen ideal de sí mismo que consigue forjarse cuando la ingesta alcohólica lo pone en disposición de querer tener una imagen ideal de sí mismo. La imagen que le rescata en fiestas y celebraciones, mientras rebota de un rincón a otro, de una conversación desganada a otra, de una tentativa de ligue a otra. Es entonces cuando Juan Baltasar III traiciona radicalmente la tradición familiar y se pone a escribir ante el ordenador.
Ahora mismo está ante un confuso relato de un personaje caótico muy semejante a él, que acostumbra a retirarse a pensar en una pequeña plaza a la que ha bautizado, vaya usted a saber por qué, la avenida de los pimientos.
Stop-Otra vez el jefe. Me advierte que no insista con la dichosa avenida, que invente otro personaje, que me centre de una vez. Le digo que sí a todo, como a un programa informático, y sigo.
Lela y Arturo, los padres de Juan Baltasar III, son ya mayores y por eso ha decidido hacerles un pequeño homenaje introduciéndoles en la historia. Serán los padres del mejor amigo del protagonista. Animado ante esa perspectiva, le sale del tirón un capítulo entero de la improbable novela, que lo deja exhausto pero satisfecho. Se levanta y se gratifica con un yogur de trufa, que padalea mientras
Stop-Estupendo, muchacho. Ese es el camino. Déjese de extravagancias, que los lectores no están para eso. Le animo a que
Juan Baltasar III no le dejó terminar. Se fue a darse una ducha antes de meterse en cama. Durmió como no lo había hecho en meses, a pierna suelta.

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