RESONANCIA




Cierto día un facultativo me informó de que tenía líquido en una rodilla. Yo estaba tendido en una camilla, poniendo ojos de cordero degollado mientras él me degollaba a la altura de la rótula, retorciendo la articulación. Parece ser que mi organismo se estaba defendiendo de una agresión produciendo líquido sinovial. Bien por mi organismo. Poca gente había confiado tanto en él como servidor. Y ahora que enfrenta la cuesta abajo irremediable, ahí está peleando como un campeón, defendiendo con uñas y dientes cualquier agresión interna o externa. El líquido sinovial es la prueba contundente de que aún tienes algo que pintar en este ingrato mundo. 
Tras poner a prueba el estómago con una caja de antiinflamatorios y como no sólo no surtieron efecto sino que se me inflamaron otras dos partes del cuerpo, volví hecho una furia (o una fiera, no recuerdo) a la consulta. Allí expuse amablemente mis cuitas. Sigo con pupa, doctor. Indicó una resonancia magnética. Ah, si es magnética, me dije... a mi lo magnético siempre me atrajo. Pedí hora y me la dieron para casi un mes después. Descargué mi ira contra la gata tras colgar el teléfono: ¡Un mes, qué se creen estos!, ¿la seguridad social? ¡quién les diera! La gata ni me miró, con buen criterio.
Llego para la resonancia blandiendo los papeles y así lo anuncio: Buenas, vengo para la resonancia. La enfermera me mira, suspira y me pide el DNI. En esto que veo que uno de los documentos es una especie de encuesta que hay que cubrir y firmar para autorizar tan peligrosa prueba. Decido hacerme el loco y no entrego ese papel, que acabo cubriendo quince segundos después, mientras despotrico por dento (no hay ningún minino a mano) sobre los tiquismiquis que se pone la gente para mirarte una rodilla. Me dan un ticket como en las carnicerías y me siento a esperar. Mi código sale en la pantalla inmediatamente pero yo no salgo de mi asombro. Me llama un enfermero. Tengo que desvestirme y sacarme una pulsera con cierre de metal. Forcejeo con ella empleando todo tipo de argumentos disuasorios. Finalmente, me pongo las gafas de cerca y libero el cierre. El enfermero me muestra el aparato, el de la resonancia, con un punto de orgullo, como si lo hubiese inventado él. Me explica como debo de tumbarme y me da unos auriculares para protegeme del ruido. No será para tanto, me digo mientras me acuesto dispuesto a echar quince minutos de siesta. Error. Alguien ha abierto las puertas del infierno y un ruido atroz retumba procedente de algún siniestro lugar. Cierro los ojos. Creo que de un momento a otro va a pasar por mi mente la película de mi vida, pero tan solo desfilan platos de comida debido al medio día de ayuno que requería la prueba. Finalmente aquel estruendo de mil demonios se detiene y puedo largarme. Echo un último vistazo a la máquina y un escalofrío recorre mi espalda, espero que no me haya robado el alma o algo así.
Acto seguido, y tras dar varios paseos en ascensor hasta hallar la planta correcta, consigo informarme de cuando tengo que ir a recoger “los resultados”. Y es que al final esto viene a ser como una quiniela, que hay que esperar a ver si toca.
Negaré que he escrito el último párrafo. Los médicos gallegos son unos profesionales como la copa de un pino, ¿o acaso no es sabido que el pino gallego es de lo más profesional que tenemos en árboles? La culpa la tiene mi rodilla, que se empeña en defenderme con el líquido ese. Y el magnetismo de la resonancia, que me ha dejado tocado.

Publicado en Diario de Pontevedra 16/05/17

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